Uno de los aspectos menos señalados de la Copa del Mundo que finalizó el domingo 19 de julio es que anidaba en ella un virus, y que con el andar del torneo se desataría una epidemia. El virus del wokismo, término que, al parecer, nació en 1962, en plena lucha por los derechos civiles de la población negra estadounidense, cuando el novelista William Melvin Kelley publicó en The New York Times un artículo titulado “If You’re Woke, You Dig It (‘Si estás despierto, lo desentierras”). Convertido en fenómeno cultural el wokismo se expandió en la última década por el mundo, como una forma extrema del pensamiento políticamente correcto, que deriva, al fin, en pensamiento hipócrita, sesgado e intolerante.
En nombre de valores que los wokistas invocan pero no practican, como la tolerancia, la equidad, los derechos, la diversidad, el universalismo, ese movimiento termina siendo un fascismo de izquierda. Impulsa la cultura de la cancelación, no acepta al que piensa distinto, pide su silenciamiento, promueve políticas identitarias que crean tribus ideológicamente endogámicas y niegan la integración de lo diferente. Igual que los fascistas originales, los wokistas solo se aceptan entre sí, y, como señala la filósofa Susan Neiman en su ensayo La Izquierda no es Woke, su pensamiento es oscuro y no incluye, sino que excluye, siempre en nombre de las “buenas” ideas e intenciones y de un progresismo falaz.
En un principio la selección argentina, y a medida que avanzaba el torneo todo nuestro país, su cultura y su identidad, se convirtieron en blanco de la furia wokista. La Argentina (los argentinos) fueron tildados, por razones ocultas en el inconsciente colectivo de sus acusadores, de racistas y xenófobos, de violentos y tramposos, y hubo un desembozado deseo de verlos perder como fuese. Los países en los que más fuerte prendió el virus fueron justamente aquellos que tienen pasados colonialistas más sombríos (España, Francia, Inglaterra) y tóxicos presentes racistas y xenófobos (Estados Unidos, anfitrión del torneo, además). Países cuyos índices de violencia de diversos orígenes superan hoy largamente a los de Argentina. Ni siquiera periodistas, políticos, intelectuales y variopintos personajes públicos de esas naciones se privaron de aportar leña a la fogata de la discriminación contra Argentina y los argentinos. Se convirtieron así en voceros de una mala conciencia histórica que intenta en vano limpiarse de un pasado y un presente turbios echando sus culpas mal digeridas en las espaldas del chivo expiatorio escogido. Quien reniega de su propia oscuridad busca descargarla en otros. Y hasta Arturo Pérez-Reverte, desubicado e inoportuno, se despachó con que el equipo argentino refleja “una cierta detestable sociedad”. La sociedad que en sus orígenes fue víctima de la violencia y el racismo de la conquista española y que luego albergaría legiones de inmigrantes compatriotas de Reverte, quienes encontraron aquí tierra fértil para su futuro. Por último, también aportaron su resentimiento ciudadanos latinoamericanos, en una curiosa versión del síndrome de Estocolmo, ese fenómeno por el cual el prisionero termina amando a su carcelero.
El fútbol es siempre más que un deporte (el más hermoso de todos). Es dramaturgia, narración de relatos, es simbología, es espejo de psicologías, identidades y sociedades, es arte, es política, es escenario de sueños y pesadillas. Un campeonato mundial exhibe todo eso, como lo exhibe cada estadio durante cada semana, y cada picado, cada cancha de futbol cinco o siete. Esta vez mostró cómo en un mundo que marcha hacia la derecha más retrógrada, esta puede encontrar a su hermano gemelo en el falso progresismo de izquierda.
* Escritor y periodista.