OPINION

Los límites de la estrategia del odio

Como Orbán. Milei usa el odio para construir enemigos. Pero también él es una herramienta que usan quienes lo construyeron. Foto: cedoc

La derrota electoral de Viktor Orbán no pone en cuestión el proyecto anarcocapitalista de Javier Milei, que en nada se parece al modelo nacionalista conservador del húngaro. Lo que pone en cuestión son los límites de las políticas de odio como estrategia de consolidación de cada modelo.

Orbán es el mayor y más tradicional exponente del uso de los mensajes de odio como método sistemático de construcción de enemigos: el “othering”, ese proceso de adoctrinamiento social para instalar la idea de que existen “otros” que amenazan nuestra existencia e identidad. Seres diferentes, extraños, dignos de repulsión, que dividen a una nación entre el “nosotros” y el “ellos”.

En el caso de Orbán, el “othering” está construido por minorías sexuales, inmigrantes, periodistas, malignas “elites liberales” que controlan a la Unión Europea y por una globalización que amenaza los valores culturales y religiosos del pueblo húngaro.

Su derrota electoral resulta un alivio para las democracias occidentales. En especial para quienes encuentran en esa construcción del enemigo público una preocupante similitud con los autoritarismos más trágicos del siglo XX. 

El sistema. Orbán recibió el apoyo explícito de dos presidentes en ejercicio. Uno fue Donald Trump, quien le envió a su vice, James Vance, a hacer campaña. El otro fue Milei, que viajó para respaldarlo. También lo apoyaron políticos como Marine Le Pen y Santiago Abascal. En todos los casos son dirigentes que aprendieron de Orbán la utilización de relatos de odio para la construcción de enemigos arquetípicos.

Se podría decir que a Orbán tan mal no le fue, tras mantenerse en el poder 17 años; que Trump y Milei llegaron al gobierno con esos discursos polarizantes y que Le Pen y Abascal son candidatos expectantes en sus países.

Cuando arrojen a Milei a la hoguera y lo acusen de todos los males (como se suele hacer)...

Los teóricos de la polarización explican la eficacia de ese tipo de discursos: 1) el enojo y el miedo movilizan más que los argumentos técnicos (y generan más participación y fidelidad), 2) definir enemigos internos y externos a quienes culpar y vencer ayuda a simplificar la complejidad de la realidad, y 3) atraen con más facilidad la atención mediática.

Son sistemas de captación política que funcionaron muy bien un siglo atrás y que convirtieron sociedades como la alemana en antropofágicas.

El odio puede servir para destruir y conquistar y, si es verdad que lo que se odia del otro es la propia oscuridad, también puede servir para ocultar patologías colectivas. Pero los costos a pagar son altísimos:

1) Cuando la gestión del odio transforma al adversario en enemigo, el sistema democrático deja de ser eficiente. Al existir siempre un otro a destruir, todo plan de gobierno se vuelve frágil y coyuntural. 2) La normalización de la violencia simbólica suele derivar en violencia real que derrama entre los sectores en pugna. 3) Está probado que los efectos sociales que genera la deshumanización como herramienta política son duraderos y difíciles de revertir. 4) No hay país que pueda crecer económicamente en ese contexto. El crecimiento solo es posible cuando los actores económicos y sociales acuerdan reglas básicas de respeto institucional. 

Hace dos semanas, el presidente de la mayor potencia amenazó a Irán advirtiendo que “una civilización entera morirá esta noche”. Hacía un siglo que la amenaza del exterminio masivo no era pronunciada en público. 

¿Hasta dónde las sociedades están inmunizadas para no repetir las tragedias del pasado? ¿Cuál es la delgada línea que separa el malestar con la democracia de la búsqueda desesperada de sistemas alternativos que prometen soluciones rápidas? ¿Qué tan profunda es la crisis del capitalismo democrático para que el líder del país que mejor la debería simbolizar aparezca frente a las democracias europeas como un hombre desquiciado e impredecible?

Traducción argentina. El país tiene su propia corporización de esta crisis sistémica. Un outsider excéntrico, admirador de figuras como Orbán y Trump, que utiliza los mismos métodos para construir poder. Un polemista televisivo elegido como último recurso frente a lo anterior bajo la debatible suposición de que era preferible un loco por conocer que los locos conocidos.

Sus mecanismos de odio no varían demasiado. Aquí, la peligrosa otredad está constituida por “empresauros”, “econochantas”, la “casta”, el “95% de los periodistas”, “zurdos”, “kukas”  y cualquiera que critique las políticas oficiales.

Porque cuando Milei repite: “No odiamos lo suficiente a los periodistas”, lo que en realidad dice es: “No odiamos lo suficiente”. Quien odia no mide su odio frente a una profesión, simplemente odia.

Geroge Bernard Shaw decía que el odio es la venganza de un cobarde intimidado. En el caso de Milei, pareciera que su violencia es el espejo de dolorosos traumas pasados que no contaron con la contención ni el tratamiento adecuados.

Es probable que, al igual que con otros líderes internacionales, en él subsistan patologías personales previas a los sistemas comunicacionales que luego se valen de ellas para hacerlos competitivos electoralmente. En cualquier caso, lo seguro es que son funcionales a los sectores sociales que los aprovechan para expresar su malestar.

La diferencia con los Orbán y los Trump de este mundo, es que en Milei hay un genuino sentimiento mesiánico que lo lleva a creer que Dios lo encomendó para enfrentar al diablo que, según él, es para quien trabajan todos sus odiados.

Violencia recargada. La virulencia presidencial, solapada durante los comicios de octubre, volvió a explotar en la última Semana Santa con su catarata de odio tuitero. Pero ya lleva dos meses. Reapareció en coincidencia con el fallecimiento de su perro Robert, que era, justamente, quien “me contiene emocionalmente al tiempo que pelea contra la oscuridad” (del chat enviado a su amigo Mariano Fernández el 24/1/2020, en el que además describe las capacidades paranormales de sus otros perros. Página 65 de Las fuerzas del cielo, ed. Planeta).

Los sectores sociales que hoy se aprovechan de él pueden estar impulsados por el legítimo deseo de que les sirva para romper con un statu quo que consideraban injusto o en contra de sus intereses. 

Como dirigiéndose a ellos, esta semana Milei dijo ante la Cámara de Comercio de los Estados Unidos que “si no nos acompañan, no pasa nada, nos volvemos a casa”.

... no cuenten conmigo para ese remanido y cobarde ritual de expiación colectiva 

Sin embargo, puede que  sí pase y que, el día de mañana, aquellos sectores sean injustos con él y que –como ocurrió en el pasado aquí y en el mundo– quienes fueron usados para cumplir con determinados objetivos luego terminen siendo descartados y convertidos en chivos expiatorios. 

Tiendo a subestimar el rol de las responsabilidades individuales en el devenir de los pueblos, más allá de que lo tienen y de que la personalización simplifica y facilita el debate público. 

Por el contrario, creo que son los sectores sociales que constituyen las mayorías circunstanciales, además de las condiciones de posibilidades económicas y geopolíticas de cada época, los verdaderos motores de la historia. Los mayores responsables (para bien o para mal) de lo que vaya a suceder.

El odio que Milei derrama y que alimenta a funcionarios, opositores y medios es una herramienta que un importante sector de la sociedad decidió convalidar y utilizar. Una herramienta con la que es imposible construir futuro.

Por eso, cuando le echen la culpa a él de todos los males (como hoy se les echa a los que antes prestaron servicios similares), no cuenten conmigo para arrojarlo a la hoguera. En ese remanido y cobarde ritual de expiación colectiva.