opinión

Mano única

Gugleo “lascivia” y me encuentro con que se trata de “un deseo sexual desmedido e incontrolable”.

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

Los libros de la editorial Vinilo tienen la ventaja de ser muy manuables (caben con facilidad en bolsillos o carteras) y se leen de una sentada. Tienen el defecto de no dejar un gran recuerdo, pero no es eso lo que los lectores buscan en esa literatura autobiográfica cuyos protagonistas parecen haber sido contratados para dejar un testimonio que se integre al gran archivo de costumbres de la época. Frecuentemente, además, los autores de Vinilo se desmarcan de sus semejantes por haber sufrido algún tipo de desgracia, de tragedia o de accidente que instala el sufrimiento causado por el trauma en el centro de gravedad de su narración.

  Estrellada, de Soledad Álvarez Campos, no es la excepción a esas reglas. A los veinte años se cayó por una escalera y se rompió los tendones de su mano izquierda, lo que le dejó, además de un dolor rebelde, una ligera discapacidad de por vida. Hay cosas que no puede hacer. “Desde ese día –escribe–, nunca más pude abrocharme un botón ni ponerme un arito sin mirarme al espejo”. No entendí bien el impedimento para hacer esas maniobras, pero es más clara otra de sus inhabilidades: “Tampoco pude masturbar a alguien con esa mano”, aunque no sé cuál es exactamente la necesidad de hacerlo, salvo para quien viaja en el asiento del acompañante en un auto. Cada tanto, Álvarez Campos suelta alguna de esas frases (¿picantes?) como la que emplea para describir la temprana relación de su cuerpo “poco usado” con un fotógrafo veterano: “Lo cabalgué como si fuera una doncella de la realeza sobre un potro viejo venido a menos”.

  En la contratapa, la ubicua Leila Guerriero (a veces pienso que voy a abrir la heladera y va a estar allí agazapada), dice que Álvarez Campos es “un satélite cándido y lascivo a la vez”. Gugleo “lascivia” y me encuentro con que se trata de “un deseo sexual desmedido e incontrolable”. Guerriero suele ser imprecisa con el uso de las palabras (sobre todo para alguien que trabaja con ellas) y este es un caso: nada hay en el libro que haga pensar que la autora padezca de lo que en tiempos del fotógrafo descangallado se llamaba “fiebre uterina”. Y menos aun que “embiste y saquea los recuerdos usando una escritura criminal que toma todos los riesgos”. 

  No sé qué vendría a ser una “escritura criminal”. En todo caso, Álvarez Campos no es una delincuente de la escritura y su prosa no presenta riesgo alguno. Pero Estrellada es entretenido porque, como la narradora trabaja en la comunicación del Malba, tiene acceso al mundillo del arte y al contacto con todos los famosos que llegan a Buenos Aires, ya que su visita al museo es obligatoria. Así, Álvarez Campos está en el centro de un mundo pletórico de vanidades y promiscuidades, en el que se alternan el enamoramiento, la admiración y el cholulismo. En ese contexto, sus aventuras son variadas (y no necesariamente sexuales): un romance con el músico Chano, un metejón intelectual con Paul Auster, una visita guiada a Ricky Martin, un dibujo regalado por Francis Alÿs, entre otros. Pero entre todos sus amores, hay uno que predomina: el que profesa por su padre, exitoso abogado penalista y ejemplo de vida. No es la primera mujer que tiene al padre en un pedestal semejante, pero la relación que describe con él resulta entrañable. No todo es lujuria en la vida de una buena hija.