Nostalgia roquera
Días atrás, circulaba un video en el que Dillom hace mosh y el público lo deja caer sin querer. Mosh: antigua pero vigente práctica punk de la que su mayor cultor, Iggy Pop, hizo gala localmente en 2006 tirándose sobre sus fans dos veces, con 59 años y sin temor de romperse todo. En 2011, para Navidad, nuestro Boom Boom Kid cruzó la avenida Santa Fe a la altura de Plaza Italia surfeando sobre los brazos de los que lo habían ido a ver, en otro episodio apoteótico. Cuando conocí la palabra en la voz de Adrián Dárgelos “me gusta el mosh, me gusta revolcarme entre la gente” la asocié para siempre a la valentía, dada la confianza puesta en desconocidos que bien podrían meterse las manos en los bolsillos. Pero creo que si deja de practicarse (lo mismo correría para el pogo) no se pierde nada, como tampoco se perdió nada por el cese del mucho más drástico gesto de escupir a la banda conocido como gobbing, o el de los gritos pelados de las beatlemaníacas de los 60.
En los brazos que dejaron caer a Dillom, una amiga ve el reflejo de “una sociedad pasiva”, entre otros lamentos propios de gente de nuestra edad y estrato social. Aunque inepta para el mosh, es evidente que lo ha sacralizado, que lo asocia con un pasado de gloria que, como todo pasado de gloria, no fue tan glorioso. Muchos comparten con ella esta nostalgia roquera. Periódicamente, alguna figura que empezó a tocar a fines del siglo pasado o principios de este, cuenta viejas anécdotas en algún stream, a veces con picos de hilaridad. Falopa, escabio, guardias de hospital, comisarías, jodas en micros, autos, aviones o camarines (también momentos más líricos, tipo haber conocido a Charly García en una etapa más vital o haber compartido escenario con Cerati o Spinetta). Los entrevistadores reaccionan como si hablara de un mundo tan fantástico como caduco, de una liturgia riesgosa y descontrolada que no va a volver. Por momentos ríen de más para reforzar la idea de lo irrepetible, distanciados del presente, como si los últimos hurras del rock hubiesen sido la única oportunidad de revolcarse entre la gente con la certeza de no tocar el piso.
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