Muchas de las discusiones acerca de la realidad se resuelven en la ficción. Sobre todo, cuando hay un tironeo estupidizante entre los que se creen dueños de una verdad, los mismos que acusan a quienes estarían equivocados o tirando agua para sus costales. Llama la atención cómo la política se está limitando a los personalismos, y se escucha hablar de tal o cual en busca de un rostro salvador cuando todavía estamos con un presidente que tiene que seguir gobernando, aunque lo enardece más despotricar por todas partes como si siguiera en un talk show (¡la última “barbaridad” en un colegio diciendo que Marx era satánico!), todas comidillas para las conversaciones fútiles: en los medios, en las redes, en las calles, en los transportes públicos, en las tiendas, en la verdulería, en los parques. Y entonces lo único que parece importar: si este o aquél, reelección o repulsión, novedad o masa rancia, candidatos posibles, candidatos pasables, apostando a un ganador, destronando al futuro perdedor. ¿Ya hay que ponerle una cara o careta? ¿No es más urgente lo que pasa del otro lado? Es notable cómo se imponen –y limitan– las discusiones. El algoritmo alimenta y es como el chicle, nos deja rumiando con el estómago vacío. ¡Hablamos según el algoritmo! Más por necedad que atendiendo a las necesidades.
Vuelvo entonces a la ficción, los libros como alas de la realidad, despegar de las determinaciones digitales, volar no de manera evasiva, tomar distancia de lo que se impone como límite, abrir los ojos, cerrar pantallas. Cien años de soledad, de García Márquez, es una buena medida de tiempo inmemorial: cien años, donde todo se juega, y los humanos dan cuenta de sus aciertos y barbaridades. Recalo en un pasaje brillante, el de decepción. Una charla entre vencidos, Gerineldo Márquez y el coronel Aureliano Buendía, donde la soberbia aparece como sombra de los ideales. Lo que queda es una “guerra triste de la humillación cotidiana; de las súplicas, del vuelva mañana, del ya casi, del estamos estudiando su caso con la debida atención.” También llamada “guerra corrosiva del eterno aplazamiento”. Había olvidado que García Márquez volaba tan alto para retratar las bajezas del mundo.