opinión

Obras desplegadas

Los otros propósitos son tantos que se hacen imposibles de enumerar, aunque uno de ellos es contar su propia vida.

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

Juan Álvarez Tolosa acaba de publicar un libro muy raro. Se llama Obras quemadas y se presenta, entre otras cosas, como una investigación sobre el (falso) vizconde Lascano Tegui (1988-1996) que fue, entre otras cosas, argentino, escritor, pintor, viajero  y una especie de influencer avant la lettre, ligado al surrealismo que publicó en 1925 un librito (casi) de culto llamado De la elegancia mientras se duerme, especie de (apócrifa) biografía que transcurre entre suburbios y burdeles franceses. Es un libro elegante, menor, humorístico y un poco escandaloso que llevó a su autor a ser considerado por algunos como un primo de otro falso noble aunque de más envergadura literaria como el Conde de Lautréaumont. 

El vizconde tuvo una vida más apacible, más burguesa y (mucho) más larga que el conde, aunque tuvo algunos accidentes como la quema de sus manuscritos inéditos en el camarote de un barco que lo traía de Los Angeles. Álvarez Tolosa se propone, entre otras cosas, rastrear el destino de toda la obra del Lascano Tegui. Los otros propósitos son tantos que se hacen imposibles de enumerar, aunque uno de ellos es contar su propia vida y, en particular, sus infatigables búsquedas en archivos, bibliotecas y librerías de viejo de todo el material publicado por Lascano Tegui. Obras quemadas es un libro en el que cada tema deriva en otro y luego en otro y así siguiendo, como una especie de cadáver exquisito del ensayo. Así es que eligiendo unas páginas al azar uno se encuentra con la topografía de Parque Chas, luego con la bibliografía sobre ese barrio para pasar a la historia del coñac Otard Dupuy, a una góndola que circulaba por el Tigre, a los versos de González Tuñón… 

Aunque Álvarez vuelve cada tanto a los manuscritos quemados, el libro va acumulando temas, personajes, épocas, anécdotas, datos sin una ilación clara y la escritura asocia libremente sin que asome una hipótesis histórica, política o literaria. Ni siquiera queda claro cuál es el interés de Álvarez Tolosa por Lascano Tegui, más allá del azar que parece regir el orden del libro. “Solo escribo como una excusa para leer y leo como una excusa para coleccionar” dice Álvarez Tolosa, que también habla de los exploradores que entran con entusiasmo en trances de escritura. Hablando de la construcción de una patria, pero también de su propio estilo, dice el autor: “No queda lugar para construir. Solo ordenar, agrupar, dividir, encontrar nuevas combinaciones como un urbanista aficionado por el misticismo y la cábala”. Bien mirado, estamos ante una redefinición de la literatura como una vorágine que se lleva todo por delante, en la que la imaginación no cuenta pero tampoco importa la precisión: uno se topa, de pronto con la definición de Osvaldo Pugliese como el “cantor” que da nombre a una estación de la línea B del subte. 

La obra extraña de Álvarez Tolosa en la que la religión se mezcla con la ciencia y la geografía con el mito, está llena de hallazgos y de ripios pero está signada ante todo por la velocidad de su propia confección. Si el libro tiene algo de delirante, también es posible que contenga una chispa de genialidad: el avizoramiento de una nueva forma de comunicar y de escribir, que equivaldría a un despliegue sistemático del aleph borgiano o al catálogo completo de la biblioteca de Babel.