Pegar los datos con chicle
Mientras el Gobierno dice poseer una bazuca de dólares para responder a una corrida cambiaria, sus “armas” conceptuales tienden a caerse. O a provocar un adormecimiento de la sociedad.
“Bazooka es el chicle con chiste”
Publicidad de los años 80
1. En París, el presidente Javier Milei dijo tener “una bazuca de 75 mil millones de dólares” para evitar una eventual corrida en el año electoral. A los pocos días, él mismo amplió el supuesto alcance de esa bazuca a 125 mil millones. Todo esto, en el contexto de otra declaración ampliamente debatida: la de que las personas que después del día 20 no llegan a fin de mes estarían muertas. Cabe detenerse un poco en aquello que el Presidente enuncia. Si a veces es literal en ciertas interpretaciones, conviene leer literalmente lo que quizás se encierre en un discurso que es de campaña. Al Gobierno le faltan dólares y, de no contar con algún tipo de apoyo como el que Estados Unidos le dio antes de las elecciones de medio término, se le complican los pagos. La serie de guarismos que terminan con el riesgo país cerca de los 700 puntos transforma la bazuca de Milei en algo así como un síntoma.
2. Digamos que una bazuca es un tubo abierto por los dos extremos que lanza un cohete con ojiva de carga hueca. El soldado introducía el cohete por un extremo y este se encendía mediante una carga eléctrica al apretar el gatillo; el impacto directo alcanzaba para perforar el blindaje de los tanques de la Segunda Guerra. Su desarrollo combinó dos tecnologías: el arma impulsada por cohete y la ojiva de carga hueca. Como el chorro de gases sale por detrás, no tiene retroceso, pero sí una llamarada trasera peligrosa. Hasta aquí, los datos del arma. Pero hay algo más: el nombre viene del parecido con el instrumento casero de Bob Burns, cómico radial de los años 30 y 40, un trombón improvisado al que él llamaba bazooka.
3. Bazooka es también el nombre de una golosina. Los lectores más grandes recordarán el chicle que venía con una historieta en su interior. La Topps Chewing Gum Company, fundada en 1938 por los cuatro hermanos Shorin, lanzó Bazooka en 1947, en Brooklyn, Nueva York. Y el dato va más allá: el chicle se llamó así por el mismo instrumento cómico que Bob Burns había armado con dos caños de gas y un embudo, el que también bautizó al arma antiblindaje. El arma y la golosina salen del mismo chiste.
4. La pregunta lícita es a qué bazuca aludía el Presidente. Una pregunta que no es nueva, dada su relación con los datos, que es también su relación con la gestión. Quizás la respuesta esté en la golosina: más que un arma, una bazuca de chicle, útil para pegar datos que no cierran y para inflar globos que, tarde o temprano, revientan.
5. La reacción de la sociedad española ante la visita de Milei, lo que allí se definió como los “modales” del Presidente, también debería leerse en clave argentina. Se suele decir que el insulto tiene un efecto de amenaza: que quienes lo reciben se sienten más o menos sutilmente amenazados por quien profiere las agresiones. Es así, sí. Pero hay otro efecto, también descripto por los especialistas: aquel adormecimiento que algunos definen como sana indiferencia ante lo que sucede también puede implicar un acostumbramiento. La reacción de Felipe González, que dijo que la presencia de Milei, de persistir, podría hacer perder a la derecha, puede ser, dada su autoridad moral, el símbolo de la distancia: los modos de Milei son precisamente eso, su modo de hacer política.
6. Su modo de hacer política lo habilita. Hay un núcleo duro de la sociedad que parece indiferente a esa relación del Gobierno con las palabras y las cosas. El paradigma de Donald Trump, el que lo llevó a decir que podía pararse en medio de la Quinta Avenida, dispararle a alguien y no perder votos, se aplica perfectamente aquí: el Presidente se ve habilitado a hacer o decir cualquier cosa y, mediante un “o sea, digamos”, puede afirmar lo contrario sin que muchos se ofendan (cabe imaginar que gran parte de ellos ni siquiera se entera). A ese núcleo duro hay que sumarle otro sector que, guiado por el antiperonismo o por el deseo de mantener lo que se llama el rumbo, tolera con cara de disgusto lo que se afirma desde el punto más alto del poder. Y lo hace en nombre de una Argentina económicamente más moderna. Más abierta a los negocios.
7. Pierre Dardot y Christian Laval sostienen en La nueva razón del mundo que el neoliberalismo, más que una ideología, es una racionalidad que organiza no solo la acción de los gobernantes sino también la conducta de los gobernados: “la generalización de la competencia como norma de conducta y de la empresa como modelo de subjetivación”.
8. Sabido es que el sistema libertario exacerba aquello: lo que surgió tras la caída del Muro como una respuesta se tornó en un modelo de poder que incluye una alta dosis de autoritarismo. Viktor Orbán llegó al poder con ideas liberales y se fue siendo un ejemplo de iliberalismo. El efecto desigualador del esquema político global es inédito en la historia de la humanidad. Quien más teorizó sobre estas cuestiones es el economista francés Gabriel Zucman, quien sostiene que la riqueza extrema “también produce una influencia política extrema”. Afirma que los multimillonarios financian campañas, compran medios y pagan lobby, y presentan como bien común las políticas que protegen su patrimonio.
9. Sin embargo, el Gobierno que llegó para garantizar los negocios puede fracasar por los “negocitos” de algunos de sus dirigentes. Aun en el sector indiferente a la palabra agresiva de Milei, los casos de Spagnuolo (especialmente por todo lo que conlleva, en términos de empatía, lo referido a la discapacidad), Espert y Adorni sí afectan, en una sociedad que percibe que su forma de vida está puesta en juego. Del anarquismo conceptual a la anarquía de gestión la distancia es grande. Y aquí estamos más cerca de lo segundo que de lo primero.
10. Bazuca, el arma, y Bazooka, el chicle, comparten etimología: ambos derivan de bazoo, ‘boca’ o ‘charla fanfarrona’ en slang. A medida que pasa el tiempo, las armas conceptuales de Milei tienden a dejar de surtir efecto. Lo que queda es el chicle: mucha boca, datos pegados con goma de mascar y un globo cada vez más grande que, como todo globo de chicle, termina por reventarle en la cara a quien lo infla.
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