Es obligado citar algo de Borges a 40 años de su muerte. El prólogo de La rosa profunda, donde sentencia “La doctrina romántica de una Musa que inspira a los poetas fue la que profesaron los clásicos; la doctrina clásica del poema como una operación de la inteligencia fue enunciada por un romántico, Poe. (…) Por Musa debemos entender lo que los hebreos y Milton llamaron el Espíritu y lo que nuestra triste mitología llama lo Subconsciente” me parece pertinente porque su tema da para todo. Hace como 15 años, hablando de inspiración y autores hispanoparlantes durante una entrevista, el chileno Alberto Fuguet dijo: “Yo admiro y le debo mucho a Puig y me encanta por mil motivos, entre ellos esa cosa del que fue mirado como el menos interesante en la época del boom y terminó siendo el más interesante y abrió ventanas en vez de cerrarlas como García Márquez. El que se mete en el territorio de García Márquez no tiene mucho que hacer más que quedar como un copión”. Off the record –la nota debía versar sobre su última novela y nos habíamos ido por las ramas– le pedí precisiones sobre lo que habría hecho de Puig, un escritor inspirador. No recuerdo exactamente qué respondió, pero una frase que sí quedó grabada da alguna pista: “Releí, mientras escribía Missing, Maldición eterna a quien lea estas páginas, que es un libro en el que se animó a escribir sobre Estados Unidos sin pedirle permiso a nadie”.
Creería que después hablamos de Puig soportando acusaciones de frivolidad al comienzo de la carrera, censura en los 70 y ninguneo en los 80, pero “siempre fiel a sí mismo”. Junto a las novedades estilísticas, esta integridad habría sido decisiva para que su obra resulte más inspiradora que otras. Ushuaia (Un destino melodramático), la nueva novela editada por Planeta que Fuguet presentó este año en Buenos Aires, se promociona como “un caleidoscopio de voces: testimonios, entradas de blog, notas periodísticas, recuerdos familiares y cuentos” de modo que la capacidad de influencia de Puig sobre la que hablaba, al menos su caso, se confirmaría.
García Márquez, en cambio, haría o hizo difíciles ese tipo de relaciones literarias por estar demasiado concentrado en cuajar con un momento y un sistema específicos, aunque en su libro de memorias, Vivir para contarla, prefiera justificarse con visiones más idealistas, de “La infancia es la fuente de todo lo que escribo”, a “No hay nada de este mundo ni del otro que no sea útil para un escritor”. Lo que no se puede negar es la existencia de una suerte de escuela pródiga en best sellers subsidiarios de Cien años de soledad. Si Coco es inspirador, Gabo llama a la clonación. El tema da para irse aún más por las ramas en busca del autor que parece haberse empeñado en no ejercer gran influencia ni hacer escuela, en esquivar el homenaje y el calco –pienso en Roberto Arlt o en el todavía más singular Juan Filloy–, como si deseara liberarse de la carga de los herederos y entregarse solamente a su musa, la llame, como dice Borges, Espíritu o Subconsciente.