¡Qué difícil la democracia algorítmica, con tanta especulación y manejo! Se pierden los referentes y la representación es oscilante. No surge la decisión corajuda, una expresión clara de voluntades. A su vez, los analistas están en los claustros, los periodistas editorializando. La acusación se convierte en denuncia. Y lo evitativo se vuelve opción. Sin embargo, el malestar es evidente, la falta de consenso también, no hay respuestas concretas. Empiezan los conciliábulos y confabulaciones. ¿Qué obstruye la sensatez y la creatividad? ¿El poder mismo?
Quizá sea una cuestión de escenario. O de tablero.
No hay que mover las piezas, mejor cambiarlas.
Recuerdo el genial cuento de Edgar Allan Poe “Los crímenes de la calle Morgue”. Se suele evocar su originalidad: el enigma del cuarto cerrado, el orangután, la excentricidad del detective (Auguste Dupin), la escatología del supuesto crimen.
Antes de todo este desarrollo hay unas cuantas páginas donde Poe discurre sobre la mentalidad humana. Sus vericuetos, fallas, hallazgos. Y ahonda en la inteligencia. El cuento empieza así: “Las características de la inteligencia que suelen calificase de analíticas son en sí mismas poco susceptibles de análisis. Sólo las apreciamos a través de sus resultados.” ¡Vaya comienzo! Prosigue con el “goce” del analista: entender, “desenredar” (en traducción de Cortázar). Y ahí se pone interesante. El ímpetu resolutivo no es reduce al cálculo: “Calcular, no es en sí mismo analizar, la habilidad del analista se manifiesta en cuestiones que exceden los límites de las meras reglas”. En este punto, Poe diferencia el poder analítico del ingenio. Y lo profundiza: “Cabe observar que los ingeniosos poseen siempre mucha fantasía mientras que el hombre verdaderamente imaginativo es siempre un analista.” Llegamos entonces a la diferencia que nos propone Poe en estas increíbles primeras páginas de un cuento que además está inaugurando el género policial. La diferencia entre el calculador ingenioso y el analista creativo. Para eso busca un ejemplo lúdico. Suele considerarse al ajedrez mucho más complejo que el juego de damas. Poe invierte sus atributos. Considera más difícil el juego de damas (“imaginativo”, “profundo”) con todas sus piezas iguales, que el ajedrez (“calculador”, “ingenioso”) cuyas piezas tienen roles y jugadas preestablecidas. ¿No deberíamos entonces pensar un tablero de damas para que la democracia sea más representativa, en lugar de perpetuar a los poderosos de siempre en los mismos casilleros?