IA y política digital

Política sin organizaciones

La irrupción de la inteligencia artificial y de las comunidades digitales está transformando la política contemporánea. Imágenes falsas, boicots organizados desde redes sociales y liderazgos surgidos al margen de los partidos tradicionales muestran un escenario volátil, emocional y descentralizado, donde el estilo, la viralidad y los vínculos débiles pesan más que los programas ideológicos y las estructuras clásicas. Comprender esta nueva lógica se vuelve clave para repensar la acción política y la investigación empírica en la era de la hiperconectividad.

Donald Lisa, cambio de los paradigmas. Foto: Pablo Temes

Las comunicaciones en la era de la IA redefinen la política. Un ejemplo reciente es el de la artista Nicki Minaj, quien ha experimentado una pérdida masiva de seguidores tras identificarse públicamente con Donald Trump. En las últimas semanas, la circulación de imágenes falsas, creadas con inteligencia artificial, que la situaban en el Despacho Oval le provocaron la pérdida de cuatro millones de seguidores adicionales. El caso ilustra la sensibilidad y volatilidad de las comunidades virtuales ante las imágenes de sus referentes.

El boicot de Tulsa: activismo digital en acción. En junio de 2020, Mary Jo Laupp (conocida como la “abuela de TikTok”), una desconocida trabajadora escolar de Iowa, inició un movimiento que fue objeto de muchos estudios. A través de TikTok, convocó a reservar entradas para el lanzamiento de la candidatura de Trump en Tulsa con el fin de no asistir y boicotear el evento. Provocó una masiva movilización de miembros de la Generación Z y de entusiastas del K-Pop: en un mes, más de un millón de ellos reservaron asientos. Aunque la campaña de Trump esperaba una concurrencia histórica e incluso instaló una tarima exterior para dirigirse a la multitud, solo asistieron 6 mil personas que dejaron semivacío un local con capacidad para 19 mil.

Este episodio alimentó el debate académico entre Malcolm Gladwell y Clay Shirky acerca de la ted y la política. Gladwell –además de un gran autor un activista en la lucha por los derechos civiles–, sostiene que las redes sociales generan un “clictivismo” superficial. Para él, los cambios reales requieren vínculos fuertes, militancia disciplinada, organizaciones jerárquicas e instituciones políticas con bases ideológicas sólidas.

Shirky, teórico de “cómo organizarse sin organizaciones”, afirma que las redes son el nuevo motor de la política. En su visión, los lazos fugaces que establecen las personas en las comunidades virtuales son los más poderosos, sustituyen a las jerarquías con redes horizontales basadas en la autogestión y la que apoyan a outsiders enfrentados al establishment. Este enfrentamiento está sobre la división izquierda-derecha, constituye un rechazo general a todo lo apreciado por la sociedad tradicional.

La era de los outsiders. Esta dinámica se refleja en los procesos electorales. Donald Trump alcanzó la presidencia bajo el sello de un partido (el GOP) cuyas ideas tradicionales y estilo no representa. Del mismo modo, Zohran Mamdani ganó la alcaldía de Nueva York tras perder la internas del partido, enfrentando en las urnas al candidato del aparato Demócrata Andrew Cuomo.

Ambos comparten rasgos comunes con los outsiders de otros países: se alejan de los perfiles históricos de sus partidos y de los políticos del pasado. Movilizan a ciudadanos que participan de la campaña política, justamente porque rechazan la política, son voluntarios que operan desde comunidades virtuales, promoviendo puntos de vista que están más allá de las instituciones.

Estilo más que contenido: la nueva estrategia. A diferencia del modelo de la Ilustración, donde el líder era una figura sabia y divinizada, los líderes actuales se presentan como personas que pueden equivocarse, son contradictorias en lo racional, pero mantienen su coherencia usando un estilo espectacular y entretenido. Manejan la agenda social mediante la sorpresa y el humor, utilizando herramientas como el “Meme Drop” para captar la atención.

Su plataforma política no es un programa rígido –como lo fueron el comunismo o la socialdemocracia–, sino una “colcha de retazos” que unifica los intereses de diversas comunidades virtuales interesadas en temas específicos. En esta circunstancia, los mensajes aislados no sirven para nada, si no se articulan con una estrategia de formas y estilo que les otorgue coherencia. 

El nuevo rol de la investigación política. En esta realidad compleja, las encuestas necesitan replantear su trabajo. Su función no es adivinar el futuro, cosa imposible, porque en las comunidades de “sabiduría compartida” de que habla Pentland, las comunidades se mueven rápidamente ante cualquier estímulo que viene de cualquier sitio.

En Colombia, por ejemplo, la imagen exitosa del candidato de Petro puede reforzarse por la actuación del ICE persiguiendo latinos o sus fotos con Trump en el Salón Oval. En una sociedad hiperconectada, cualquier suceso que ocurre en cualquier sitio tiene un impacto inmediato en la política local si se relaciona con determinados temas.

Conclusión. La complejidad de este nuevo paradigma exige que quienes hacen investigación empírica y la academia trabajen para reformular la política democrática. Los políticos antiguos suelen subestimar este cambio, encargando la campaña digital a un amigo porque tiene una página en Facebook. El tema es muy complejo, hay mucho que estudiar para entenderlo, pero vale la pena hacerlo porque el éxito en política depende, en gran parte, de la comprensión del fenómeno y de la capacidad de sintonizar con electores organizados sin organizaciones.

* Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.