UN GRANDE: militar y ciudadano

Por qué la historia argentina habría sido distinta sin José de San Martín

Militar profesional y dirigente político por convicción, José de San Martín entendió la independencia como un proyecto de poder antes que como una gesta heroica. Diseñó una estrategia continental cuando Buenos Aires miraba hacia adentro, desobedeció órdenes para no quedar atrapado en la guerra civil y renunció al mando en Perú para evitar disputas que pusieran en riesgo la emancipación. Su legado político se juega menos en el bronce que en esas decisiones, tomadas contra la lógica dominante de su tiempo.

El padre de la patria. Foto: cedoc

El mes de febrero está ligado a tres acontecimientos importantes en la vida de José Francisco de San Martín: el 3 de febrero de 1813, por el pequeño combate de San Lorenzo, única acción librada en nuestro país; el 12 de febrero de 1817, por el triunfo en la batalla de Chacabuco; y el 25 de febrero de 1778, por su nacimiento en Yapeyú. Entre 1784 y 1811 vivió en España, donde alcanzó el grado de teniente coronel y participó en más de veinte combates, siendo su mérito militar reconocido en las batallas de Arjonilla y Bailén, contra los franceses.

Entre 1812 y 1824 permaneció en América –Argentina, Chile y Perú– y el resto de su vida transcurrió en Bélgica y Francia, donde falleció en Boulogne-sur-Mer el 17 de agosto de 1850. Junto con Manuel Belgrano, fue uno de los hacedores de la independencia argentina, declarada en 1816. Reconocidos escritores argentinos y extranjeros, así como los principales países del mundo, lo han valorado como un grande: militar y ciudadano.

Fue un eminente profesional de las armas, conocedor de las campañas de Alejandro Magno, Julio César, Federico de Prusia y Napoleón Bonaparte, aunque siempre manifestó ser admirador de Sun Tzu. Coincido con Rodolfo Terragno cuando señala: “Para San Martín, la guerra es el último e infeliz recurso, y solo cabe echar mano de él cuando un pueblo no puede hacer valer, por la política o por la diplomacia, los derechos que le asisten” (Diario íntimo de San Martín, pág. 407).

Respecto de su visión política y humanística, el Libertador expresó: “El mejor gobierno no es el más liberal en sus principios, sino aquel que hace la felicidad de los que obedecen, empleando los medios adecuados a este fin” (Carlos Alberto Guzmán, San Martín, Círculo Militar, pág. 159). Sus dotes de gobernante probo y prudente quedaron evidenciadas en su gestión en Mendoza y en Lima.

Desde 1815 –año de la derrota definitiva de Napoleón en la batalla de Waterloo– concibió y ejecutó un plan continental audaz y riesgoso, propio de un estratega: dejar en manos de Martín Miguel de Güemes y sus gauchos la contención realista en la frontera norte; organizar un ejército de unos cinco mil hombres; cruzar una de las cadenas montañosas más grandes del mundo; sorprender y vencer a un ejército español superior, consolidando la independencia de Chile en la batalla de Maipú, en 1818; organizar una flota desde la nada; desembarcar en Perú y declarar su independencia. Lamentablemente, careció de un apoyo político y económico sostenido por parte del gobierno de Buenos Aires, con la excepción del aporte de Juan Martín de Pueyrredón.

No es un hecho menor recordar que también en 1815 Carlos María de Alvear ofreció al Reino Unido, en notas dirigidas a Lord Castlereagh y a Lord Stranford, que lo que hoy llamamos Argentina pasara a ser un protectorado británico: “Estas provincias desean pertenecer a la Gran Bretaña, recibir sus leyes, obedecer a su gobierno y vivir bajo su influjo poderoso. Ellas se abandonan sin condición alguna a la generosidad y buena fe del pueblo inglés”. Alvear agregó que brindaría todo su apoyo y reclamó el envío de fuerzas para someter a los díscolos (Sabsay, F., Ideas y caudillos, pág. 205). La propuesta nunca llegó a la Corte británica.

En 1816, San Martín declaró a la Virgen del Carmen de Cuyo patrona y generala del Ejército de los Andes y, en una proclama, expresó conceptos de los que los hombres de armas jamás deberían apartarse: “La Patria no hace al soldado para que la deshonre con sus crímenes ni le da las armas para que cometa la bajeza de abusar de estas ventajas, ofendiendo a los ciudadanos con cuyos sacrificios se sostiene. La tropa debe ser tanto más virtuosa y honesta cuanto es creada para conservar el orden de los pueblos, afianzar el poder de las leyes y dar fuerza al gobierno para ejecutarlas”. Obtuvo de sus subordinados la imprescindible cohesión –vertical y horizontal– basada en la misión compartida, la lealtad a la Nación y sus valores, la confianza, el respeto por su jefe y la conciencia de las dificultades y los peligros.

En 1819, el Directorio –en los hechos, Alvear– le ordenó regresar con su Ejército desde Chile para someter a Santa Fe y a las demás provincias enfrentadas con Buenos Aires. San Martín no dudó en desobedecer. Años después, desde su exilio autoimpuesto, explicó: “Sé que la Logia nunca me perdonó, pero aún ahora tengo la conciencia tranquila de que obré en el interés de la revolución de América y de que, si hubiese ido a Buenos Aires, la campaña del Perú no hubiera tenido lugar, ni la guerra de la independencia hubiera terminado tan pronto”. Fue una desobediencia sublime, dramática y genial. Sobre ella, Felipe Pigna señaló que el Directorio le daba órdenes de participar en la guerra civil y la represión interior; y Pacho O’Donnell sostuvo: “Hubiera fracasado la Campaña Libertadora; la desobediencia de San Martín es un acto patriótico” (Historia confidencial, pág. 88).

El 28 de julio de 1821 declaró la independencia del Perú. En julio de 1822 se entrevistó con Simón Bolívar en Guayaquil y posteriormente renunció como protector del Perú. Tras un paréntesis en Mendoza y Buenos Aires, se embarcó hacia Europa junto a su hija Mercedes Tomasa, en un retiro voluntario que se extendió hasta su muerte. Aun desde el exilio, según Carlos A. Guzmán, continuó prestando importantes servicios a su Patria. Parte de sus fuerzas combatieron en 1822 en Ríobamba y Pichincha, y en 1824 en Junín y Ayacucho.

En Europa se reencontró con un antiguo compañero de armas del Ejército español, Alejandro María Aguado, por entonces próspero banquero. Entre ambos se entabló una sólida amistad que se prolongó hasta la muerte de Aguado, en 1842, quien le dejó una ayuda económica y la curatela de sus dos hijos. Reiteradamente, el Libertador se refirió a él como su benefactor, con expresiones de sincero agradecimiento: “Le soy deudor de no haber muerto en un hospital de indigentes (…) La generosidad del amigo me liberó, tal vez, de ello”. Aguado era judío.

El Libertador soportó estoicamente infundios y humillaciones: fue acusado de cobarde, ambicioso, traidor, ladrón, desertor, indigno de revistar en el Ejército, espía inglés y hasta borracho. Nunca respondió a los agravios. Sin proponérselo, apostó a la gloria póstuma y rechazó la celebridad.

*Exjefe del Ejército Argentino. Veterano de la Guerra de Malvinas y exembajador en Colombia y Costa Rica.