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Una nueva ilustración

Desde la Ilustración del siglo XVIII hasta la política de la era digital, la razón, la ciencia y el pluralismo moldearon las democracias modernas, pero hoy ese paradigma atraviesa una crisis profunda. Las viejas ideologías, los liderazgos verticales y las liturgias partidarias conviven –y chocan– con una nueva forma de comunicación política, horizontal, fragmentada y emocional, impulsada por las redes y la inteligencia artificial. Comprender esta mutación resulta clave para explicar fenómenos contemporáneos, desde los populismos autoritarios hasta el éxito de liderazgos que rompen con la tradición ilustrada.

Voltaire y Rousseau, titanes del Siglo de las Luces francés. Foto: cedoc

El Siglo de las Luces, desarrollado durante el siglo XVIII, “iluminó” a las sociedades occidentales usando la razón para superar la ignorancia, la superstición y el dogmatismo religioso. Teóricamente, culminó con la independencia de los Estados Unidos y la Revolución Francesa, pero sus valores constituyen la base filosófica de las actuales democracias occidentales. 

La Ilustración postuló que la razón es la única herramienta válida para alcanzar la verdad y el progreso, cuestionando todo aquello que carece de una explicación lógica. Fue una corriente laica que promovió el pluralismo, la libertad de culto y de pensamiento, oponiéndose al monopolio de la verdad que, hasta entonces, había detentado la Iglesia. Asimismo, fomentó el método científico y la investigación sin censura religiosa. 

No fue solo una corriente filosófica, sino también el motor de una transformación radical que produjo la Primera Revolución Industrial. La “magia” de la máquina de vapor –la primera creación humana capaz de moverse a voluntad sin depender del viento, del agua ni de otros elementos naturales– posicionó a la mecánica como elemento central del nuevo paradigma que hizo parecer a las relaciones causales transparentes.

La idea de que las religiones y los libros sagrados no poseen la verdad puso en crisis al pensamiento mágico. El filósofo alemán Friedrich Krause dijo que, en buena parte, fueron reemplazados por “religiones cívicas”. El mexicano Enrique Krauze desarrolló la idea con mayor profundidad para analizar los populismos autoritarios contemporáneos. Sostiene que las religiones políticas se producen cuando un movimiento o un líder traslada el lenguaje, los símbolos y la estructura de la religión al ámbito del Estado y a la lucha por el poder. El síndrome de hubrys hace que sean felices con su rol sobrenatural.

Este fenómeno ha sido común en movimientos políticos que operan con líderes que se presentan como “redentores”, que van a salvar al pueblo de la pobreza, la corrupción y la opresión. Aunque suelen hablar del debate de ideas, en la práctica solo defienden dogmas. Cada grupo se cree poseedor de la verdad absoluta y enfrenta a sus adversarios para destruirlos, no para buscar un intercambio de ideas.

Hasta que las brújulas políticas colapsaron con la crisis del paradigma del siglo XX y la muerte de las ideologías, existían límites relativamente claros sobre lo que cada bando consideraba verdad. Los partidos mantenían liturgias en las que la multitud escuchaba discursos de oradores, que culpaban de todo a un enemigo externo y prometían una “nueva era” que resolvería todos los problemas de la sociedad. 

Existía un aparato que movilizaba a los seguidores, teniendo con frecuencia al movimiento obrero como columna vertebral. No se puede comprender al Partido Comunista en Italia y Francia, al APRA peruano o al peronismo argentino sin las centrales obreras. Eran organizaciones verticales que representaban, controlaban y movilizaban a la gente para armar grandes concentraciones. 

En lo conceptual, existía coherencia: un comunista no promovía el libre mercado, los curas se dedicaban a la religión y los activistas políticos a su labor. No era pensable que los países de la OTAN se muevan a Groenlandia para defenderla de los Estados Unidos.

Actualmente algunos autores plantean la necesidad de producir una “nueva ilustración” que sea a la red y a la inteligencia artificial, lo que la Ilustración del siglo XVIII fue para el libro y la máquina de vapor. La política del texto, las ideologías y los líderes verticales ha entrado en crisis. Los mensajes aislados carecen de sentido; con la red, apareció una sabiduría comunal parecida a la que originalmente nos diferenció de los otros humanos. 

Necesitamos replantear la comunicación política desde su base. En lugares como Irán, Nepal y Líbano, la red ha derrotado a los “dioses”. Es necesario comprender estas movilizaciones masivas que carecen de líderes y no responden a los discursos de líderes.

En las democracias actuales, figuras como Trump, Mamdani, Castillo, Boric y Milei han encarnado con éxito esta nueva comunicación, que resulta incomprensible para analistas atrapados en la lógica de la antigua Ilustración. En el caso de Milei, aquello que más irrita a los analistas suele ser lo que le da mejores resultados. Actuaciones, como su participación en el concierto de Córdoba de esta semana, comunican más que cualquier discurso formal. Aunque entender este fenómeno es complejo, el estudio de la bibliografía más avanzada permite extraer conclusiones provisionales para explicar la realidad actual y definir líneas de acción para ganar elecciones o mantener la popularidad gubernamental.

Durante meses hemos trabajado estudiando textos teóricos y analizando a fondo campañas electorales y comunicaciones de gobierno de diversos países, tratando de explicar esa nueva política. Será el material que servirá de base para el curso en la Universidad del Sur de febrero y para el libro que esperamos concluir en las próximas semanas.

* Profesor de la GWU. 
Miembro del Club Político Argentino.