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Incendios

El ambiente negado y la sábana corta

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Parque nacional. El incendio se inició el 9 de diciembre. | AFP

Otra vez el fuego. Puerto Patriada, El Hoyo, Epuyén…, el Parque Nacional Los Alerces. Parajes que banalizan los superlativos estéticos. Otra vez, tan pronto se supo que el fuego fue intencional, el Gobierno se lanzó a su enésima conquista del desierto. Las redes, que propalan e instalan bulos más rápido que las llamas, nombraron el juego: “Cazando al mapuche” (o, por caso, israelí). El resto se hizo solo, y aún dura porque la desmentida rotunda de la fiscalía no forma parte de este. Aquellos formateados de vientre con la idea de que su casa no termina en la puerta sienten, con potencia única, que son parte del paisaje que habitan, y que este habita en ellos. Iguales a los demás en el entramado, los mapuches son jornaleros, docentes, pastores o brigadistas en la primera línea del fuego. Lo que no son es estúpidos que quemarían su propia casa. Pero “el juego” funciona porque trastoca responsabilidad individual por la real, el medio en fin, enfatizando en el pirómano, y en su pertenencia étnica, irrelevante frente a la pregunta sobre quién se beneficia con el fuego y con la medida del Ejecutivo que deroga una ley que prohíbe cambiar uso del suelo luego de un incendio forestal. Pocas respuestas posibles. Ninguna tiene que ver con un pueblo para el que cultura y producción son tan indisociables como refractarios a cambios.

Un modelo de país pampeanizado no aprovecha el potencial ni vertebra complementariedades con economías regionales, las que se convierten en repositorios de actividades, modos de producción y paquetes técnicos concebidos para otro territorio en desmedro de sus singularidades geográficas y ricos entramados socioculturales. La expansión sojera de la zona pampeana desplaza la ganadería a zonas en los que la quema del bosque es el recurso para abrir paso. En un bosque de baja densidad como el andino, el fuego natural era parte de su dinámica; este “pasaba” generando una temperatura que no comprometía el suelo y la vegetación profunda, regenerando y previniendo la acumulación de material. El crecimiento de forestaciones de pino, bajo las secas extremas del cambio climático, compensa la pérdida de agua tomándola del suelo deshidratándose más rápidamente que las especies nativas y liberando etileno. Toda la biomasa y el aire que la rodea se tornan un barril de pólvora. Más allá del área forestada, la dispersión por viento de semillas lleva a la especie exótica al interior del bosque andino colonizando con mayor eficiencia que las nativas, sobre todo las áreas ya quemadas. Cuando el fuego llega, natural o provocado, arrasa. Es el “fuego malo” para los mapuches.

El incendio repite antiguos patrones causales potenciados por nuevos factores que prometen solo mayor devastación futura. La racionalidad del Ejecutivo no mensura como costo los pasivos ambientales, los niega, como al cambio climático. El ambiente es mero cordero de sacrificio de actividades extractivas que generan reservas para el aquí y ahora. Lo que se ve en la Patagonia es lo que la “sábana corta” de un recorte único del gasto, que desfinanció hasta el desguace a toda gestión posible del fuego, no tapa. Y, aunque tampoco tape a un pueblo que sale a suplir con sus entrañas la falta de todo, la solidaridad puede apagar el incendio, pero no evitar que el riesgo vuelva a ser desastre. La Patagonia arde otra vez. Arde porque la cuestión no es prevenir el fuego ni sacar las papas de este. La cuestión es gestionarlo. “Trabajar la brecha” entre el alto riesgo de la región y el desastre natural. En el mundo desarrollado hay un fundamentalismo militante en cuanto a la imposibilidad de modificación de uso del suelo. Con mucha más presión demográfica sobre bosques, estrictos códigos de zonificación limitan la expansión urbana. Las Tics permiten mediante apps desde participación de vecinos en las operaciones masivas de limpieza de bosques hasta acceso a mapas que indican “trampas de fuego” y vías de escape. Hay protocolos de acción que van desde consideraciones de materiales para la construcción de viviendas, distancias, delimitación de zonas de seguridad, uso de quemas prescriptas, cortafuegos preventivos y simulacros. La profesionalidad de las fuerzas vivas es tan importante y socialmente valorada como el arsenal de infraestructura con el que se cuenta para combatir rápidamente focos declarados. En Argentina, solo queda esperar la lluvia. La que, como dice LAS, borra la maldad. Aunque las heridas del alma queden.

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* Geógrafo UBA.