La intervención en Venezuela por parte de Estados Unidos ha generado una cantidad de análisis focalizados en aspectos de un orden internacional que ese mismo hecho muestra que está desapareciendo.
Más aún, han comenzado a visibilizarse en la superficie, variables, dimensiones e indicadores de un nuevo dispositivo de poder que está enterrando al anterior y a estas las tomamos como desviaciones o anormalidades. Pero en realidad, son los nuevos signos del (des)orden global por venir.
La espectacularidad del hecho militar, es el inicio de acciones de la primera potencia mundial que se ve desafiada por otras, especialmente por China y Rusia. Pero estas acciones como otras que hemos visto - el ataque sorpresivo a Irán, la destrucción de embarcaciones en las costas venezolanas supuestamente de narcotraficantes, la deportación masiva de inmigrantes- se le suman a otras de las potencias rivales: la irresoluta ocupación de Rusia a Ucrania; la destrucción, el desplazamiento compulsivo y la posterior reconstrucción aún pendiente de Palestina; las tensiones en el Mar de China entre China, Japón y Taiwán; el abandono por parte de Estados Unidos de los organismo internacionales y su replanteo con respecto a Europa y la OTAN; entre otros.
Estamos presenciando un cambio de orden que tiene un sustento en una reconfiguración de la geografía del poder, de la sustancia del poder, y de la diversidad del poder. Sobre esta nueva dinámica matricial es que deben leerse los acontecimientos que sucedieron y que tenemos por venir, que serán muchos.
*La estabilidad del poder. Los antecedentes de percepciones ilusorias de estabilidad del sistema internacional surgen en la Paz de Westfalia (1648), continúan en el Congreso de Viena (1814) -que establece cien años de paz hasta la Primera Guerra Mundial- que da origen a la Sociedad de las Naciones. Esta organización imperfecta desde su origen, deriva en la Segunda Guerra Mundial que al finalizar, consolida un esquema de poder en las Naciones Unidas, hasta el momento la única institución multilateral global. El derivado Orden Liberal Internacional encontró su inicio de debilitamiento mucho antes y ahora sí, parece desaparecer.
*La sustancia del poder. Aquellas aspiraciones de sentido jurídico-institucional y normativo como base de una ética global en declaraciones que marcaban rumbos de políticas exteriores, son reemplazadas por una lógica de poder real de acumulación. Las zonas de influencias han quedado cortas frente a las pretensiones de ocupación territorial: Ucrania, Taiwán, Venezuela y Groenlandia, entre otras.
*La diversidad del poder. Observamos claramente que aparecen nuevos actores que desafían pero aún no reemplazan a los estados-nación soberanos. Las empresas e instituciones transnacionales, nuevos actores ilegales que montados en las nuevas tecnologías y en la inteligencia artificial, escapan a la lógica de regulación y control de los estados.
Ante estos escenarios de fuerzas profundas frente a eventos de superficie, lo más grave es que se están conjugando elementos sustantivos para generar las condiciones de una Tercera Guerra Mundial, similares a la de las dos anteriores.
Primero, el nacionalismo exacerbado tanto en 1914 como en 1939, fue el motor ideológico que justificó la agresión. Segundo, el imperialismo y la hegemonía fueron, en esencia, luchas por el estatus de “Gran Potencia” y el acceso a recursos limitados. Tercero, el militarismo y las carreras armamentísticas, como creencia de que la seguridad nacional solo es posible mediante la superioridad militar absoluta fue común a ambos periodos. Cuarto, el fracaso de los sistemas de seguridad colectiva que en ambas guerras ocurrieron tras el colapso de un orden diplomático que pretendía evitar el conflicto.
Si a estas causas las potenciamos con la aceleración de las decisiones, de los sistemas bélicos y las comunicaciones dado por la inteligencia artificial, solamente tenemos que esperar cual será el detonante final.
*Profesor de Relaciones Internacionales de la Universidad de Buenos Aires y la Universidad Austral.