Abrir los ojos
Quien escribe es una elusión reincidente, que vuelve sobre el rulo de la narración, o de la geometría confusa, topología de Lacan, pizarra, imaginario, dibujito y terror. La máquina del doctor Kellog (Dr. K, de Kafka) elude la pesadilla, existe sin el sueño, su vigilia asoma como las carpas en el agua.
“El gran problema era la lectura. Resolver una contradicción: no puedo leer, no puedo no leer.” Aquí hay apropiación de la cita, también reemplazo de una palabra con insana intención, leer por escritura, escribir, en ese orden. Manuel Estellés pegó en el clavo del féretro, el último y definitivo, de ese recurso literario explotado hasta el delirium simple, que da sueño, que hace olvidar lo que se lee. Mandó al nicho del olvido al infinito placebo literario, ese reflejo que dilata lo escrito para justificar la nada.Porque la nada espesa lo ilegible.
“No puedo escribir, no puedo no escribir.” Entonces el que narra en El favor le hace un favor al que lee. Es y no es. El escritor en ciernes en su delirio de grandeza que cae como fruto maduro en el patio de un bar en el que está solo, sin nadie más que esa sosa nada. Con el circuito literario argentino al fondo (telonero beat de una decadente falta auditiva), donde publicar ya es ley del no saber escribir, la naturaleza del “yo escribo” resulta farsa cómplice como envés de una taba ladina. Hay máquinas, hay citas encubiertas, hay eso de tocar el timbre (la tecla correcta) y salir corriendo.
Así quien escribe es una elusión reincidente, que vuelve sobre el rulo de la narración, o de la geometría confusa, topología de Lacan, pizarra, imaginario, dibujito y terror. La máquina del doctor Kellog (Dr. K, de Kafka) elude la pesadilla, existe sin el sueño, su vigilia asoma como las carpas en el agua, muestran esa boca entre erótica y muda. Porque hay un Mudo que escribe y habla, al fin es el que arranca a la ficción de su insólita quietud. Siente ser otro que tendrá un nombre en las letras, dará a imprenta, será premiado, hablará por todos.
Pero el que escribe, sin dudas, es Estellés. A la escena del escritor vencido, por ejemplo, quien retrata en una libreta lo que apenas puede escribir mientras el amante de su mujer se divierte en la otra pieza, luego, va y le cocina porque es domingo al mediodía. Realismo costumbrista en Venado Tuerto. Ve con un ojo, escribe con dos, avergonzado. Y todo se degrada. El mismo fin de la literatura, o al fin la literatura misma asume su desvergüenza. ¿Y el editor? Es y no es, que quede claro.
Los libros y el éxito son accidentes distantes. Unos en lo simbólico, lo otro en la praxis de una farsa blanda, insípida, por la que un escritor se convierte en el muñeco de trapo de un sinfín de frases célibes para impresionar gente con-ciencia (siendo la ciencia la presunción de un saber obtenido de internet).
El favor es la primera novela de Estellés. O Estellés es el primer autor de El favor. El otro, es el lector, que más que cómplice es culpable. Por admitir durante años el engaño de textos sin espesor, sin ideas, sin siquiera un poco de recato por la historia de la literatura universal. Volviendo, que en este caso es una nueva forma de comenzar: sin placebo, las oraciones de Estellés iluminan, falsean las expectativas, nos tratan con respeto, casi como un acto generoso del verdugo. Es decir, nos abren los ojos.
El favor
Autor: Manuel Estellés
Género: novela
Editorial: Club Hem, $ 27.000
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