Los poetas y lectores de poemas dotados de sensibilidad popular y, por lo tanto, de cierto gusto por el lenguaje coloquial (o “natural”), suelen impugnar la poesía cuyo vocabulario no se ajusta al de uso cotidiano, ni a su principio de realidad –incluyendo los objetos de referencia–, y tampoco a un definido yo poético, como bizantina, culterana, preciosista, o simplemente “rebuscada”. En primer lugar, claro está, porque obliga, si se quiere entender algo, a recurrir al diccionario. Lo cual quiere decir –tal el sentido que tiene la objeción– que es antipopular. El último libro de Alejandro Cesario (1967), un poeta que cultiva ese denostado estilo (y a la enésima potencia), al que bien puede definirse, salvando las distancias, como “gongorismo” (barroco del siglo XVII derivado de la obra del poeta español Luis de Góngora), no tiene nada de antipopular. Eso sí, a condición de no confundir popular con masividad, o, dicho de otra manera, cualidad con cantidad, pueblo con masas. En cualquier caso, toda la obra poética del autor, en realidad explora, mediante la palabra, los sustratos más profundos y arcaicos de la cultura americana.
Por esto mismo, los arcaísmos, cultismos, regionalismos, neologismos, barbarismos, coloquialismos del léxico suntuoso de Cesario no son, por otra parte, mero ornamento sofisticado ni –en el extremo kitsch del barroquismo– un puro manierismo de volutas y efectos raros. En rigor, bajo todo punto de vista, dan forma y voz, contorno y horizonte, luces y sombras (estas, sobre todo), a un país rural imaginario, por decir así, que se desparrama por las zonas andinas, patagónicas, el norte argentino y la pampa. Entre ese arsenal de palabras viejas y olvidadas del español (o de empleo marginal) y ese Lebenswelt, ese “mundo de la vida” originario –anterior a toda representación racional– hay una correspondencia plena o casi plena. Y tanto que, sin ese código o dialecto inventado por Cesario, no existiría acceso alguno a ese mundo arcaico, no solo premoderno, sino como suspendido en una temporalidad sin historia, siempre igual a sí misma. De cierto modo, los poemas (breves episodios y situaciones) ensayan, a través de palabras fósiles y gauchescas, de entonaciones y sintaxis, la arqueología de una civilización pretérita y estragada.
Pero el mundo criollo de Cesario no es un lugar ficticio. Estrictamente, lo hace aparecer –fascinante juego– una técnica de la lengua muy perfeccionada y un saber histórico de ella, en síntesis, una poética del sentir más arcaico del pueblo. Como en las investigaciones de Rodolfo Kusch, aquí se manifiesta, por consiguiente, aunque por otros medios (no antropológicos ni filosóficos), la vivencia popular de lo sagrado. Si bien puede expresarse como plegaria o crismones (monogramas formados por las letras griegas X y P, que son las dos primeras del nombre de Cristo en griego), este sentimiento de lo divino se proyecta en la vida cotidiana, en utensilios y pájaros, en riachos o hierbas salvajes, en la muerte y la luz austral, o aún más, en la tersura del silencio.
La tersura del silencio
Autor: Alejandro Cesario
Género: poesía
Otras obras del autor: Esas miradas tristes; La última sombra; Una hilacha en lo real; El bruto muro de la casa propia
Editorial: De Todos los Mares, $ 18.000