artuc 2026

De la periferia al centro

Durante décadas, Tucumán exportó artistas mientras veía cómo el mercado, las instituciones y los grandes acontecimientos ocurrían en otra parte. La primera edición de ArTuc cambia esa lógica. Más de treinta galerías, cientos de artistas y miles de visitantes confluyeron en una feria que nació contra todos los pronósticos y terminó revelando algo más profundo: una escena cultural que nunca dejó de existir, aunque pocos la estuvieran mirando.

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

La helada de junio cae temprano sobre Yerba Buena. Los cerros que durante el día, y por prepotencia de la geología, parecen custodiar la ciudad, empiezan a desaparecer detrás de un cortinado brumoso mientras en la Sociedad Rural sucede algo que hasta hace poco pertenecía al territorio de los deseos. Los visitantes avanzan despacio entre pasillos alfombrados, las luces recortan pinturas, cerámicas y textiles, un grupo de estudiantes discute frente a una escultura y un coleccionista pregunta el precio de una obra que ya tiene otro dueño. Todavía falta para la inauguración oficial y, sin embargo, la feria ya empezó a vender.

No es un detalle menor. En una provincia acostumbrada a producir artistas extraordinarios, pero no compradores; a formar generaciones enteras que luego debían emigrar para encontrar galerías, museos o mercado, esa primera etiqueta roja pegada junto a una obra tiene el peso de una declaración. Algo está cambiando.

Durante décadas, Tucumán fue una paradoja. Pocas provincias argentinas pueden ostentar una tradición artística tan sólida y sofisticada. De sus talleres y de la Universidad Nacional de Tucumán salieron algunos de los nombres más importantes del arte contemporáneo argentino. Sin embargo, esa potencia convivía con un ecosistema endeble: pocas galerías, un museo histórico cerrado durante años, instituciones debilitadas y un mercado prácticamente inexistente. Los artistas crecían sabiendo que, tarde o temprano, había que mirar hacia Buenos Aires o hacia el exterior. ArTuc nace justamente para discutir esa sentencia.

La impulsaron Fredesvinda Denis y Juan Grande, dos gestores culturales convencidos de que la escena tucumana ya no podía seguir esperando que alguien más construyera el espacio que necesitaba. Lo hicieron casi a contramano de todo. Cuando el apoyo económico prometido por la provincia desapareció, decidieron continuar igual. Hubo que fabricar desde cero la estructura de los stands porque en Tucumán ni siquiera existía la infraestructura para montar una feria de estas características. Se redujeron presupuestos, se cobraron entradas y aparecieron patrocinadores privados. Lo importante era llegar.

Y llegaron. Más de treinta galerías de distintas provincias reunieron unas quinientas obras, mientras cientos de artistas ocuparon el espacio que por momentos parecía condensar toda la energía acumulada durante años. No había solemnidad. Había alivio.

En los pasillos se cruzaban maestros con alumnos, coleccionistas con estudiantes, artistas consagrados con quienes exponían por primera vez. Sandro Pereira caminaba la feria como quien observa una cosecha largamente esperada. Carlota Beltrame aparecía una y otra vez en las conversaciones, no solo por el homenaje que le dedicó la feria, sino porque buena parte de quienes hoy producen en Tucumán pasaron, de un modo u otro, por su enseñanza. La historia del arte tucumano siempre fue una historia de maestros. Quizá por eso la feria tiene algo de reunión familiar. Los nombres se repiten porque las genealogías también.

Hay algo más que distingue a ArTuc. A diferencia de otras ferias donde la homogeneidad termina imponiéndose, aquí el territorio se reformula una y otra vez. En las cerámicas que recuperan saberes ancestrales; en los textiles atravesados por la memoria; en la caña de azúcar convertida en pigmento; en las montañas que regresan como paisaje, como símbolo o como herida. Incluso cuando el lenguaje es completamente contemporáneo, el norte permanece ahí, respirando debajo de cada obra.

Las ventas acompañaron ese entusiasmo. Antes de abrir al público ya había piezas adquiridas. Durante el fin de semana las consultas se multiplicaron y una obra alcanzó los diez mil dólares. A su vez, los premios adquisición impulsados por universidades, colecciones privadas y empresas ayudaron a consolidar un mercado que apenas comienza a tomar forma. Pero reducir el éxito de ArTuc a sus resultados comerciales sería perder de vista lo esencial.

Lo verdaderamente valioso ocurre entre una conversación y otra. En el estudiante que descubre que puede imaginar un futuro sin abandonar la provincia. En el coleccionista que encuentra artistas que estaban fuera de su radar. En el galerista rosarino que entiende que el norte argentino no es una periferia sino uno de los centros más fértiles del arte contemporáneo nacional. 

Cuando cae la tarde, la feria empieza a vaciarse. Afuera esperan las empanadas de El Cardón, los sánguches de milanesa en Los Eléctricos, la Casa Histórica, los talleres dispersos por la ciudad y una escena que sigue creciendo lejos de los reflectores. Adentro quedan las luces encendidas posadas sobre obras que hasta hace poco carecían de este escenario.

Tal vez la mayor conquista de ArTuc no sea haber organizado una feria impecable en su primera edición. Tampoco haber vendido bien o convocar a miles de visitantes. Su verdadera conquista es otra. Durante mucho tiempo, Tucumán fue una provincia que producía artistas para que brillaran en otra parte. Por primera vez, el movimiento parece invertirse. Ahora son los demás quienes empiezan a viajar hasta aquí para entender por qué, desde hace décadas, uno de los corazones del arte argentino late entre estos cerros.