El ángel asesino
Después de dos días de viaje desde Normandía, Charlotte Corday llegó a París el 11 de julio de 1793. Se hospedó en un hotel y escribió dos cartas al mismo destinatario, que era Jean-Paul Marat, fundador del periódico radical L’Ami du peuple (El amigo del pueblo), líder de los montañeses, nombre que tuvieron por sentarse en las gradas más altas del recinto de la Asamblea Legislativa y de la Convención Nacional de Francia, y muy relacionado con la facción jacobina durante el reinado del Terror.
En ellas les pedía una audiencia para darle los nombres de los conspiradores, para que “tenga la bondad de recibirme y de concederme unos momentos para entrevistarnos. Le mostraré la posibilidad de prestar un gran servicio a Francia”, escribía en una; y “le he escrito esta mañana, Marat. ¿Ha recibido mi carta? No puedo creerlo, se me niega su puerta. Espero que mañana me conceda una entrevista. Se lo repito, vengo de Caen. Tengo que revelarle los secretos más importantes para el bienestar de la república. Además, se me persigue por causa de libertad. Soy desafortunada. Basta con lo que sea con tener el derecho a su patriotismo”, apuntaba en la otra.
Marat nunca le contestó estas cartas y por eso, el 13 de julio de ese mismo año, se presentó en el número 18 de la Rue des Cordeliers. Primero, la portera le impidió el paso, pero ella se la sacó de encima y subió por la escalera. Atendió la empleada de Marat, que no quiso dejarla pasar hasta que, desde el cuarto de baño, Marat gritó que se lo permitiera, al tiempo que firmaba su sentencia de muerte. La secuencia fue muy rápida, con la misma pluma que estaba escribiendo, mientras se daba ese último baño, anotó los nombres y prometió la muerte de todos. Con ello corroboró el odio de la muchacha hacia ese personaje sanguinario y, dispuesta a cumplir su misión, lo apuñaló.
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