CULTURA
meditadores honestos

El elogio de los intelectuales

En la era de la posverdad, donde lo contingente se impone como dogma y la disidencia se castiga con el escarnio, la figura del intelectual comprometido parece retroceder ante el avance de los relatos cómodos y los consensos artificiales. Sin embargo, es precisamente en este contexto donde su función ética se vuelve más urgente y más peligrosa. No todo saber convierte a alguien en intelectual, ni toda excelencia académica garantiza valentía moral. Ser intelectual implica algo más incómodo: observar críticamente el presente, reconocer sus contradicciones y denunciar aquello que se presenta como verdad incuestionable, aun cuando ello signifique quedar solo frente al ruido ensordecedor de las mayorías.

25_01_2026_albert_camus_karl_jaspers_cedoc_g
Fieles a la verdad. A la izq., Albert Camus (1913-1960). Arriba: Karl Jaspers (1883-1969). | cedoc

Hace ya más de una década, Richard Rorty había notado con lucidez que, en la órbita de la historia de las ideas, el siglo XX fue aquel punto de viraje que trastocó el concepto de verdad. La filosofía abandonó las preguntas esenciales y las certezas que daban sostén al cosmos. Motivo por el cual algunos pensadores se mofaron de los fundamentos anteriores. Ejemplo de esto fue el libro Márgenes de la filosofía, de Jacques Derrida, o La postura empírica, de Blas Van Fraassen, inspirados en Martin Heidegger y Ludwig Wittgenstein. La filosofía dejaba así de ser un faro general para cimentar valores morales, sociales y políticos y se sometía al imperialismo de la subjetividad. El papel del intelectual que aparecía ahora en escena se enfrentaba a un doble riesgo: o caía en la sofística militante a favor de intereses partidistas justificando los crímenes de los totalitarismos (Como Sartre con Stalin o Foucault con los ayatolás) o trataba de mirar la realidad de la manera lo más objetivamente posible, con conciencia clara, defendiendo por sobre todo la vida, corriendo junto con ello el peligro del cruel ostracismo.

Hoy, lo sabemos bien, vivimos en un orbe de relatividad en el que reina lo contingente, donde nos dicen que las manzanas son peras sin ningún lugar para la disidencia: como las narrativas creadas por algunas plataformas políticas, defensores de cuestiones de género o, incluso, en la toma de posiciones bélicas internacionales, las cuales construyen una mitología paralela a la realidad para justificar lo injustificable. Allí no importa la verdad, sino la presunta certeza edificada por el poder de las masas acríticas. Pero las manzanas no son peras por más que todos lo repitan. Y nunca lo serán. Y si alguien osa tan solo insinuar lo contrario se arriesga a ser condenado a beber de la cicuta de Sócrates, a morir en la cruz de Cristo o en la hoguera de Bruno. Por eso, hoy el intelectual sincero, que intenta ver su coyuntura epocal con lucidez, está en retroceso, mientras el terreno ha sido ganado por “influencers” que se sujetan a relatos existentes.

¿A qué llamamos un intelectual? Un intelectual no es solo un perito en algún tema particular, tampoco lo es alguien que ostenta abultados logros académicos. Traducir los jeroglíficos de las paredes de una tumba del Egipto faraónico o desentrañar el resultado de un problema matemático sin duda pueden resultar muy atrapantes, pero eso solo convierte al investigador en un experto, en un genio quizás, y de ninguna manera garantiza que se sienta capaz o con el valor de desnudar su tiempo. Saber sobre la obra de Nietzsche o de Kant, o de la geometría de Euclides, puede ser atrayente, pero si el estudioso no se abre a las realidades que atraviesan su época no puede llamársele intelectual. Un intelectual es el que está atento a las contradicciones de su dimensión presente. Corre, desde ya, un riesgo obvio de equivocarse. Pues aun así lo examina estando consciente de que deberá tal vez corregir sus propias aserciones. Y aquí la capacidad de la humildad no puede estar ajena al intelectual. Sartre fue cuestionado por negarse a redactar un panfleto maoísta porque estaba muy ocupado escribiendo su Flaubert. Sin embargo, precisamente por esa paradoja era un intelectual. El intelectual no puede prescindir de la expertise, de su especialización, no obstante eso lo reduzca a la soledad dentro de su “torre de marfil”; pero tampoco puede evitar el abrir las persianas de su encierro y observar críticamente el horizonte, cayendo en la necesidad de considerar las consecuencias éticas de las decisiones que atraviesan su tiempo. Un erudito que solamente se aísla discutiendo con hombres que han muerto o se sustrae en un cálculo infinito no es un intelectual. Un intelectual es aquel que, sin abandonar el diálogo con la historia y sus personajes, puede, a partir de ellos, comprender la situación actual, iluminar; de otro modo sería arrojado a una escritura de evasión.

Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Hoy más que nunca Suscribite

El intelectual no apoya lo que le es éticamente reprobable, ni aun cuando sea la corriente dominante, no se deja seducir ni acobardar por la lógica de las mayorías, sino que corre el velo de lo que honradamente considera inherente, aunque sea perseguido, aunque el mundo que lo rodea construya y sustente otros relatos igualmente vacíos. Karl Jaspers, a pesar de sus equívocos, intentó ser fiel a una verdad que en aquella Alemania partida de la posguerra todos querían callar. En 1960, durante una entrevista televisiva, se animó a exponer a los ciudadanos alemanes, aquellos que decían públicamente rechazar al nazismo –y en esto tenían razón–, pero era evidente que Hitler y su locura hubiesen sido imposibles sin el apoyo del mismo pueblo que mediáticamente se rasgaba las vestiduras. Esto le costó una catarata de críticas e insultos. Pero fue fiel a sí mismo, a un estado de autoconciencia que un intelectual comprometido con lo real no puede dejar de denunciar. Lo mismo le pasó a Albert Camus cuando, en El hombre rebelde, blanquea lo que todos sabían, pero que era políticamente incómodo expresar: que el aparato soviético era tan o más asesino que lo que fue el régimen nazi, empero, para muchos franceses apoyar al comunismo era “seguir a la moda” y no estaban dispuestos a cambiar.

No es novedad que la verdad se permuta adrede por la mentira, por la falsedad y por la simulación. Además, vemos que impera el goce, la subjetividad y la autopercepción sobre lo que es connatural. Hay discusiones que son innombrables. Se apoyan en la “posrealidad”. Muchos discursos falaces son a la vez intocables, y el intelectual, si se precia de tal, debe ver con lucidez y delatar. Las ideologías, cuando se cristalizan, son prisiones para el alma y no permiten cruzar la frontera de los muros de la mente para pensar con libertad, donde no todo es lo mismo aunque sea aceptado por las mayorías. Mayorías que no conceden el disenso bajo la amenaza del escarnio colectivo. Represión que un meditador honesto debe enfrentar con valor; de otro modo, si no denuncia y sabe, no solo se evade, sino que además es cómplice de la decadencia del mundo.