vigencia y legado

Umberto Eco, el hombre que leyó el futuro

A diez años de su muerte, Umberto Eco continúa siendo una referencia insoslayable para comprender la cultura contemporánea. Semiólogo, novelista, ensayista y observador implacable de su tiempo, derribó las fronteras entre la alta cultura y la cultura popular, convirtió sus teorías sobre los signos en literatura, anticipó los riesgos de las fake news, las conspiraciones y el resurgimiento de los autoritarismos, cultivó un profundo vínculo intelectual con la Argentina y dejó una obra que, entre Borges, El nombre de la rosa e Internet, sigue ofreciendo herramientas para leer de manera crítica el siglo XXI.

Foto: pablo temes

Este año se cumple una década desde que Umberto Eco abandonó su cuerpo. Nos quedan, afortunadamente, sus ensayos, novelas y columnas de opinión, que se nutren de una cultura cosmopolita.

En el análisis tradicional, suele distinguirse la cultura de elite de la popular. Por mucho tiempo, ambos ecosistemas de signos parecieron desvinculados y opuestos. Sin embargo, Umberto Eco, nacido en Alessandria (Piamonte) en 1932, demostró lo contrario al unir a los héroes del cómic con los mitos ancestrales. Logró fusionar la “cultura baja” y la “cultura alta” bajo un mismo análisis semiótico, tal como lo hizo en Apocalípticos e integrados (1964). Los “apocalípticos” son quienes se adhieren de forma exclusiva a los bienes culturales aristocráticos, mientras que los “integrados” son aquellos que celebran las formas del entretenimiento masivo sin mediación crítica.

Además, la vigorosa personalidad intelectual de Eco unió la semiótica, su tesis sobre la obra siempre abierta a nuevas interpretaciones, la narrativa novelesca y la historia y las conspiraciones. Un canal para sus columnas de opinión fue “La bustina de Minerva”, publicada en la última página de la revista de actualidad italiana L’Espresso, activa desde 1985 hasta el año de su muerte. Como observador de la realidad cultural contemporánea, Eco analizó con filo crítico el fenómeno de las redes en sus comienzos, la industria de las falsas noticias y el mal periodismo —temas centrales de su novela Número cero (2015)—, así como la alarmante actualidad de una disfrazada mentalidad fascista.

La recepción en Argentina. Eco aterrizó en la Argentina en cuatro ocasiones. A mediados de la década de 1960 (específicamente en 1967), llegó al país para visitar Córdoba, Rosario y Buenos Aires, invitado por el Instituto Di Tella y otras instituciones. En ese momento sobresalía su perfil como semiólogo. En ese contexto coincidió con Eliseo Verón, timón de una importante escuela latinoamericana de análisis semiológico de medios de comunicación y diseño.

Luego de la intensa difusión de sus novelas, regresó en 1994 con una saturada agenda de actividades; fue en este marco en el que se produjo su encuentro con el grupo humorístico musical Les Luthiers, del cual era un gran admirador. En 1998 subió al tercer avión que lo ubicó en suelo argentino. En esa oportunidad, su querida Universidad de Bolonia —la más antigua del mundo, fundada en 1088— inauguró en Buenos Aires su primera sede oficial fuera de Italia. No sería sino hasta su cuarta y última visita, en 2014, cuando recibiría el doctorado Honoris Causa por parte de la Universidad de Buenos Aires.

A Eco le fascinaba la noche de la “Reina del Plata”, con su desborde de música, librerías, cine y tango. En sus pasos por la ciudad, vio una película de la “Coca” Sarli, asistió a un concierto nocturno de Astor Piazzolla junto a la cantante Amelita Baltar y se apasionó al hurgar en las mesas de libros viejos de las librerías de la Avenida Corrientes.

En sus estadías de finales de los noventa, sus conferencias abordaron la cuestión de la globalización y la incipiente era digital. En ese entonces, las computadoras eran estáticas criaturas informáticas que solo se conectaban a Internet a través de las líneas telefónicas.

Los apocalípticos, según su terminología, sentenciaban que Internet, como la red de redes, clavaría un puñal sangriento y final en el volumen impreso de los libros. Sin embargo, Eco lanzó por la borda todo sensacionalismo: como el martillo, la cuchara o la tijera, el libro es un artefacto perfecto que no puede mejorarse y, por ende, no sería erradicado. Es verdad que las computadoras reemplazarían a los libros de consulta —como enciclopedias, diccionarios y manuales—, pero no desaparecería la experiencia más grata de la lectura en papel para los textos que exigen mayor concentración y tiempo de apreciación.

Con lucidez visionaria, en su conferencia de 1998 en Buenos Aires, Eco anunció que, más que la censura o la carencia de información, el escenario de Internet supondría la mezcla de datos falsos o “basura” con los verdaderos. El océano informativo fluía hacia las costas de las fake news. Ante la cascada incesante de novedades, se imponía una cultura alerta, capaz del filtro y de la elección entre lo real y lo que engaña. Por eso dictaminó: “La verdadera educación ya no consiste en dar más información, sino en enseñar a elegir”. Años más tarde Eco coronaría esta idea con una frase célebre que resonó en todo el mundo: «El drama de Internet es que ha promocionado al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad». En definitiva, un aviso sobre lo que él llamaba “la invasión de los idiotas”.

La presencia del autor de El péndulo de Foucault en nuestro país lo predisponía especialmente a aclarar su posición respecto a un nativo de la ciudad de Buenos Aires: Jorge Luis Borges. Su admiración por el escritor argentino era tan radiante como un espejo de puro cristal, una fascinación que comenzó cuando, a los veinte años, leyó los cuentos de Ficciones.

En su célebre novela El nombre de la rosa, y como es bien sabido, el bibliotecario ciego de la biblioteca laberíntica de una abadía medieval, Jorge de Burgos, está inspirado en el Borges también ciego y amante de los libros en los anaqueles, como los de la Biblioteca Nacional de la República Argentina, de la que fue director entre 1955 y 1973. Y Eco advirtió que, por ejemplo, los laberintos de textos conectados entre sí como en “La biblioteca de Babel”, el famoso cuento de Borges, o su obra con profusas conexiones, citas falsas y abundancia de conocimiento, se asemeja a lo que hoy conocemos como hipervínculos o enlaces en internet.

El nombre de la rosa compone el caso inédito de una primera novela que se propagó como un bestseller mundial. Una rareza que también vincula a Eco con la Argentina es que la primera edición en español de la novela no se gestó exclusivamente en España. Esto ocurrió gracias a la coedición entre la editorial española Lumen y la argentina Ediciones de la Flor (dirigida por Daniel Divinsky y Kuki Miler). Luego, tras la aparición de El péndulo de Foucault, en la Argentina se vendieron 5.000 ejemplares en apenas cuatro días.

La imaginación argentina volvió a atizar la admiración de Eco a través de Mafalda, la historieta de Quino. En 1969, el italiano había escrito el prefacio para la edición de la “heroína enfurecida” en su país, a quien comparó con Charlie Brown, otro personaje fundamental de la cultura popular de origen estadounidense. La negativa de Mafalda a tomar la sopa no era una pura anécdota, sino  símbolo de su no querer asimilarse a las dudosas verdades del mundo adulto.

El Tratado, las novelas y los ensayos. Luego de La estructura ausente (1968), la obra teórica maestra en semiología de Eco fue el Tratado de semiótica general (publicado originalmente en italiano en 1975). Aquí se unifican todas las teorías anteriores sobre los signos y la comunicación. La semiótica se adentra en todo lo que le permite a la mente humana realizar un acto de comunicación: desde una palabra o un semáforo hasta un cuadro o una película.

Los seres humanos crean signos que se organizan por códigos como un sistema de reglas. Un ejemplo clásico: ante el color rojo del semáforo, entendemos que significa “pare”. Además de inventar signos y sus reglas de uso, para comunicarse el ser humano produce palabras y metáforas, usa el cuerpo, hace dibujos e introduce silencios. Los signos, en el discurrir de la comunicación, también permiten mentir al simular, por ejemplo, una sonrisa falsa. Antes de Eco, las palabras, las pinturas y las costumbres se estudiaban por separado. En la propuesta del italiano, todo es parte de un gran y único proceso de comunicación.

Eco estudia las condiciones por las que el cerebro entiende algo como metáfora, tal como “los hilos de oro de su cabeza”. En el “mapa cultural” de la mente, esta expresión no alude a un elemento necesario para coser, sino que, mediante una combinación de posibilidades, el cerebro suprime el metal y selecciona el significado de un cabello dorado y radiante.

Asimismo, Eco diferencia el “estímulo” del signo. Un estímulo puede ser una corriente eléctrica; pero cuando una luz se activa bajo ciertas condiciones culturales, se transforma en un signo: una señal de alerta que avisa sobre medidas inmediatas a tomar. El signo, a diferencia del estímulo mecánico, necesita obligatoriamente de una mente que lo interprete. Esta teorización de Eco sobre la semiótica se trasladó de forma directa a sus propios procesos de creación de ficción.

El nombre de la rosa es el primer gran ejemplo en este sentido. Eco siempre aclaró que esta novela representa sus teorías semióticas convertidas en una historia de detectives que actúan como semiólogos. El monje Guillermo de Baskerville, junto con su novicio, el joven Adso, acuden a una abadía en el norte de Italia para resolver los crímenes de varios monjes. Para consumar esta labor policial, Baskerville interpreta “signos”, como una pisada en la nieve o una mancha de tinta en los dedos de un sospechoso. Al descifrar los mapas de signos de la abadía y el laberinto de textos de su biblioteca, el detective-semiólogo descubre el enigma que explica todos los asesinatos. Estos estaban relacionados con el ocultamiento del segundo libro perdido de la Poética de Aristóteles por parte del ciego clérigo Jorge de Burgos, quien temía que se divulgara la celebración aristotélica de la risa.

En la introducción de El nombre de la rosa, el narrador (que simula ser el propio Eco, siempre apasionado por la Edad Media) compra un libro del monje Adso en Praga (República Checa) en el año 1968, escrito en francés (una supuesta traducción hecha por un abad del siglo XVII llamado Vallet). En ese año se produce la invasión soviética a Praga y, en la huida, el narrador extravía ese libro.

Luego, en 1970, el narrador está en Buenos Aires, y en una librería de viejo de la Avenida Corrientes, halla una traducción al castellano de un librito de un autor llamado Milo Temesvar, con muchas citas del texto de Adso. Esto le hace estar seguro de que el manuscrito del monje medieval que había perdido en Praga era real. 

Entre la red de los ensayos de Eco sobresale Obra abierta (1962), las obras de arte no tienen un significado único, el público debe completarlas; El superhombre de masas (1975), la continuación de la ya mencionada Apocalípticos e integrados; Lector in fabula (1979), una novela busca un tipo de lector ideal, el Lector Modelo que acepta las reglas del juego del autor. Asimismo, la contraparte de Obra abierta es Los límites de la interpretación (1990), donde introduce su advertencia sobre la desmesura de la “sobreinterpretación” irracional. Para Eco, la obra carece de muros de clausura finales, pero eso no significa que el lector pueda extraer de ella todos los signos y significados que se le antojen. La pluma ensayística de Eco continuó sus trazos en Estrategia de la ilusión (1986), con escritos sobre las realidades artificiales que nacen de la televisión y la política, y en De la estupidez a la locura (2016), una publicación póstuma que recopila sus columnas periodísticas, pletóricas de ironía sobre la sociedad digital hiperveloz y sus redes sociales omnipresentes.

La gran conspiración. La afición del escritor del Piamonte por las conspiraciones que respiran en el cuello de la historia comienza en El péndulo de Foucault (1988). Aquí da rienda suelta a su parodia de las teorías del complot. Para divertirse, unos intelectuales italianos, cansados de revisar textos esotéricos, inventan un complot mundial secreto (el “Plan”) en el que participan templarios, rosacruces, masones y miembros de la Sociedad de Thule. Lo que imaginan es creído a rajatabla por lectores alucinados que no dudan de estar ante un milenario saber oculto, ahora develado, sobre los canales de una energía secreta superior. La novela es otro ejemplo del pensamiento semiótico de Eco en cuanto a la sobreinterpretación: demuestra lo ridículo de querer encontrar sentidos ocultos allí donde no los hay.

En El cementerio de Praga (2010), lo conspirativo regresa con el magnetismo de lo que se oculta entre los bastidores de la historia. Allí se aborda la creación de Los protocolos de los sabios de Sion, la supuesta conspiración judía para obtener el poder mundial, que fue un falso documento fraguado por la policía secreta rusa para avivar el antisemitismo. En la novela, Simone Simonini, un falsificador del siglo XIX, urde estos engaños junto a otros documentos fraudulentos que vende a los servicios secretos de varios países. Dentro de estas irreales conspiraciones, el relato le otorga gran importancia al “Fraude de Taxil”, pergeñado por el periodista y escritor francés Léo Taxil. Este personaje, luego de fingir su conversión al catolicismo, aseguraba en varios libros que los masones adoraban a un demonio con cabeza de cabra llamado Bafomet; una historia totalmente falsa que luego el propio Taxil reconoció públicamente como una “broma”.

Las otras novelas de Eco son La isla del día de antes (1994), que narra la historia de un noble del siglo XVII que naufraga frente a una isla misteriosa que reposa justo sobre la línea internacional de cambio de fecha; Baudolino (2000), sobre un campesino italiano del siglo XII adoptado por el emperador Federico Barbarroja que emprende un viaje en pos del mítico reino cristiano del Preste Juan; y La misteriosa llama de la Reina Loana (2004), la historia de Yambo, un vendedor de libros antiguos que no recuerda su propia vida, pero sí retiene todo lo que ha leído, lo que incluye una enorme cantidad de cómics de su infancia.

La insistente presencia del fascismo. El 25 de abril de 1995, en la Universidad de Columbia (Nueva York), Umberto Eco pronunció una fundamental conferencia sobre el fascismo y sus muchas caras. Este texto contribuye a un conocimiento preciso, sin distorsiones ni manipulaciones del término, para entender las características decisivas del Ur-Fascismo o “fascismo primordial”. Como afirma Eco, estas características no pueden quedar encuadradas en un solo sistema, ya que el fenómeno se presenta como un conjunto de elementos contradictorios y dispersos.

En dicha conferencia, Eco señala catorce características del fascismo arquetípico. La primera es el culto a la tradición, que se remite a una verdad primitiva y original. Como consecuencia —explica el autor—, ya no puede haber un avance del saber: la verdad ya ha sido anunciada de una vez por todas, y lo único que podemos hacer nosotros es seguir interpretando su oscuro mensaje. Es suficiente mirar la cartilla de cualquier movimiento fascista para encontrar a sus principales pensadores tradicionalistas.

El tradicionalismo en clave fascista es también un rechazo al mundo moderno, a su tecnología y a su razón. Así, “la Ilustración y la Edad de la Razón se ven como el principio de la depravación moderna. En este sentido, el Ur-Fascismo puede definirse esencialmente como un ´irracionalismo´”.

A su vez, la modernidad implica un pensamiento crítico, una actitud de toma de distancia y disensión; y de desacuerdo con viejas ideas, lo cual alienta el progreso del conocimiento científico; sin embargo, para el Ur-Fascismo, el desacuerdo es llanamente una traición.        El fascismo primordial se alimenta también de la frustración por las crisis económicas, y en la psicología que lo rige está siempre presente la obsesión por el complot, preferentemente internacional. Estas y otras características cimientan una narrativa de comprensión y crítica de las mentalidades autoritarias.

Legado de un pensador narrador. El legado de Eco nos hereda sus advertencias sobre Internet como ecosistema horizontal en el que “el tonto del pueblo tiene el mismo estatus que un Premio Nobel”. Nos deja la imagen de un académico que, lejos de la torre de marfil, practicó un pensamiento transversal. Su mayor logro fue unir saberes diversos dentro de un mismo proceso de análisis de los signos, sin importar si provenían de la cultura de elite o de la popular.

Fue, en esencia, un intelectual creador capaz de convertir su propio marco teórico en literatura pura, siguiendo el camino de un pensamiento literario tal como antes lo habían hecho Friedrich Nietzsche o Jean-Paul Sartre.

Umberto Eco fue aquel que siempre, en el bosque del tiempo, eligió el sendero del librepensador. Aquel que prefirió mantenerse fuera del poder como mecanismo de control para conservar las manos limpias a la hora de criticar las mutaciones del fascismo, los autoritarismos y los naufragios de la verdad en un reino digital en el que lo falso crece, incansable, como un desierto dentro de las pantallas.