En febrero, las palabras de Daniel Santoro en redes sobre la edición 2026 de la Biennale de Venecia: “En un mundo que convulsiona, la bienal nos pide ‘bajar los hombros, abrir los puños y entregarse a tonos menores’, una propuesta curatorial que convierte toda acción artística en cómplice de la última y peor canallada que el sistema del arte podría soportar. Son oportunistas que usan la empatía étnica asimilada o los justos reclamos ecológicos para una bienal que nos pide, sin vergüenza rehuir el combate simbólico”, tuvieron un efecto doble: me sorprendí y al mismo tiempo pensé que era algo esperable. Que un convite de ese tipo caiga por la pendiente de la inocuidad o la hipocresía es tristemente lógico. Lo sorprendente, en todo caso, es la aparición de reacciones críticas funcionando a veces como aviso y a veces como sentencia de muerte. En este caso en particular, las palabras elegidas para auto promocionarse: “La Biennale de Venecia trabaja de forma concreta para alcanzar el objetivo crucial de combatir el cambio climático, promoviendo un modelo más sostenible para el diseño, la instalación y la operación de todos sus eventos”; o “Entre las medidas adoptadas se encuentran el uso de energías renovables; la reducción y el reciclaje de materiales; la reutilización de las estructuras de las exposiciones; la promoción de opciones vegetarianas y productos locales”; o “darle más lugar a África” contrastan con el patrocinio de multinacionales y, sobre todo, con lo que señalaba Santoro sobre subordinar lo artístico a intereses que forman parte de otro plano. En mayo tuve un pantallazo de la situación en vivo y en directo.
Invariablemente provistos de una empleada abúlica haciendo de anfitriona y seguridad, algunos pabellones parecen decorados de clubes bailables o talleres clandestinos vacíos. También hay olvidables obras desparramadas al aire libre, aunque una montaña de remeras negras viejas tratando de significar algo bajo la lluvia me exasperó particularmente y logró que la recuerde. En definitiva, un fiasco puro y duro. Entre los invitados internacionales está Laurie Anderson. Su instalación se presenta como algo que “no busca dar conclusiones, sino reflejar la inestabilidad de la vida contemporánea mediante pensamientos crudos y múltiples historias”. Le procuraron un espacio favorito del Arsenal –cuya construcción comenzó en el medievo y se fue aggiornando en los siglos posteriores– porque, como acá, los italianos aman a las celebridades yanquis. A diferencia de críticos como Benjamin Moser, quien celebró la banda sonora “sin leitmotif, crescendo, o grandes líneas”, no la disfruté, más bien me sentí oprimida. El fondo negro intervenido con blanco me hizo pensar en las radiografías y algunos ruidos en las resonancias magnéticas. Quizás Laurie haya sido guiada por un espíritu subversivo, opuesto al que Santoro vituperó. Si con un clima que remite a la enfermedad quiso hablar del estado terminal de la Biennale desde adentro, jugarla de topo para anticiparse a la muerte, más allá de mi disfrute que poco importa, es una genia.