Cultura Popular

El Lobizón: la leyenda del séptimo hijo varón y el padrinazgo presidencial en la Argentina

El mito del Lobizón combina superstición rural con una tradición estatal singular. El padrinazgo presidencial del séptimo hijo varón sigue vigente y enlaza folclore, historia y política en una práctica única.

Cultura Popular Foto: IA

El Lobizón es una de las leyendas más conocidas del folclore argentino. Su relato se centra en el séptimo hijo varón de una familia, condenado a transformarse en una criatura nocturna.

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La tradición sostiene que el Lobizón adopta forma de perro negro, grande y salvaje. Deambula por caminos rurales durante las noches de luna llena y se alimenta de animales muertos.

El origen del mito se remonta a creencias europeas, especialmente de Europa del Este, traídas por inmigrantes que se asentaron en zonas rurales del país durante el siglo XIX.

En la versión local, el séptimo hijo varón heredaba una maldición inevitable. El temor era tan fuerte que algunas familias ocultaban nacimientos o separaban a los niños del hogar.

Durante décadas, la superstición tuvo consecuencias reales. En comunidades rurales, los niños señalados eran marginados y crecían bajo el estigma de una transformación inevitable.

La leyenda también indicaba formas de protección. Bautizar al niño, imponerle un nombre específico o convertirlo en ahijado de una figura poderosa eran rituales habituales.

El padrinazgo presidencial y la leyenda del Lobizón

A comienzos del siglo XX, el Estado argentino incorporó una respuesta institucional al mito. Se estableció el padrinazgo presidencial para el séptimo hijo varón.

Esta tradición convirtió al presidente de la Nación en padrino simbólico del niño, otorgándole una medalla, un certificado oficial y, con el tiempo, una beca de estudio.

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La medida buscó desalentar el miedo y evitar prácticas violentas asociadas a la superstición. El reconocimiento estatal funcionó como protección social y simbólica.

El padrinazgo se mantiene hasta hoy y también se extendió al caso de la séptima hija mujer, asociada en el folclore a la figura de la bruja o “séptima”.

Lejos de eliminar la leyenda, la política pública la resignificó. El Lobizón pasó de ser una amenaza temida a un símbolo cultural integrado a la identidad nacional.

En el ámbito rural, el mito sigue transmitiéndose oralmente. Fogones, relatos familiares y cuentos nocturnos mantienen viva la figura del hombre-lobo criollo.

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El Lobizón argentino se diferencia de otras versiones internacionales. No es un aristócrata ni un maldito urbano, sino un peón del campo marcado por su nacimiento.

Antropólogos señalan que la leyenda expresa miedos colectivos ligados a la herencia, la marginalidad y lo desconocido, en sociedades con fuerte peso de la tradición.

La convivencia entre mito y norma estatal convirtió al Lobizón en un caso singular. Pocas leyendas derivaron en una política pública sostenida en el tiempo.

Hoy, el Lobizón forma parte del patrimonio cultural inmaterial argentino, donde superstición, historia social y Estado se cruzan en una narrativa única.

La leyenda persiste sin el terror original, pero conserva su fuerza simbólica como uno de los relatos más representativos del folclore nacional.

LV / EM