Fuera de cuadro

Instrucciones para morir en una escalera

Beckmann. La noche (1918/1919). Foto: Cedoc

El 27 de diciembre de 1950, Max Beckmann no pudo llegar a la inauguración de su muestra en el Museo Metropolitano de Arte Nueva York: en la esquina de la calle 61 y Central Park cayó muerto. La larga escalinata del Met y el corazón débil del pintor que había nacido en Leipzig en 1884 y había servido como médico en la Primera Guerra Mundial impidieron que viera, entre otras, su obra “Hombre cayendo al vacío”. 

   Esta era una de las catorce que pintó mientras estuvo en esa ciudad, entre 1948 y su muerte. Lo que pasó es que Beckmann sufrió mucho. La crisis nerviosa que lo hizo volver del frente en la Primera Guerra donde se desempeñaba como médico, la persecución de los nazis tanto a él como a sus cuadros que formaron parte de la lista de Arte degenerado y el exilio a los Estados Unidos fueron mojones de su triste derrotero creativo. Casi un lugar común de muchos artistas e intelectuales de comienzos del siglo pasado. 

   Esta explicación biográfica tiene su contraparte artística: ese coloso de pies gigantes, que está en su pintura, despeñándose de los edificios de una civilización en llamas es análogo a la concepción que tuvo del mundo. Malvado y cruel; al que se negó a idealizar y menos a embellecer. Al contrario, su busca figurativa y expresiva, –formó parte del grupo conocido como la Berliner Secession, agrupación que reacciona contra el conservadurismo de la Asociación de Artistas de Berlín–, combinó las formas de la naturaleza, que aprendía de memoria ya que nunca pintaba al aire libre, con el trazo negro que parece tachar y reforzar que nada de lo humano le es ajeno, pero tampoco agradable.