Perfil
CóRDOBA
ÉRASE UNA VEZ...

“Recuerda quién sos”: el mensaje de El Rey León que nos recuerda quiénes somos detrás del miedo

A veces aprendemos a vivir desde nuestras heridas, miedos e inseguridades hasta confundir esas formas de protegernos con nuestra verdadera identidad. Una reflexión sobre el momento en que dejamos de sobrevivir y volvemos a escuchar ese “rugido” que siempre estuvo dentro nuestro.

“Recuerda quién sos”: el mensaje de El Rey León que nos recuerda quiénes somos detrás del miedo
“Recuerda quién sos”: el mensaje de El Rey León que nos recuerda quiénes somos detrás del miedo | CEDOC

Hay una escena de Disney que está entre mis top five. Es una escena de El Rey León. El pequeño Simba está solo. Su padre ha muerto. Y Simba carga con algo mucho más pesado que la muerte: la culpa. Para borrar todo eso, intenta escapar de aquello que le duele. De su historia. De su responsabilidad. De quien había sido. Y encuentra una manera de hacerlo: Hakuna Matata. No pensar. No mirar atrás. No hacerse preguntas. Vivir el día. Distraerse.

Y, en algún sentido, funciona. Porque a veces distraernos funciona. Podemos pasar horas haciendo scroll en Instagram, mirando videos, trabajando, comiendo, saliendo, llenándonos de estímulos, ocupándonos de cualquier cosa que nos permita no quedarnos demasiado tiempo a solas con determinadas preguntas.

A veces me pregunto qué significa realmente ser rico

Y no hay nada malo en eso. El problema aparece cuando la distracción deja de ser un descanso y se convierte en una forma de olvidarnos de nosotros mismos. Hasta que, en medio de todo ese viaje, Simba escucha la voz de su padre. Y le dice una frase épica: “Remember who you are.” Recordá quién sos.

Y creo que a todos nos pasa. Que, en algún momento, nos olvidamos de quién somos. Nos olvidamos de esa parte nuestra que existe más allá de nuestras heridas, nuestros miedos y nuestras historias. Y entonces empezamos a vivir desde una versión mucho más pequeña de nosotros mismos. ¿Por qué? ¿Cómo empezó?

La persona que aprendimos a ser

Hay una parte de nosotros que conocemos muy bien. Es la que recuerda lo que nos hicieron. La que conoce nuestros miedos, nuestras inseguridades y nuestras decepciones. La que aprendió, quizás desde muy temprano, que había que cuidarse, defenderse, estar atento, no confiar demasiado, no mostrar demasiado, no ser vulnerable, no pedir.

Esa parte tiene una historia. Y no deberíamos despreciarla. Porque muchas de las cosas que hoy hacemos tuvieron, alguna vez, una razón. Fueron formas de protegernos, de adaptarnos, de atravesar situaciones que, en aquel momento, no sabíamos de qué otra manera atravesar.

El problema comienza cuando la persona que fuimos para sobrevivir empieza a convertirse en la persona que creemos que somos. Cuando confundimos nuestra estrategia con nuestra identidad.

Entonces ya no reaccionamos solamente ante lo que está pasando. Reaccionamos también ante todo aquello que alguna vez pasó. Una palabra puede sentirse como una amenaza. Una distancia puede sentirse como rechazo. Una discusión puede convertirse rápidamente en una batalla.

Y ahí empezamos a querer tener todo bajo control. A veces atacamos antes de sentirnos atacados. Necesitamos tener razón. Necesitamos demostrar. Y ese pequeño yo necesita permanentemente que el afuera le confirme algo: que vale, que importa, que es querido, que está seguro.

Y es agotador. Porque cuando vivimos desde la parte herida, la vida puede convertirse en una búsqueda permanente de aquello que creemos que nos falta.

Y mientras tanto, el cuerpo también vive esa historia. El estrés sube. El cortisol aparece. La amígdala está trabajando horas extra, buscando peligros incluso cuando quizás ya no los haya. Vivimos reaccionando a un mundo que muchas veces ya cambió. Pero quizás haya algo que todavía no vimos.

Lo que nunca se rompió

Junto a esa parte nuestra que se fragmentó, existe otra que nunca se rompió. Me hace pensar en aquella frase del Diego: “La pelota no se mancha.”

Hay algo que no se mancha. Algo que las experiencias no pudieron destruir. Una parte de nosotros que no depende de la aprobación de nadie. Que no necesita demostrar su valor. Que no necesita que alguien pierda para sentirse fuerte. Que puede amar sin exigir que el otro llene todos sus vacíos.

Esto no te pasó a vos, nos pasó a los dos

Esa parte existe. Pero suele vivir en silencio. Y por eso vivimos como pequeñas ovejas que siguen al rebaño, sin darnos cuenta de que somos tigres. Porque el pequeño yo hace mucho ruido. Y de tanto escucharlo, podemos llegar a creer que esa voz somos nosotros.

Podemos pasar años viviendo así. Hasta convencernos de que eso es simplemente la vida. Hasta convencernos de que esto soy yo. Y ahí es donde me aparece una historia. Una historia sobre un tigre.

El tigre que creía ser oveja

Cuentan que una tigresa, después de dar a luz, murió. Su cachorro quedó solo. No sabemos cuánto tiempo pasó. Pero un día, una manada de ovejas encontró al pequeño y se lo llevó. El cachorro creció entre ellas. Y esto es importante: no sabía que era un tigre. Para él, las ovejas eran su familia. Eran su mundo.

Así que hizo lo que hacemos todos cuando queremos pertenecer. Aprendió. Aprendió a caminar como ellas, a comer como ellas, a moverse como ellas. Cuando las ovejas corrían, él corría. Cuando tenían miedo, él tenía miedo. Cuando aparecía un peligro, buscaba refugio detrás de las demás.

Y así fueron pasando los años. Hasta que un día dejó de ser un cachorro. Se convirtió en un animal enorme. Un tigre. Pero él no lo sabía. Había nacido tigre. Había crecido entre ovejas. Y había aprendido a vivir como una de ellas. Hasta que un día apareció un tigre adulto.

Las ovejas lo vieron y salieron corriendo. El pequeño tigre corrió con ellas. El tigre adulto se quedó quieto. Lo miró. Y no podía entender lo que estaba viendo. Había un tigre enorme corriendo desesperadamente detrás de un grupo de ovejas.

Se acercó. El pequeño estaba aterrorizado. Intentó escapar. Pero el tigre adulto lo agarró y se lo llevó. El pequeño se resistía. No entendía qué quería ese animal. Hasta que llegaron a un lago. El tigre adulto lo puso frente al agua.

—Mirá.

El joven tigre miró. Y ahí estaba su reflejo. Pero no vio un tigre. Vio lo que había aprendido a ver durante toda su vida. Una oveja. El tigre adulto volvió a mirarlo.

—Mirá bien.

El pequeño volvió a mirar. Nada. Seguía viendo una oveja. Entonces el tigre adulto le dijo:

—Sos un tigre.

El pequeño respondió:

—Meeee.

El adulto volvió a rugir.

—Sos un tigre.

Y el pequeño lo intentó otra vez.

—Meeee.

Una vez. Otra vez. No podía. Había pasado demasiado tiempo escuchando el sonido de las ovejas. Entonces el tigre adulto rugió. Más fuerte. El pequeño se quedó mirándolo. Y pasó algo. No sé cómo explicarlo. Pero quizás haya cosas que no aprendemos. Cosas que simplemente están. Abrió la boca. Y salió un sonido diferente.

La historia del granjero y la roca: no confundas tu misión

Al principio fue apenas un sonido. Extraño. Débil. Como si él mismo no supiera de dónde había salido. Pero volvió a intentarlo. Y otra vez. Hasta que finalmente salió. Un rugido. Y volvió a rugir. Cada vez más fuerte.

Hasta que el bosque escuchó la voz de un tigre que había pasado toda su vida creyendo que era una oveja. Y lo más impresionante de esta historia es que ese día no se convirtió en tigre. No aprendió a serlo. No se transformó en otra cosa. Descubrió que siempre lo había sido.

Recordar quiénes somos

Quizás nosotros también llevemos dentro un rugido que hace mucho tiempo quedó en silencio. Quizás hayamos aprendido a vivir desde una versión pequeña de nosotros mismos. Y de tanto escucharla, pensamos que esa voz somos nosotros. Pero quizás no. Quizás sea solamente la voz de una parte nuestra que aprendió a sobrevivir.Y hay una diferencia enorme entre decir:

“Esto soy.”

y decir:

“Esto aprendí a hacer para sobrevivir.”

Porque si lo aprendiste, quizás también puedas aprender otra manera. Podemos tener miedo sin ser el miedo. Podemos haber aprendido a desconfiar sin estar condenados a desconfiar. Podemos haber sido heridos sin convertirnos en nuestra herida. Y podemos haber vivido como ovejas sin dejar de ser tigres.

Crecer es tener la capacidad de reconocer las capas que fuimos construyendo para protegernos. Y entender que debajo de todo eso sigue habiendo algo. Algo que estaba ahí antes de la herida. Antes del miedo. Antes de la necesidad de demostrar. Antes de aprender a escondernos.

Quizás por eso la frase de Simba sea mucho más profunda de lo que parece. Porque su padre no le está pidiendo que haga algo. Le está pidiendo que recuerde.

“Remember who you are.”

Recordá quién sos.

Porque quizás no necesites convertirte en alguien más fuerte. Quizás necesites recordar la fuerza que ya estaba en vos. Quizás no necesites buscar afuera quién puede completarte. Quizás necesites volver a esa parte tuya que nunca estuvo incompleta.

Quizás no necesites encontrar un nuevo camino. Quizás necesites dejar de caminar por un camino que nunca fue realmente tuyo. Y quizás, después de tantos años viviendo como ovejas, no necesitemos que aparezca un tigre para llevarnos hasta el lago. Quizás podamos hacerlo nosotros.

La fuerza interior que descubrimos cuando la vida nos pone a prueba

Pararnos frente al espejo. Mirarnos de verdad. Sin la historia. Sin las etiquetas. Sin todo aquello que aprendimos a creer sobre nosotros mismos. Y quedarnos ahí unos segundos. En silencio. Hasta escuchar, muy adentro, algo que quizás hace mucho tiempo no escuchamos. Nuestro propio rugido.

Así que hoy no quiero dejarte una fórmula. Ni un consejo. Ni siquiera una pregunta. Solo quiero invitarte a algo. La próxima vez que te encuentres actuando desde ese pequeño yo que tiene miedo, que necesita defenderse, que necesita demostrar, que necesita que alguien de afuera le diga quién es…

Pará un segundo. Mirate y escuchá. Porque quizás, detrás de todo ese ruido, todavía esté ahí. Ese rugido que quedó en silencio. Y hoy me despido invitándote solamente a recordar una cosa:

“Remember who you are.”

Buen fin de semana.

Que tengas un hermoso fin de semana.

(*) Rafael Jashes - Rabino​