feria del libro infantil

La imaginación también en disputa

Las vacaciones de invierno vuelven a poner a la literatura infantil en el centro de la escena con una nueva edición de la Feria del Libro Infantil, que desarrollará del 11 de julio al 2 de agosto en su sede histórica: el Centro de Convenciones de Buenos Aires. Mientras el sector exhibe una vitalidad creativa inédita –con editoriales independientes, libros-álbum premiados y una no ficción en plena expansión–, libreros, editores y autores advierten sobre la caída de las ventas, el retroceso de las compras estatales y una transformación más profunda: la tensión entre una literatura que invita a imaginar y otra cada vez más orientada a ofrecer respuestas, educar emociones y tranquilizar a los adultos.

Foto: kane

Las vacaciones de invierno y la Feria del Libro Infantil, se sabe, son una. Y será Isol, hasta el momento, la única autora argentina ganadora (merecidamente) del premio Astrid Lindgren, en el 2013, la encargada de inaugurarla.  

Este año, los libros infantiles se separan de los juveniles y volverán a su lugar histórico, el Centro de Convenciones porque, según el presidente de la Fundación El Libro, Christian Rainone, “son dos catálogos que crecieron muy fuerte en los últimos años, por lo que pensamos que cada uno merece tener un espacio diferente. Y otro de los motivos es que el público juvenil tiene una dinámica diferente que el infantil, por lo que tenemos que tener distintas estrategias de comunicación”. Por el momento, los jóvenes tendrán que esperar para su propia feria que calcula, “será más corta y estimamos que se hará en noviembre”.

Un crecimiento desigual y contradictorio, que en el caso de los libros para los más pequeños se ve reflejado en las múltiples estrategias que las editoriales y las librerías desarrollan para lograr sostener unas ventas que, según algunos de sus responsables, vienen bajando de la mano de la brutal caída del poder adquisitivo.

Los números que muestra el informe de la CAL del año pasado reflejan de alguna manera esta contradicción. Mientras registra un incremento en la cantidad de nuevos títulos en este rubro que lo llevó a liderar las publicaciones con el 17%, superando a la ficción y el ensayo, la caída del total de ejemplares, sostiene, se debe, en gran parte, a la drástica reducción de las compras por parte del Estado, que pasaron del 29% al 5%. Y estamos hablando del año pasado. El que transitamos no pareciera ir mejor.

Por lo menos, así lo cuentan quienes están en el último eslabón de la cadena: las librerías. “Muy difícil –sostiene Romina, librera de oficio y auténtica mediadora de lectura de “Casa Gerbera”, del barrio de Boedo, que pertenece a la primera editorial del país que publica libros con tipografía para disléxicos y en braille–. Pareciera que la gente se gastó todo en la feria del libro. Sólo en fechas como el día del niño, navidad y reyes, el resto del año viene muy flojo.” Como las otras librerías infantiles de la ciudad convertidas en pequeños centros culturales, ofrece un espacio de juego, escenográfico, donde las actividades se sostienen todo el año y de ese modo, poder campear el temporal. Algo que las propias editoriales vienen haciendo, al ofrecer, junto con los libros, peluches y muñecos del protagonista, stickers, hojas para colorear, juegos de cartas o colecciones de libros ya probados en ediciones de lujo. “Parece que el libro solo es poco”, se sorprende Celia, de “El gato escaldado”, una pequeña y sofisticada librería de barrio que le dedica un espacio importante a los libros infantiles.

Como su par de Gerbera, reconoce que los libros para bebés y hasta los cuatro años se venden bien y supone que hay una idea de inversión a largo plazo que está funcionando –y del hijo como heredero, hoy, casi único, de la mano de la caída de la natalidad, agregaríamos–. Junto a este segmento están los clásicos, los que “se venden solos”, como María Elena Walsh, Mafalda, El principito, Harry Potter, Narnia, Alicia… o, de la mano de Netflix, la saga de Anne…, de Lucy Montgomery, “puerta de entrada a la lectura adulta”, coinciden.

La coyuntura, nunca ajena a los vaivenes del mercado, puso en primer plano dos libros sobre la última dictadura con muy buena repercusión entre los lectores: Avisale a mi mamá, de Mónica Zwaig, publicado por Siglo XXI junto al CELS y La última dictadura, de Marina Franco con las ilustraciones cubistas a dos colores de Pablo Lobato. Un libro de gran formato de la editorial especializada en los primeros años, Pequeño editor, que se desmarcó de su catálogo y ganó el gran premio de los destacados de ALIJA del 2025. Y por supuesto, el fútbol y Messi, nuestra figura estelar, que concentran gran parte de la producción de este invierno.

Dentro del panorama de las cerca de cuarenta editoriales argentinas que publican libros para chicos y jóvenes, la novedad parece ser la no ficción, que los dos títulos anteriores atestiguan y a la que la editorial Siglo XXI le abrió las puertas, con la colección “Siglo para chicos” donde conviven Eduardo Galeano con la formación política y ciudadana, conjugando infancia y política. Junto al Fondo de Cultura Económica, aparecen como dos importantes jugadores en esta franja etaria dispuestos a ocupar el lugar que los dos grandes grupos concentrados, Random House y Planeta han dejado vacante.

Y el conocimiento, objeto de interés absoluto en ese momento de la vida en que los dinosaurios, las estrellas, la mitología o lo insectos convierten a los pequeños en grandes especialistas, desplegado en enciclopedias, cada vez más atractivas, junto con libros como los de la editorial Iamiqué, pionera en el arte de estimular el deseo de explorar e investigar, haciendo de las matemáticas, la filosofía o las transformaciones del cuerpo humano una experiencia desafiante.

Del lado de los libros ilustrados, los premios internacionales se multiplican. Libros-álbum, libros-túnel, con texto o silentes, de editoriales como Limonero, Pequeño editor, Niño editor, Calibroscopio, Pípala, Del naranjo o Arte a babor, son apenas una muestra de hasta dónde es capaz de llegar un oficio que conjuga experimentación en las artes plásticas con ideas no siempre a tono con el espíritu de época, en un arte que es colectivo y que imagina a su lector como “aquel que pueda leer entre líneas, sorprenderse”, como señala Judith Wilhelm, editora de Calibroscopio. “Yo creo que los que trabajamos en libros-álbum de calidad pensamos más bien en un lector que no quiere que le demos todo servido. No estamos pensando en, no sé, libros de emociones o de valores, sino que las cosas sucedan en la trama. El libro que acabamos de publicar, por ejemplo, Capital, habla del capitalismo sin una sola palabra, todo en imágenes”. 

En cuanto al estado actual de la literatura infantil, lo grafica con una anécdota personal: “Recuerdo un libro que cayó un poco en desgracia por el tema de que no es el mejor momento para los cuentos tradicionales, hay mucho detractor, que es Las doce princesas bailarinas, uno de los cuentos de Grimm donde las doce princesas se van a dormir todas las noches y al día siguiente, cada vez que abre la puerta su padre, el Rey, las encuentra agotadas porque se fueron a bailar toda la noche y era pero, ¿por dónde salen? Entonces nos parecía que toda esa magia merecía una buena edición y la verdad que es un libro bellísimo, que funcionó muy bien hasta un momento”. 

Natalia Méndez, autora, editora y formadora de editores, que encontró en ALIJA (una institución fundamental en el ecosistema del libro infantil cuyos premios ponen en valor el trabajo de autores y editores y selecciona a quienes competirán por el premio Hans Christian Andersen) un espacio donde la literatura para chicos era algo que se tomaba muy en serio y eligió quedarse en él para siempre. La escritura vino después, junto con la fundación de la editorial de libros artesanales Dábale arroz, donde da rienda suelta a sus fanzines, poesías visuales, collages y muñecos de plastilina.

Encuentra grandes diferencias entre los libros que leía de chica y los que se producen hoy. “Primero, hay una variedad y una cantidad de propuestas enorme y una circulación mucho más amplia. Hay también más permisos para libros inclasificables, sobre todo desde el mundo de la no ficción, o desde la divulgación. Cuando nosotras éramos chicas, era la enciclopedia de los animales, y eso era todo”. Pero reconoce que las demandas del mercado o lo utilitario del reclamo de la escuela van en otra dirección de lo que los autores pueden producir. “Todo lo que circula en la escuela suele ser bastante más como controlado y eso se ve en los libros que se producen. Mientras que en los 80, circulaban unas novelas increíbles, pienso en autores como Roald Dahl, con esas escenas de tortura de niños, o Christine Nöstlinger que no sé si hoy podrían publicar y circular de la misma forma si no fueran ya consagrados”. 

Pero no está segura de que el mensaje atente necesariamente contra la calidad literaria. “Que un libro abra una conversación, deje pensando cosas alrededor de algo, me parece muy valioso. Lo que no está bueno es cuando te dicen cómo tenés que pensar. Entiendo igual que es una línea muy difícil a veces de trazar. Creo que es una discusión que viene de la historia de la literatura, la tensión entre dar información, entretenerte y contarte una historia. Entonces, obviamente en los libros infantiles se percibe mucho más, pero a los lectores a veces les sirve encontrarse en un libro, buscar respuestas, quedarte pensando con un libro”.

Lejos, muy lejos quedó la época en la que Astrid Lindgren inventaba, para entretener a su hija convaleciente, el personaje anarquista de Pippi mediaslargas, una nena de nueve años que vive sin adultos, en libertad absoluta, en compañía de sus animales y de un cofre repleto de monedas de oro que, como la cornucopia, no se vacía nunca. Un relato verdaderamente transgresor, donde no hay vuelta a la civilización o a la normalización de una familia, impensable para una sociedad que le reclama a la literatura tips para lidiar con la ansiedad infantil más cerca del manual de autoayuda para progenitores que del imaginario del propio infans al que los cuentos de hadas le hablan desde hace siglos. Con títulos como Mi primer emocionómetro, Emocionario o Mis emociones la literatura infantil parece querer satisfacer las demandas de tantos desorientados “mapapis”. 

Pero los monstruos de colores, tan tranquilizadores para los adultos, no les permiten a los pequeños lectores explorar la rebeldía, la mentira, la necesaria transgresión que les enseña a poder elegir. Por lo que parece, la finalidad de controlar la fantasía infantil nunca desapareció, aun cuando se hable de sexualidades diversas.

 

Gauchesca, freestyle y rap

Gustavo Bombini es un especialista de larga trayectoria en la enseñanza de la literatura infantil y juvenil, investigador y docente de la UBA y la UNSAM que, además de publicar una numerosa bibliografía sobre el tema de su especialidad, fue coordinador del Plan Nacional de Lectura del Ministerio de Educación hasta el año 2007.

Considera que para convertir a los chicos en buenos lectores lo que debe tener un libro es experimentación, juego literario y sobre todo, respeto por la inteligencia del interlocutor.

Si cada época supone una concepción de la infancia que la literatura infantil expresa, hoy encuentra grandes diferencias respecto de lo que se producía antes de la “edad dorada” de la primavera democrática, cuando aparecieron Un monstruo en el bolsillo de Graciela Montes, que discute la idea tradicional de familia y varios años después, El globo, de Isol, cuya protagonista es una nena a la que su madre gritona y desbordada no le gusta nada y prefiere a la madre de su amiga. Cosas impensables para un género que consideraba al lector un educando, futuro ciudadano, ejemplo de vida.

—Frente a las demandas de los padres por chicos ansiosos, frustrados, dispersos, adictos a las pantallas y la vida online ¿está cada vez más ñoña la literatura infantil? 

—La ñoñez siempre estuvo presente en la historia del género infantil. Maite Alvarado decía que la literatura infantil era un género mediado hasta el escándalo, incluso hasta la sobrevaloración del ser lector, una demanda de los padres y de la sociedad que le quita a la lectura lo que tiene de desafío, de apropiación. Pienso que frente a los discursos apocalípticos, negativos, de la falta de atención y demás, yo le pido a los mediadores de lectura más convicción en la tarea, que transmitan su interés, su pasión. La vieja escuela del siglo XIX, pública y masiva, que es el lugar de ingreso a la cultura letrada y por lo tanto, a la literatura, es, en este sentido, más importante que la familia a la hora de introducirlos en la lectura y tiene que ser muy firme en esto. 

—¿La escuela tiene que enseñar a los clásicos?

—Indudablemente. Porque son textos que, además de una calidad literaria comprobada, conforman la tradición cultural a la que los chicos de cualquier edad tienen derecho. Y si fueran difíciles de enseñar, cosa que no lo son, varias experiencias que están registradas en una colección de la Universidad Pedagógica Nacional que retoma clásicos para la escuela, lo desmienten. Recuerdo una en especial que contaba una profesora de secundario a la que le tocó dar el Martín Fierro, que fueron los propios alumnos los que establecieron vínculos entre la gauchesca y el freestyle o el rap, desde el ritmo que la rima generaba y a partir de ahí, la lectura se enriqueció muchísimo, produciendo un diálogo intercultural muy interesante. 

 

Literatura juvenil on demand

El fenómeno de la ficción personaliza o fanfiction no es nuevo y se multiplica dentro de la generación Z, especialmente, entre las mujeres. Los fans han tomado el control y, desde plataformas como Wattpad, AO3 o Fanfiction.net, construyen tramas alternativas con los personajes secundarios de sus sagas favoritas o inventan universos donde sus ídolos juveniles se transforman hasta volverse irreconocibles. Y de ahí, muchos han pasado al libro físico. “Creo que es una nueva forma en la que los lectores y fans marcan tendencia editorial”, explica Álvaro Garat, editor juvenil de Planeta Argentina. “Pensar que los conceptos de lectores y de fans se eyectan entre sí es bastante plano. En la literatura juvenil recorren el mismo camino y, por lo general, comparten pasión. Por lo menos hay que decir que tienen el mismo ADN: necesidad de ficción”. 

—¿La categoría de literatura juvenil alcanza para contenerla?

—Hoy en día llegan hasta la frontera con los adultos. La literatura juvenil como la conocíamos se atomizó: hoy existen libros Middle Grade, juveniles, Young Adult y New Adult conviviendo en una misma estantería. En consecuencia, con fanfics recorriendo todas las temáticas que existen, creo que el público es tan amplio que cuesta definirlo.

—¿A qué se debe la predilección por la temática LGTBQ+?

—Yo diría que se corresponde con el margen que queda de lo heteronormado. Si el autor me propone que esta pareja cis hegemónica es lo que quieren que yo estandarice en mi consumo, pero yo puedo reimaginarme eso fuera de ese contexto, el lugar que le queda a la fantasía es la flexibilidad sobre esa hegemonía. No tiene gracia repensar una historia en base a si el vestido era azul o verde, pero tal vez es atractivo pensar que quien usaba ese vestido era en realidad una drag queen y cómo reaccionaría frente a esa situación. Podés proponer esa operación para lo que quieras: que el interés romántico sea en realidad el hermano de la protagonista femenina, que el protagonista se enamore del villano, etc. Y ni hablar si el lector se encuentra dentro del colectivo... clarísimo el deseo de reimaginar la realidad en sus términos.

— ¿Cómo fue que saltaron de la comunidad virtual al libro físico?

—¡Demanda! A veces las editoriales marcamos algunas tendencias de la industria, pero la mayoría de las veces el mercado se reordena en base a una necesidad. Si los lectores quieren que los fanfics que leen en redes sociales sean publicados, poder relacionarse con esa materialidad y enamorarse más de una historia... Bueno, allá vamos.