Crítica

La larga risa de Janeiro

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

En Río de Janeiro estamos, en principio, en una suerte de policial negro de tintes tarantinianos, con escenas de luchas karatecas, donde un dedo índice puede convertirse en una mortífera katana o se puede presenciar la fantasmática aparición de Lula da Silva colgado de un helicóptero después de haber sido rescatado de uno tiburones. ¿Pero es Lula o es un doble? Sobre esas ambigüedades baila Río de Janeiro su carnaval literario.

La historia transcurre en la fiesta popular de la ciudad carioca. João, el protagonista, es surfista, remisero y sicario: el actual pluriempleo del tiempo del fin del trabajo irrumpe en forma de ultraviolencia, y la ultraviolencia, se sabe, es también una forma del humor. A partir de los “encargos” de muerte que llegan a João, la novela avanza. Pero la historia y su trama, en la primera parte. se presenta como un motivo de lo que dice, casi a modo de advertencia, el epígrafe de Wilcock que inaugura el libro: “El paisaje parece entonces un negativo del mundo y valdría la pena describirlo.”

Una parte de la novela se desenvuelve en ese negativo, el del paisaje de las playas de Río, pero también en la descripción, aunque siempre teniendo en cuenta una reflexión que hace el protagonista: “La realidad persiste más allá de lo que uno haga”. 

Las descripciones pueden ser abiertas y generales (“Las filas de coches se mantenían firmes sobre una capa de serpentina que los enrollaban formando apéndices de colores alrededor de las ruedas. Mucha gente caminaba desapacible con penachos en la cabeza y máscaras de diverso tipo. La mayoría de los hombres en cuero bamboleando sus cuerpos a los que les costaba mantener el equilibrio por la borrachera”) o presentarse  como subcapas que enfocan detalles como lo haría una cámara hitchcockiana: “A través de la bruma João vio el charco de sangre escurriéndose entre el agua para llegar a vaciarse en la rejilla del cubículo de la bañera.” 

Si bien la novela transcurre en Brasil y sus personajes hablan en portugués, el tratamiento del narrador juega con algunas tensiones en la incrustación de diálogos en portugués con tramos en los que el lunfardo rioplatense deja sus huellas. Las palabras mantienen una secreta lucha: “Llegó en un periquete al 834 de la avenida pispeando para todos lados. (…) Estaba por tirar todo a la marchanta, cuando una cogotuda (…) dejó en un descuido caer las llaves al piso.” 

A medida que la novela avanza se advierte que nada en la narrativa de Cano se mantiene quieto: ni la historia ni los personajes, ni la geografía ni el estilo. Pero la clave no es la mutación o la metamorfosis, procesos que suelen presentarse en etapas, sino el estallido y el vértigo, el “de repente”, como si la bomba que impulsa el nervio de la escritura y la fuga hacia adelante se presentaran menos bajo lo conceptual que en la misma ejecución, un procedimiento dinámico que dinamita la narración hasta convertirla en astillas.

Sería fácil catalogar como absurdo, experimento o automatismo surreal a Río de Janeiro; más bien la ficción de Cano es anti-literaria: todo debe ser derrumbado. De esto, en algún momento, el lector será advertido: “¿Todo era posible?”, se pregunta el narrador, y se responde: “Y lo real se hacía real en la irrealidad de esa situación”, ya “sabía que en Río de Janeiro todo sucedía rápido: el amor, la vida, y la muerte.”

 

Río de Janeiro 

Autor: Diego Cano

Género: novela

Otras obras del autor: Gulag; La verdulería; Wilcock, visitante del infierno; Franz Kafka. Una literatura del absurdo y la risa; Roberto Arlt. El monstruo; César Aira, el comité del significante

Editorial: Mansalva, $ 28.000