La Primera Bienal de Arte Indígena abre un nuevo capítulo en la escena contemporánea argentina
La Primera Bienal de Arte Indígena reúne a 46 artistas de la Argentina y países vecinos en una muestra que busca legitimar sus obras dentro del circuito contemporáneo, promover el contacto directo con el público y revalorizar las cosmovisiones originarias como parte activa del presente cultural.
En el Pabellón de las Bellas Artes de la UCA, en Puerto Madero, la Primera Bienal de Arte Indígena de Buenos Aires abrió un espacio inédito para 46 artistas de la Argentina y de países vecinos. Bajo el lema “Voces indígenas contemporáneas: una mirada desde el corazón de las comunidades”, la muestra —organizada por la Fundación Redes Solidarias— propone algo más que una exhibición: busca modificar la forma en que el sistema del arte mira y legitima la producción indígena.
La idea, según explicó su creadora y fundadora, la antropóloga Mercedes Avellaneda de Bocca, surgió tras observar la creciente presencia de artistas indígenas en espacios internacionales como la Bienal de Venecia en los últimos años. En diálogo con PERFIL, señaló que la iniciativa buscó generar una “gran vidriera” donde cada artista figure con su nombre y datos de contacto, de modo que coleccionistas e interesados puedan vincularse directamente con ellos, sin intermediarios. El objetivo, remarcó, es garantizar visibilidad, autonomía y reconocimiento dentro del circuito del arte contemporáneo.
La Bienal reúne obras en cerámica, pintura, talla en madera, textil y artes visuales contemporáneas de artistas provenientes de Chaco, Formosa, Salta, Jujuy y Tucumán, además de Perú, Paraguay, Brasil y Chile, según detalla el kit de prensa oficial. La exposición puede visitarse hasta el 12 de abril, de lunes a lunes, de 11 a 19, en Av. Alicia Moreau de Justo 1300.
Uno de los ejes centrales fue el criterio de selección. A diferencia de otras convocatorias, el jurado —integrado por la artista Teresa Pereda, la antropóloga Ana María Llamazares y el historiador del arte Julio Sánchez Baroni— priorizó la calidad de obra por sobre el currículum. “No nos importaba si habían ganado premios antes; nos importaba la fuerza de la obra”, resumió Avellaneda de Bocca. El resultado fue una combinación de artistas consagrados y otros que, por primera vez, accedieron a un espacio de esta magnitud.
En términos de premios, el primer reconocimiento fue para la talla en madera “El Pescador”, del artista nivaclé Félix Peralta, de Paraguay. El segundo premio distinguió “Peces de la Amazonía”, de la artista shipibo-konibo Denis Ramírez Nunta, de Perú, mientras que el tercer premio recayó en “Vida Wichí”, de Reynaldo Prado, de Argentina. También se otorgaron menciones estímulo a artistas de distintas comunidades, entre ellas la shipibo-konibo Olga Mori.
Justamente Mori, reconocida con la tercera mención por su obra “La Planta Madre revela el Hombre y la Mujer”, compartió su historia durante la inauguración. Proveniente de una pequeña comunidad cercana a Pucallpa, en la Amazonía peruana, relató que aprendió a bordar y pintar de su abuela, quien le transmitió no solo la técnica sino también el sentido espiritual del trabajo. “No es cualquier diseño”, explicó. En su cosmovisión, los animales, las plantas y las figuras que aparecen en sus textiles funcionan como guardianes y protectores.
Sus materiales también hablan de un vínculo directo con el territorio: telas de tocuyo teñidas con cortezas de árbol, barros naturales y pigmentos orgánicos. “No son acrílicos, todo es natural”, aclaró. El proceso puede demandar meses y combina práctica artesanal con una dimensión visionaria ligada a rituales y saberes ancestrales.
Para la organizadora, la Bienal llega en un momento clave para el arte contemporáneo regional. “Es un arte genuino, que nace de las entrañas de las comunidades”, sostuvo. Muchos de los jóvenes participantes pertenecen a familias donde la práctica artística se transmite de generación en generación, y en esa continuidad incorporan nuevas miradas sin romper con la tradición.
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El desafío logístico no fue menor. La convocatoria implicó articular traslados, seguros, montajes y vínculos institucionales con embajadas y organismos culturales. “Cuando uno se pone en acción, tiene que resolver problemas”, afirmó Avellaneda de Bocca. La Fundación Redes Solidarias, que desde hace 27 años promueve el arte de los pueblos originarios, asumió ese rol de puente entre culturas.
Además de la muestra principal, la Bienal se complementa con actividades públicas, visitas guiadas y exposiciones paralelas que amplían el circuito y profundizan el diálogo intercultural. La apuesta es clara: no se trata de un evento aislado sino del inicio de un proyecto con proyección.
“Llegó para quedarse”, aseguró la organizadora cuando se le preguntó por la continuidad. Más que una consigna, la frase sintetiza un reclamo histórico: que el arte indígena deje de ser leído como artesanía o pieza folclórica y sea incorporado con pleno derecho en la escena contemporánea. En esa tensión entre tradición y renovación, la Primera Bienal de Arte Indígena propone revisar jerarquías y ampliar el canon desde el corazón mismo de las comunidades.