crítica

Luces que agitan cabezas

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

“La mano liberada del cerebro va donde la guía la pluma; y dominándolo todo, una encantación sorprendente guía la pluma haciéndola vivir; pero al perder contacto con la lógica, esta mano, así reconstruida, retoma contacto entre espíritu y materia, entre materia y espíritu”, ponía Antonin Artaud de ejemplo su método vital en una conferencia en 1936, en su estadía en la surrealista y heterotópica México. Río abierto de la escritura bajo la experiencia alucinógena, el escritor hechicero del Viaje al país de los Tarahumaras acompaña la senda mazateca, entre otros iniciados, que cursa Fernando Krapp en El herborista alucinado. Emprendida por Krapp desde una reveladora sesión con psilocibina, psicodélico presente en doscientos hongos, en Parque Chas, asaltando a “lo que buscás esta acá. No está lejos”.

La destreza de cronista en palabras e imágenes, probada en el travesía poética de Una isla artificial: Crónicas sobre japoneses en la Argentina (Tusquets), que el mismo Krapp llevaría a la pantalla con la historia del paisajista samurái de El amo del jardín (2025), orienta los distintos escenarios, más bien los cinco estados, que se integran en la inquietud por hurgar distintos acercamientos en primera persona a los enteógenos.  Porque este reportero en vigilia de ojos abiertos no asiste de simple turista al ritual que quemará el cuerpo, ni de copiloto interesado del retazo de “alfombra mágica”, sino que le escribe a su “animal que te acecha [que] es el que estás buscando”. Y por ello profundiza la luz brillante e hiriente que los hongos o DMT –extraído del sapo bufo alvarius– conectan con lo divino, de allí la moderna palabra enteógenos para estos, derivado del griego éntheos, “[que tiene un] dios adentro”, y propulsores sicodélicos del “irrefrenable sentimiento amor por cuanta cosa hubiera en la Tierra”

Conocedor del planeta alucinógeno, Krapp había escrito sobre el uso en nuestro país de sustancias sicodélicas en ¡Viva la pepa! (Planeta), que reconstruye la relación entre el psicoanálisis argentino y el LSD,  por lo que retoma algunas experiencias de los cincuenta en su camino, y traza la continuidad a fin de los 90 con el uso de ayahuasca por la Fundación Mesa Verde. En este punto advierte que, en consonancia a los miembros de la contracultural fundación rosarina, en estos tiempos de liberalismo extractivista, “cómo se empezó a mercantilizar la planta, de cómo estamos profanando ayahuasca del mismo modo en que se hizo con el tabaco, que antes de convertirse en un problema de salud pública tenía en Mesoamérica un uso ritual”. O cómo la derecha alucinada, avanza.

“Una revolución que debe hacerse, a condición de que el hombre no se piensa revolucionario sólo sobre el plano social, sino que crea, y fundamentalmente, que aún debe serlo sobre el plano físico, fisiológico, anatómico, funcional, circulatorio, respiratorio, dinámico, atómico, y eléctrico”, era la respuesta de Artaud a los popes del surrealismo enrolados en el marxismo escolástico. Fernando Krapp traspasa esas mismas puertas de la percepción a una sabiduría ancestral, en los márgenes de los marcos del lenguaje, en la trama de un alma viva.  

 

El herborista alucinado

Autor: Fernando Krapp

Género: crónica

Otras obras del autor: Una isla artificial: Crónica sobre japoneses en la Argentina; ¡Viva la pepa!: El psicoanálisis argentino descubre el LSD; Bailando con los osos 

Editorial: Marciana, $ 29.000