Roberto Goyeneche, el "Polaco" de garganta con arena que se convirtió en leyenda del tango
El artista debutó en 1952 y se convirtió en una de las voces centrales del tango moderno. Colaboró con figuras como los hermános Expósito y Astor Piazzolla y dejó su sello en discos como "La última corriente". Su estilo introspectivo y grave transformó el género, con éxitos inolvidables como "Naranjo en Flor", "Violeta" y "Los mareados".
El 29 de enero de 1926 nació Roberto Goyeneche, conocido como “el Polaco”, uno de los cantores más emblemáticos del tango argentino. Su fraseo y su técnica vocal rompieron con los moldes de la época y transformaron la interpretación del género en una experiencia profundamente emocional. Creció en el barrio de Saavedra, donde la cadencia porteña y la vida de los boliches marcaron su identidad y su manera de cantar.
Siendo joven, absorbió el tango sin formación académica formal, aprendiendo del oído y la práctica cotidiana. La radio, los bares y las reuniones familiares se convirtieron en su primera escuela, mientras los discos de Carlos Gardel y Francisco Canaro despertaban su curiosidad musical. Esta mezcla de influencia popular y talento natural lo posicionaría muy pronto como un referente del género.
Los primeros pasos y la “época de oro”
Roberto Goyeneche debutó en 1944, tras ganar un concurso de voces nuevas que lo llevó a integrarse a la orquesta de Raúl Kaplún. En esos años, su barítono lírico se destacaba por la claridad y la potencia, cualidades que se alineaban con el estándar de la llamada “época de oro” del tango.
En 1952 dio un salto decisivo al unirse a la orquesta de Horacio Salgán, uno de los músicos más innovadores del género. Allí, junto al cantante Ángel Díaz —quien lo apodó “el Polaco” por su cabello rubio y su fisonomía—, Goyeneche comenzó a experimentar con el ritmo y la métrica, explorando libertades que más tarde serían su sello distintivo.
Durante estos años también grabó sus primeras piezas memorables, como A los amigos, que mostraban no solo su técnica sino también su capacidad de transmitir emoción. Estos registros anticipaban la manera en que convertiría cada presentación en entrega, más allá de la simple ejecución vocal.
El encuentro con Aníbal Troilo y la consolidación del estilo
A mediados de la década de 1950, Goyeneche se incorporó a la orquesta de Aníbal Troilo, “Pichuco”, con quien establecería una relación fundamental. Troilo se convirtió en mentor y amigo, enseñándole el arte del “decir”, un fraseo que rompe la rigidez métrica y resalta la emoción del tango.
Siendo joven absorbió el tango sin formación académica formal, aprendiendo del oído y la práctica cotidiana
Grabaciones históricas como La última curda y Pa' que bailen los muchachos muestran la perfecta simbiosis entre la voz del Polaco y el bandoneón de Troilo, creando un diálogo musical que transformó el género. Esta etapa consolidó a Goyeneche como un intérprete capaz de vivir las letras, transmitiendo pasión, melancolía y complicidad con cada oyente.
El periodo con Troilo también fue clave para que Goyeneche desarrollara su carácter escénico y su presencia artística. Además, participó en ciclos de radio y grabaciones cinematográficas, expandiendo su alcance más allá de los escenarios de tango tradicionales y acercando su voz a un público cada vez más amplio.
El legado del “decidor” y su proyección internacional
Con el paso de los años, la voz de Goyeneche se volvió más ronca y gastada, pero él supo convertir esa transformación en un sello personal. Abandonó la rigidez de las notas largas para convertirse en un “decidor”, usando rubato y fraseo coloquial que generaban una intimidad única con el oyente.
Su influencia traspasó fronteras: llevó el tango a Japón, Europa y Estados Unidos, demostrando que el género podía comunicar emoción y drama incluso a quienes no comprendían el idioma. Fue considerado un verdadero embajador cultural de Argentina y referente del tango moderno, admirado por músicos de rock, jazz y otros géneros que valoraban su autenticidad.
En Buenos Aires, su recuerdo se mantiene vivo: murales, una estatua en Saavedra y una avenida que lleva su nombre celebran su figura. Cada 29 de enero, milongas, radios y centros culturales realizan homenajes, mientras películas como Sur de Fernando Solanas proyectan su legado. Su voz y su estilo siguen inspirando cantores y músicos que buscan “decir” un verso antes de entonarlo, manteniendo viva la llama de un artista.