Un espectro recorre América Latina
Los cien años de la aparición de “Amauta”, la revista fundada en Perú por José Carlos Mariátegui, permiten volver sobre una época en la que las vanguardias artísticas y los movimientos revolucionarios compartían la confianza en otro futuro posible. En sus 32 números, el pensamiento marxista, la reivindicación del mundo indígena y las nuevas expresiones de la cultura encontraron un espacio de discusión que circuló por América Latina y llegó a Europa. La amplitud de sus intereses respondía a una ambición explícita: intervenir en la historia. Esa apuesta dejó una herencia que siguió alimentando debates mucho después de la muerte de su fundador.
En septiembre de 1926 aparece en Perú el nº 1 de Amauta, la revista dirigida por José Carlos Mariátegui que en su presentación se declara como un “movimiento”, un “espíritu”, la “voz de una generación” que pretende estudiar “todos los grandes movimientos de renovación” (políticos, filosóficos, artísticos, literarios, científicos) de la época.
Así, en 32 números publicados durante cinco años, la revista aborda, desde una clara posición ideológica de izquierda, figuras y temas por demás amplios y diversos: Lenin, Maquiavelo, Mussolini, Ugarte, Freud; los maestros del Perú y el problema del Estado; la iglesia y la revolución; el arte, la ciencia, el mito, la política; la crítica literaria (del cuento a la novela, de la crónica al ensayo, de la poesía al teatro); la salud y la educación; la irrupción del cine en la vida moderna; el rol de la universidad y las publicaciones políticas y culturales; la música incaica y la contemporánea; la economía y la juventud; las artes plásticas y las luchas sindicales; el colonialismo, el imperialismo y la dominación capitalista; el nacionalismo popular y el internacionalismo proletario.
La xilografía de José Sabogal que ilustra la portada del nº 1 y otros seis números más, conforman junto con su tipografía y varias ilustraciones de interior una contundente identidad visual de esta publicación que pretende ser un actor constructor de la historia. “No se nos ocurre sentirnos espectadores”, puede leerse en el nº 17, en el texto titulado “Aniversario y balance”, en el que también se exclama: “La revolución latinoamericana será nada más y nada menos que una etapa, una fase de la revolución mundial”. Por eso su distribución abarca países como la Argentina, Colombia, Chile, Cuba, Ecuador, México, Uruguay, pero también España y Francia.
Resulta difícil comprender la desmesura de tamaña apuesta si no se concibe el marco de acción en el que se inscribe: el triunfo de la Revolución mexicana en 1910; de la Reforma Universitaria Argentina de 1918; de la Revolución Rusa en 1917…
Ese mundo, el inmediatamente posterior al fin de la Primera Guerra Mundial, tiene elementos no sólo políticos sino también culturales y de innovación técnica que Amauta no dejará de tener en cuenta: el cine de Hollywood, el de Charles Chaplin y el impresionismo alemán; el jazz y la emergencia de figuras literarias que darán que hablar por décadas (cuando París era una fiesta); las vanguardias estéticas, como el surrealismo, y su horizonte de reunir el llamado a “cambiar la vida y transformar la sociedad”. Lenin llega a definir al socialismo con la fórmula de “Electrificación + Sóviets” y los futuristas italianos conectan con el ascenso del fascismo. En estos rincones del mundo nacen el martinfierrismo, el ultraísmo, el creacionismo, el estridentismo. Los grupos en donde arte y política se retroalimentan de manera incesante publican sus manifiestos y establecen alianzas y polémicas.
Tal como se interroga Miguel Mazzeo en un reciente ensayo (“Cien años de Amauta. Elegir un nombre, elegir un destino”), también nos preguntamos: ¿hubiese sido posible esa experiencia sin la Semana del Arte Moderno de São Paulo; sin César Vallejo y su Trilce; sin Oliverio Girondo y sus Veinte poemas para ser leídos en el tranvía; sin Gabriela Mistral y su Desolación; sin James Joyce y su Ulises; sin el mural La creación de Rivera y la fundación del Sindicato de Pintores?
Amauta no será ajena a ese proceso. Hay confianza en que otro futuro es posible para la humanidad. Frente a unas clases dominantes racistas, aristocráticas, subordinadas al capitalismo extranjero, la revista toma un nombre que es contraseña para el mundo popular mayoritario del Perú: los indígenas.
A diferencia del culturalismo típicamente identitario, la revista realiza una recuperación del “alma indígena” en clave de valoración positiva de la ancestralidad junto con los procesos de modernidad periférica: “El problema del indio es el problema de la tierra”, escribirá Mariátegui en 1928 en su libro Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana. La comunidad se enlaza con el mito, y con la revolución.
La publicación tiene un primer momento, hasta el nº 9, cuando es clausurada junto a otras expresiones de la prensa obrera y sus organizaciones sindicales, acusada de promover un “complot comunista”. Seis meses después, en diciembre de 1927, se inicia desde Buenos Aires su “segundo acto”, con Mariátegui ya enfermo, en silla de ruedas y con planes de trasladarse a la Argentina, cuestión que se ve frustrada por su delicada situación de salud.
La tercera etapa se inicia en 1930, con el nº 30, tras la muerte de Mariátegui en abril. “Velaremos su obra. Seremos dignos de su herencia”, puede leerse en sus páginas iniciales. La revista tiene luego sólo otros dos números con Martínez de la Torre como director.
La herencia de Amauta, el espectro del “Amauta” José Carlos Mariátegui, sin embargo, recorrerá Nuestra América por varias décadas más.