Leo en Clases de Copi, de Ricardo Strafacce (Ubu Ediciones, Buenos Aires, 2026) una frase de Borges: “Le tocaron, igual que a todos los hombres, malos tiempos en que vivir”. Es una idea que Strafacce discute: “Que Borges nos perdone, pero no todas las épocas son iguales. Hay tiempos mejores que otros. Yo creo que a todos nos habría gustado vivir en la época en la que vivió Copi. Preferentemente en París. Pero acá también”. Es una discusión que me da a pensar. Quiero decir: es notorio que hay épocas mejores que otras, y probablemente los 60, siguiendo a Strafacce, hayan sido más interesantes, más vitales que nuestro triste presente. Pero, a la vez, hay también algo de cierto en la sentencia borgeana. Es decir: el pensamiento tiende a ser más agudo cuando se expresa desde la incomodidad frente al presente, al presente de cada época. Es en la inadecuación ante el estado de las cosas que la literatura y el pensamiento crítico se vuelve más potente.
Comparaciones
¿Cómo podemos retomar esta discusión, esta ambivalencia, en nuestro presente? Si comparamos nuestra época con la dictadura, tal vez podamos decir que los tiempos no son tan malos. Pero si comparamos con toda la historia posterior al 83, estos son los años más oscuros que hemos vivido. Estamos en un tiempo en que no se ven salidas. El régimen de acumulación neoliberal hegemónico en nuestra época es mucho más que un sistema económico (aunque también lo es) es, ante todo, una cierta forma de estar en el mundo. El neoliberalismo en su despliegue, si no encuentra resistencias fuertes, termina naturalmente en el neofascismo, como comprobamos a diario en nuestra existencia cotidiana. Una primera forma de resistencia a esa forma de estar en el mundo reside en una discusión por la lengua, en la lengua. Una discusión sobre qué lengua hablamos, sobre la necesidad de salirse de la lengua del neoliberalismo. Reside, urgentemente, en sospechar del uso de las palabras y los conceptos recibidos, que aparecen como neutros o despolitizados. “Macroeconomía” es una de esas palabras, por dar solo un ejemplo. Todo ocurre como si ella existiera realmente: así como el agua en el llano hierve a cien grados y el sol sale por el este, la “macroeconomía” sería un dato de “lo real” indiscutible. Tomemos la definición básica de “macroeconomía”: “Parte de la teoría económica que estudia los indicadores globales de la economía mediante el análisis de las variables agregadas, como el monto total de bienes y servicios producidos, el nivel de empleo, de recursos productivos, la balanza de pagos, el tipo de cambio y el comportamiento general de los precios”.
Es decir que los salarios, el poder adquisitivo, la calidad de vida de las personas no forman parte de la “macroeconomía”. Tampoco el acceso a la salud, la vivienda y la educación. Debemos pensar por fuera (o en contra) de la propia noción de “macroeconomía” y comenzar por esas otras variantes que hacen a la vida real. Y a la propia economía: de lo que se trata es de devolverle a la economía su carácter de “economía política” (de hecho, bajo esos términos fue fundada la economía moderna por los padres del liberalismo, luego puesta en cuestión por Marx) es decir, el carácter eminentemente político de la economía, su dimensión social. Pero entendiendo “político” como sustantivo a la emancipación, al horizonte emancipador de la acción política.