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Vuelve el ‘Borges’ de Bioy Casares: la amistad convertida en artefacto literario

Veinte años después de su edición original, publicada por la filial argentina del sello español Destino, Emecé reeditará en dos tomos el “Borges” de Adolfo Bioy Casares, ese diario de 42 años que convirtió una amistad literaria en materia de sospecha, chisme, devoción y risa. Lo que se pierde y se gana cuando un libro deja de ser una leyenda a precios inalcanzables en manos de coleccionistas avaros, para volver a ser, simplemente, un libro más.

Borges. Izq: Adoplfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges. Der: las dos ediciones existentes hasta hoy del ‘Borges’ de Bioy: la Maior y la Minor. Foto: cedoc

Escena que ya forma parte del anecdotario literario argentino y que muchos repiten sin haberla verificado del todo: Borges cenando cada noche en la casa de los Bioy, y Bioy, al día siguiente, transcribiendo con fidelidad de escriba monástico todo lo dicho la noche anterior. La escena es cierta, pero lo notable no es la cena sino la disciplina posterior: cuarenta y dos años de anotaciones, de 1947 a 1989, que terminaron convertidos en un libro de casi dos mil páginas. Ese libro se llama, con una simpleza que roza el descaro, Borges, y ahora vuelve a las librerías después de haber pasado un tiempo largo existiendo únicamente como leyenda a precios inalcanzables: hasta hace poco, un ejemplar de la edición completa se conseguía en Mercado Libre por 1.300.000 pesos, cifra que dice más sobre el mercado del libro usado que sobre la literatura misma.

La reedición, anunciada por Emecé (sello del Grupo Planeta), llegará en septiembre, veinte años después de que Destino publicara por primera vez la versión íntegra, la llamada Maior, en 2006. Habrá dos tomos, con edición de Daniel Martino –que ya trabajó codo a codo con Bioy en el ordenamiento original del material– y, como novedad, un índice analítico actualizado: hasta ahora ese índice solo existía en un archivo en PDF que pasaba de mano en mano (o mejor dicho de mail en mail), un detalle que en su momento pareció modernidad y hoy es apenas un objeto arqueológico. 

En 2011 había circulado una versión abreviada, la Minor, también sin índice y con buena parte del material recortado. Entre una cosa y otra, la edición completa se esfumó de los anaqueles y se convirtió en presa de coleccionistas, que es la forma más triste que tiene un libro de seguir existiendo.

Conviene decir algo obvio pero que se olvida con facilidad: este no es un libro sobre Borges, sino un libro sobre la mirada de Bioy sobre Borges, lo cual es distinto y, en cierto sentido, más interesante. Bioy anota los chistes, los desdenes, las ponderaciones desmedidas, los rencores literarios, las opiniones que Borges nunca hubiera firmado en público. Hay ferocidad ahí adentro, y también una ternura incómoda, la de dos hombres que se necesitaban intelectualmente y que se sabían, cada uno a su manera, personajes el uno del otro. El propio Bioy había mencionado alguna vez el antecedente que lo desvelaba: The Life of Samuel Johnson, de James Boswell, biografía escrita por el amigo devoto que registra hasta el gesto más nimio. La diferencia es que Bioy no escribió una biografía sino un diario, y un diario tiene la ventaja –o el defecto– de no perseguir ninguna coherencia narrativa. Ahí está su fuerza: en la acumulación desordenada, en la repetición de temas, en el hastío que a veces se filtra entre líneas.

Lo que la reedición pone otra vez sobre la mesa es una pregunta que nunca se resuelve por completo: cuánto de lo que sabemos sobre Borges viene filtrado por Bioy. Durante años, buena parte de la crítica trabajó con ese material como si fuera una fuente transparente, y solo más tarde empezó a leerse el libro también como lo que es, un artefacto literario con sus propias estrategias, sus silencios calculados, sus ajustes de cuentas postergados. Bioy no era un estenógrafo neutral: elegía qué anotar, y esa elección ya es una forma de interpretación. Editar hoy esa masa de páginas, con prólogo y aparato crítico renovado equivale a reconocer que el libro necesita ser leído con la misma sospecha con que se lee cualquier testimonio: como documento y como construcción, simultáneamente.

Queda, además, el gesto comercial, que tampoco conviene ningunear: una editorial grande apostando a un volumen extenso, de dos tomos, en un mercado que no suele premiar la paciencia lectora. Si el anuncio logra lo que se espera –bajar los precios de reventa y devolver el libro a su lugar natural, que es una biblioteca y no una vitrina de coleccionista codicioso–, habrá cumplido al menos una función higiénica.

Lo demás, la relectura crítica del vínculo Borges-Bioy, ya no depende de la editorial sino de nosotros, los que volveremos a abrir esas páginas buscando, otra vez, alguna frase que no habíamos visto la vez anterior. 

 

De la epístola al libro

G.P.

Que el desdén tuviera ceremonia y no solo actitud ya es un hallazgo de título, y Luis Chitarroni –que murió en 2023 dejando el libro casi terminado, con ese perfeccionismo que era su marca– lo sabía. 

La ceremonia del desdén nace de un largo intercambio epistolar con Damián Tabarovsky en torno al Borges de Bioy, y no pretende ser un ensayo sistemático sino su contrario: un comentario segmentado, digresivo, deliberadamente inconcluso, que avanza por asociaciones antes que por argumentos. 

Ahí radica su lógica: el libro que Bioy escribió a lo largo de cuarenta años como acumulación desordenada de anécdotas encuentra en Chitarroni un lector que no intenta ordenarlo sino replicarlo, devolverle su misma textura fragmentaria pero con la lupa puesta en lo que el diario tiene de menos amable –el chisme como método, la calumnia con elegancia, la ironía como forma de clase. 

No es casual que Chitarroni haya recurrido a los libros de Bustos Domecq para atenuar lo que, leído en frío, “llevaría a temer lo peor”: la mezquindad disfrazada de estilo. 

El resultado, publicado con prólogo y notas de Edgardo Scott, tiene la ventaja añadida de la distancia: Chitarroni no solo mira el pasado de Borges y Bioy, sino que de paso se mira mirando, y ese doblez –el crítico que se sabe parte de la misma tradición desdeñosa que describe– es lo mejor del libro.