Hay ciudades que se reconocen por sus edificios, otras por sus plazas o sus monumentos. Resistencia eligió otro camino: convertir el arte en parte de la vida cotidiana. Basta caminar unas cuadras para comprenderlo. Una escultura aparece en una esquina, otra dialoga con un lapacho en flor, otra más acompaña el paso de quienes cruzan una avenida. No se trata de un museo encerrado entre paredes, sino de una colección viva que respira al ritmo de la ciudad.
A partir de hoy, 17 de julio, esa identidad volverá a renovarse con una nueva edición de la Bienal Internacional de Escultura, uno de los encuentros de escultura a cielo abierto más importantes del mundo. Durante diez días, el Parque 2 de Febrero será el corazón de un acontecimiento que hace casi cuatro décadas dejó de ser un concurso para convertirse en un rasgo constitutivo de la cultura chaqueña.
La historia comenzó en 1988, cuando un grupo de artistas encabezados por Fabriciano Gómez impulsó un modesto concurso de escultura en madera en la Plaza 25 de Mayo. Nadie imaginaba entonces que aquella iniciativa terminaría modificando para siempre la relación de una ciudad con el espacio público. Desde entonces, cada edición de la Bienal deja un legado tangible: diez nuevas esculturas que pasan a integrar un patrimonio que hoy supera las 700 obras distribuidas en calles, plazas y parques, consolidando a Resistencia como la Capital Nacional de las Esculturas.
La edición 2026 vuelve a demostrar la dimensión internacional que alcanzó el certamen. La convocatoria reunió 439 postulaciones de 70 países, de las cuales fueron seleccionados diez escultores provenientes de Argentina, Bielorrusia, Bulgaria, Chile, España, Italia, Polonia, Turquía, Ucrania y Uzbekistán. Frente al público, los artistas trabajarán durante nueve jornadas con mármol travertino y acero inoxidable, materiales que dialogan entre la tradición escultórica y la contemporaneidad.
Pero la Bienal hace tiempo dejó de medirse únicamente por las obras que incorpora a la ciudad. Su mayor legado quizá sea el encuentro: entre artistas y espectadores, entre generaciones, entre oficios y disciplinas. "Más de quinientos escultores del mundo pasaron por el Chaco", recordó el presidente de la Fundación Urunday, José Eidman. Detrás de esa cifra hay décadas de intercambio cultural y una comunidad que hizo propio un proyecto nacido desde el trabajo colectivo.
Esa dimensión adquiere un nuevo alcance este año con un hecho inédito: por primera vez, la Bienal será sede del Simposio y la Reunión Anual del ICLAFI–ICOMOS, organismo consultivo de la UNESCO en materia de patrimonio cultural. La presencia de especialistas internacionales convierte al encuentro en un espacio de reflexión sobre políticas públicas, preservación patrimonial y derecho a la cultura, ampliando el horizonte de un evento que ya no solo produce esculturas, sino también pensamiento.
Como ocurre desde hace años, la competencia internacional será apenas el núcleo de una programación mucho más amplia. Encuentros de escultores invitados, concursos para estudiantes de arte, muestras de artistas chaqueños, reuniones de maestros artesanos, espacios dedicados a las artes indígenas, festivales musicales, propuestas escénicas, actividades educativas, congresos académicos y proyectos que exploran el vínculo entre arte y tecnología convertirán a Resistencia en un escenario cultural abierto durante diez días.
Quizá esa sea la verdadera singularidad de la Bienal. No solo invita a contemplar obras; invita a presenciar cómo nacen. El público observa el bloque de piedra o la plancha de acero antes de la primera intervención y vuelve, horas o días después, para descubrir cómo el material comienza a revelar una forma. La creación deja de ser un misterio oculto en el taller para convertirse en un acto compartido.
Treinta y ocho años después de aquel primer concurso, la Bienal sigue demostrando que el patrimonio no se construye únicamente con edificios históricos, sino también con proyectos capaces de transformar la identidad de una comunidad. En Resistencia, el arte dejó de ser un acontecimiento excepcional para convertirse en paisaje. Y cada nueva edición vuelve a confirmar que, allí donde una ciudad decide encontrarse con la creación, también encuentra una manera de narrarse a sí misma.