OPINIóN
SEMIFINAL CONTRA INGLATERRA

La bandera por Malvinas y una exaltada respuesta de Downing Street

Tras la reivindicación malvinera en Atlanta, y a difrenecia de su embajador en Buenos Aires, el gobierno británico difundió una cuestionable declaración sobre la soberanía de las islas. El God Save the King versus "el que no salta es un inglés": un hecho político.

Bandera las malvinas son argentinas 16072026
Giovanni Lo Celso con la bandera | redes sociales

¿Fue acertado que los jugadores argentinos desplegaran una bandera con la leyenda Las Malvinas son argentinas al término del partido con Inglaterra? Hay algo más sorprendente que la aparición en el campo de juego de la bandera improvisada, y es la inexplicable reacción del gobierno británico ante este hecho. Veamos.

El reglamento de la FIFA para el torneo prohíbe expresamente el tipo de manifestaciones como la de la reivindicación de la soberanía de las islas: “Tanto los jugadores como los demás miembros de la delegación tendrán prohibido mostrar mensajes o lemas políticos, religiosos o personales en cualquier idioma o forma antes del partido, durante los himnos nacionales, durante el partido y tras la conclusión del partido”, dice el artículo 34 de la norma.

El plantel de la selección y la misma Asociación del Fútbol Argentino se exponen ahora a una sanción de la entidad que mueve el fútbol mundial. Hay antecedentes, cercanos, que están recogiendo en estas horas los medios de todo el mundo.

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Los jugadores españoles Rodri y Álvaro Morata fueron suspendidos por un partido por la UEFA, el organismo que dirige el fútbol europeo, por haber reivindicado Gibraltar después de ganar la Eurocopa 2024. Durante el Mundial de 2022 la FIFA multó al plantel de Serbia por sacar en el vestuario una bandera política sobre Kosovo, antes de un partido contra Brasil. La AFA ya ha sido penada con 30 mil francos suizos de multa por mostrar una pancarta con el reclamo de Malvinas después de un amistoso contra Eslovenia, en 2014.

La cuestión no es la sanción, desde luego, sino el desconocimiento o, peor, la violación de las reglas. El respeto a las normas también es un principio básico, y fundamentalmente, en las competiciones deportivas.

Sabemos sin embargo cómo sortear esa sentencia: en el estupendo documental El Partido, sobre el choque entre Argentina e Inglaterra en los cuartos de final del Mundial 86, Diego Maradona aparece diciendo que, en el deporte llamado fútbol, la trampa siempre fue válida si el adversario no la descubre. Le cuestionaban el puñetazo con el que le marcó el primer gol a Peter Shilton, “la mano de Dios”. La genialidad de Maradona superaba el rectángulo de 105 por 70, donde el engaño, más que una artimaña, es un arte.

La bandera por la soberanía de las islas fue tomada por uno de los jugadores argentinos, Lo Celso, de una de las tribunas y llevada al campo cuando, al menos desde la transmisión de TV, ya no estaban allí los jugadores ingleses.

Pero hubo un hecho previo en el que habría que detenerse. Antes de que comenzara el juego, decenas de miles de argentinos cantaron en esas mismas tribunas el tradicional “el que no salta es un inglés” mientras sonaba God Save the King, el himno oficial británico. Lo hicieron inaudible.

Fue una ofensa, como cuando los italianos silbaron el himno argentino en el estadio San Paolo, en Nápoles, en el Mundial del 90 (y todos recordamos las puteadas de Maradona a la cámara, o los más jóvenes las han visto). Igual que al comienzo: ¿fue apropiado?

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El episodio también despierta reacciones encontradas. Un rechazo inmediato frente a lo que sin excusas representó un agravio. Los himnos son símbolos. Algo obsoletos, es cierto. Pero bien escuchada, la canción de la tribuna es de una ingenuidad infantil, suena en todos los partidos que juega la Selección y hasta podría representar más que un insulto, casi una travesura.

Volví a ver el momento en un posteo en las redes, más tarde. Me di cuenta de que no era ni sólo un agravio ni sólo una picardía. Tan expresivo como el despliegue de la bandera por Malvinas, haber "pisado" el himno británico fue un hecho político. Un acontecimiento, en los términos en que lo entiende Alain Badiou —un acto que provoca una ruptura en un estado de cosas— pero en un campo diferente al de la política, la ciencia, o el amor de los que habla el filósofo francés. Un campo nada novedoso: el del fútbol.

En las redes se puede ver la aparición de este mismo fenómeno en otra de las esferas que menciona Badiou, el arte. Durante un concierto de Iron Maiden en la cancha de Vélez, en 2001, el líder de la banda, Bruce Dickinson, alzó un mástil con la Union Jack, en medio de la canción The Trooper, que relata una carga de la caballería británica durante la Guerra de Crimea. La reacción inmediata de la multitud fue dejar de cantar el tema y permanecer inmóvil, congelada. Hasta que empezó a sonar entre la gente el “el que no salta es un inglés”. Ese límite constituye una exquisitez argentina.

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Ayer, la imagen de más de medio estadio saltando y burlando el himno adversario fue una primera humillación, que antecedió a la futbolera. Una representación real, más que de un rechazo, del declive británico ante los ojos del resto del mundo. Del debilitamiento en particular de una nación (la inglesa, la del viejo Imperio) que despierta amor y odio en cantidades, simultáneamente y como en pocos lugares, en esta tierra.

Un vistazo de los acontecimientos de los últimos años en el Reino Unido nos muestra desde renovadas tensiones separatistas entre las naciones que lo integran (Escocia, sobre todo), hasta el drama económico financiero del Brexit, el largo trámite que terminó por separar a las islas de Europa en 2020, pasando por un proceso de inestabilidad política que ha visto a siete primeros ministros sucederse en una década.

Gran Bretaña ha debilitado en ese período su cohesión interna, ha visto caer su PBI como nunca antes y agravado sus desigualdades sociales; está arrepentida de haber abandonado la Unión Europea y ve su gobernabilidad resquebrajada. En un mundo en transición hacia un orden desconocido, su gravitación internacional es menor, pese a su poder nuclear. Y ha dilapidado uno de sus principales activos: el poder blando.

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Pero no hay nada que refleje mejor este momento de los británicos, aquí, en este país del sur del planeta, que convive desde hace medio siglo y persevera con su propia decadencia, como la declaración del portavoz de gobierno de su majestad, que es el verdadero motivo de este texto. Aunque con humor le deseó suerte a ambos finalistas, "en especial a España", terminó siendo una reacción exaltada, verdaderamente inapropiada: “La Copa del Mundo no será nuestra, pero las Falklands (Malvinas) definitivamente lo son”.

En Downing Street debieron haber leído el tuit del embajador británico en Buenos Aires, David Cairns, quien anoche, después del partido sencillamente dijo: "Bien jugado, Argentina. Lo mereció".

ML