Me verás crecer
Menotti, Bilardo, Scaloni. Teoría, práctica, síntesis. Después de un par de horas en un café, hablando de fútbol con el Flaco Menotti, te ibas pensando cómo sería un equipo con el Gordo Troilo al arco, Mercedes Sosa- Osvaldo Pugliese de centrales, la sinfónica nacional tocando un rato largo en el medio hasta que el primer violín diera un pase filtrado al director de orquesta, Astor Piazzolla. El delantero centro recibía al borde del proscenio, acariciaba el instrumento entre sus piernas, remataba el juego con un sublime Adiós Nonino al ángulo. Disco duro PC, partido comunista, con bajada de línea instalada, el Flaco quería la nuestra, murió con la suya.
En su campo de juego teórico era capaz de ver a un Julio Bocca negro hacer un “pas de deux” con el recio defensor Tarcisio Burgnich cuando recordaba a Pelé saltando para convertir de cabeza contra Italia en 1970. Uno más de los golazos de ese equipo de Brasil durante la primera Copa del Mundo disputada en México que merecen verse en Youtube. Años más tarde, el tano Burgnich, encargado de marcar a Pelé, confesó: “Antes de esa final me dije a mí mismo que Pelé estaba hecho de carne y hueso, como todos los demás. Me equivoqué”.
En la práctica, sólo el Huracán del 73, Houseman, Brindisi, Avallay, Babington, Larrosa, sostenidos atrás por un coro muy afinado en la que se destacaba la voz ronca del “Coco” Basile, se acercó a la fantasía futbolera de Menotti. La selección del 78, Passarella, Gallego, Bertoni, Kempes, Ardiles y Luque llegó hasta la frontera del máximo deseo, consiguió el primer título mundial. En el juego se quedó ahí, en el límite. La lucidez no se le atrevía a la sombra terrible de la derrota. Alternó pelotas que, a veces, asomadas por abajo salían redondas, con otras que perdían la forma en el camino.
Se ovalaban. Se sentían en las gargantas de los hinchas cuando Kempes voló, detuvo con la mano, en la línea, un gol hecho de Polonia. Fillol atajó ese penal. Los huevos volvieron a sonar, a golpearse entre sí como maracas en el minuto 89 de la final contra Holanda. Pelotazo desde mitad de cancha. Resenbrink le gana la espalda a Olguín, marcador lateral derecho. Fillol sale a tapar pero no llega. Ay, los huevos.
Resenbrink alcanza a patear por abajo del cuerpo del arquero. La pelota da en el palo. Gallego la revolea. Iban uno a uno. Se terminaba ahí. Campeón Holanda. Cuarenta y cuatro años después, la decisiva pareja de intérpretes, Fillol-Kempes se recrearía en una versión soñada con Dibu Martínez-Messi. Quién, desde entonces, no vuelve a ver esa película. Contámela otra vez.
18 de diciembre de 2022. Qatar. Final de la Copa del Mundo. Tiempo agregado al reglamentario. Partido empatado. Tres a tres. Minuto 123. El central francés, Konaté, mete un pelotazo desde la mitad de la cancha. El central argentino, Pezella, calcula mal. La pelota lo sobra. El delantero francés Kolo Muani tiene tiempo de controlar, queda solo frente al arquero argentino. Emiliano “Dibu” Martinez se adelanta, achica el ángulo, en modo cóndor abre las alas, brazos, piernas, Kolo Muani patea. La pelota toca, tibia, rebota, se eleva, el árbitro pita. Final. Se define con disparos desde el punto del penal.
El último, el de Montiel, será mortal para Francia.
*Escritor y periodista
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