Sufrir o poner la cabeza donde corresponde
Tuve la oportunidad de jugar al rugby varios años. Recuerdo que un contrincante solía animar a sus compañeros a la voz de: “¡Hay que sufrir!”. Supongo que para alentar el aguante ante las eventuales contrariedades del partido. Aunque: ¿sólo eso? Lo dudo. Los bichos humanos somos muy complejos, tanto que Freud puntualizó al masoquismo como la tendencia primordial que anima a los seres hablantes. La cuestión viene a cuento por el paisaje humano del que fuimos testigos y partícipes en el reciente triunfo ante Cabo Verde.
Comienza el encuentro. Tranquis. Estamos para ganar. Entusiasmo. Viene el gol del Messi-as. Felicidad. Abrazos. La expectativa de asistir a una goleada y luego a celebrar a nuestros héroes. Nuestros héroes nos escucharon porque también se relajaron, distendieron, miraron, y de pronto: el equipo que solo oficiaba como simple partenaire nos enchufa un golazo tras una exquisita jugada. ¡Ay! ¡Horror! Esto no es posible. Qué calamidad. Y aquí comienza el show masoquista con su larga saga de increíbles actuaciones.
Para empezar: el afán de control. El partido se disputa a miles de kilómetros del hogar, bar o escenario donde el espectador visiona la pantalla. Sin embargo, se escucha: “¡Sentate en esa silla, la del partido con Argelia, que ganamos, che!” o “¿Encargaste la pizza en el mismo lugar, ¿no? ¿Y vos? Me imagino que no te bañaste como contra Austria, quiero creer”. O sea: las cábalas. Esa ilusión de control ante lo impredecible que signa nuestra existencia.
Entonces surge el pájaro de mal agüero, que no es el Kun, sino cualquiera que se encargue de asegurar lo peor para evitar la decepción. “Y no…, se veía venir. Este equipo no es el mismo que el de Qatar. Mirá la pelota que pierde Messi, ¿cuánto tiene? ¡39 años!”. Para colmo aparece otro que lanza: “Esto termina en penales y con este arquero africano, olvidate”. “¡Callate, gil!”, larga otro para disimular que también opina lo mismo. Llega el alargue y el equipo argentino demuestra que cuenta con más variantes que las maravillas de Lionel. Lisandro anota un golazo que nos devuelve la alegría y la confianza. Pero esto es un juego. Y parece ser que nuestro Cabral, soldado heroico, tenía un hijo, un nieto y hasta un chozno africano. Porque he aquí que este equipo –inferior en calidad futbolística (solo en los papeles)– no se conforma.
El pariente de quien salvó a nuestro San Martín anota un golazo impresionante. La clava en el ángulo, a lo Messi, a lo Mbappé, a lo Pelé. Y a lo Diego también. Y lo más impresionante: su festejo, el cual, a quien firma estas líneas lo pudo. Lo confieso. El pibe salió disparado fuera de si a buscar ¡en la tribuna! a la mujer de sus amores (o de sus ilusiones). La dama aceptó darle un abrazo (no sabemos cómo siguió la cosa, les deseamos a ambos un par de goles más, claro). Conmovedor.
Y quizás aquí hay algo del meollo que transita entre el afán de control y la entrega a lo más propio del juego, a lo impredecible, a nuestra condición de meros sujetos de la contingencia. Me refiero al destino de nuestras pasiones. Controlar para evitar la decepción o atravesar la misma por el amor y la entrega que nos despierta una camiseta, un compromiso, una responsabilidad. Quizás esto es lo que prevaleció para que en esta dura parada el Cuti Romero empleara la cabeza como corresponde. Salud. Febo asoma. Cualquier similitud con nuestros avatares como nación no es mera casualidad.
* Psicoanalista. Doctor en Psicología por la UBA.
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