El Mundial revela mucho de nosotros mismos, de la necesidad de pertenecer al compartir una celebración, una esperanza y un festejo. Creer, por un instante, que formamos parte de una historia. Así lo estamos viviendo, procurando guardar cada instante en el recuerdo que vamos a repetir y conservar con la ilusión de contar algún día que “nosotros estuvimos ahí”, que “lo vivimos así”. Es como que cada cual, aún en la distancia, fue protagonista.
Pero, mientras los ojos del mundo siguen el recorrido de la pelota sobre el césped, los hilos del poder continúan moviéndose. Se nota mucho. Está ahí, al frente de nuestros ojos. Es el poder económico, el despliegue comercial, la publicidad.
No dejo de preguntarme si esta novedad del hydration break (el receso de hidratación) es efectivamente una medida de preservación de la salud con fundamento fisiológico, o se trata de una nueva estrategia del marketing comercial para vender y facturar.
Se dijo que el hydration break se convirtió en la mayor “mina de oro” publicitaria de la historia reciente del fútbol, transformando el juego tradicional en un modelo de negocio similar al de los deportes norteamericanos. Algo de eso debe haber.
Antes, la medida era excepcional. Ahora la FIFA estableció que en la Copa Mundial 2026 las pausas de 3 minutos serán obligatorias en todos los partidos, sin importar el clima, la presencia de aire acondicionado o si el estadio está techado.
Esto abrió un fuerte debate sobre su aprovechamiento comercial. Se generaron ganancias exponenciales frente a una audiencia cautiva. En la pausa intermedia la tendencia es pararse, servirse algo para ingerir, ir al baño. Este nuevo receso, al contrario, no levanta a nadie de su asiento y todos quedan frente a la pantalla que se apodera de la atención para vender.
Entre las críticas por enfriamiento, pérdida de naturalidad, de clima y ritmo, Scaloni aduce que la interrupción favorece al equipo más débil y perjudica al que viene con envión ganador.
Pero ahora quiero pararme en el tipo de publicidad que recibimos como espectadores sentados frente a la TV como tantas familias con sus niños, niñas y adolescentes. Las imágenes de promoción del juego online compitiendo para llamar la atención desde lo visual y lo auditivo con ofertas mágicas sobre fortunas que van a generar adrenalina suficiente para que muchos se lancen a apostar. Y entonces, el riesgo tan cierto como enorme: la ludopatía, que afecta de manera brutal a los más jóvenes.
Hoy esta adicción ya se convirtió en una preocupación extrema de docentes, padres, médicos, psiquiatras, psicólogos y en todos los servicios sanitarios del país.
El aprovechamiento ilimitado de un espectáculo como el Mundial de Fútbol para despertar el deseo y la decisión de apostar a la distancia roza con lo inmoral. No hay restricciones ni condicionalidades más que escuchar al atleta que publicita la apuesta, decir “si sos menor, no podés jugar”. Pocas frases podrían ser más alentadoras para que los menores hagan exactamente aquello que le avisan que está prohibido.
Más grave aún que se promocionen con la leyenda “Sponsor oficial de la Selección Argentina”. Entonces queda más claro que por detrás está la decisión de un funcionario, una institución, de aceptar los pagos millonarios del juego (que ni siquiera llegarán a los deportistas amateur), sabiendo el efecto que eso causa. Pero nada importa. El dinero manda. La ambición conduce.
Con ingenuidad intentamos el año pasado en la Cámara de Diputados regular la publicidad del juego online a través de programas y estrategias de prevención y atención de la ludopatía. Recibimos informes de especialistas de todo tipo que advertían del drama. Pero nada logró conmover la atención de la mayoría que volvió a archivar estos proyectos.
Hasta acá llegamos por hoy, sigamos disfrutando del espectáculo maravilloso que la selección nos está dando dentro de la cancha. Con el cuidado de que, frente al televisor no haya quedado un poco de basura debajo de la alfombra.
* Diputada, presidenta del GEN.