Negocio

Por el amor al arte

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

Amparados en la sombra de la madrugada, un número no determinado de ladrones desvalijó el Museo Nacional de Bellas Artes alzándose con 16 obras pictóricas y otros siete objetos de arte. Era el 26 de diciembre de 1980 y las obras estaban valuadas en 25 millones de dólares. Jamás fueron recuperadas, por lo que se supone que ingresaron al inmenso agujero negro del arte robado durante el siglo xx, un negocio en el que nuestro país fue precursor y que a partir de los ochenta comenzaría a asolar a los principales museos y colecciones occidentales. De los dos mil millones de dólares en obras de arte desaparecidas, cotizados entre 1980 y 1990, sólo se ha logrado recuperar un 15 por ciento. Una de cada doce obras robadas regresó a su propietario legítimo y por lo general no se trató de la más valiosa. Dicho de otro modo, si se destinaran a un museo los cuadros robados a lo largo del tiempo éste sería el más completo del mundo: las piezas saqueadas suman nada menos que 45 mil. Según la International Foundation of Art Research, una organización privada neoyorquina que lleva el registro más completo de cuadros desaparecidos, el circuito clandestino del arte robado, como negocio, ocupa el tercer lugar entre los más florecientes de la última década, después del tráfico de armas y de drogas. 

La literatura se ha encargado de describir, con mayor riqueza que muchos tratados de psicopatología, la personalidad del coleccionista excéntrico que manda robar un cuadro para terminar contemplándolo en la soledad de su museo secreto. La obra de arte, para este hombre, no existe como tal: es un fetiche. Y de ese fetiche, por el que está dispuesto a pagar fortunas, dependen resortes tan complejos y variados como la integridad, la sexualidad y la existencia misma de su poseedor. Por eso, en el plano culturalmente aceptado del asunto, el coleccionista obsesivo sería el destinatario final de una cadena cuyos eslabones no son otros que el robo y la muerte. Sin embargo, en los últimos años los investigadores han dejado de lado la figura del coleccionista-fetiche, entre otras razones porque estos personajes son difíciles de alcanzar. En la actualidad, los que encargan el robo suelen ser organizaciones clandestinas de estructura hermética que manipulan tanto el valor de trueque como el valor de cambio de una determinada obra, pero no con el objeto de que ésta termine en poder de algún destinatario final, sino para iniciar una serie de intrincadas negociaciones con el tercer cateto de este negocio: las compañías de seguros. La táctica, en estos casos (en los que no se produce la desaparición definitiva de las obras), es cobrar rescate. 

El negocio de robar arte, entonces, funciona como un secuestro extorsivo. Las pólizas fluctúan entre el uno y el cuatro por ciento del valor del bien asegurado. Un cuadro valuado en dos millones de dólares paga entre 20 y 30 mil dólares anuales. Las grandes compañías de seguros utilizan los servicios de las más prestigiosas agencias de investigación —como Pinkerton, por ejemplo, porque no sólo está en juego la enorme suma que suponen las indemnizaciones y el lucro cesante, sino, además, la imagen de protección y respetabilidad de las empresas. 

En este circuito clandestino participan también las firmas más tradicionales del mercado mundial de arte. Pocos días después del fabuloso asalto al Gardner Museum, de Boston, las conocidas subastadoras Sotheby’s y Christie’s ofrecieron un millón de dólares “de recompensa” por la devolución de las piezas robadas. Lo hicieron sin tapujos ni inhibiciones, a través del práctico y simple procedimiento de publicar solicitadas en los principales diarios londinenses. 

A partir de ese momento, la polémica quedó abierta: ¿se trataba de algunos integrantes del grupo saqueador que intentaban una maniobra pública para blanquear el robo? ¿O se estaba, sin resquemores de ninguna índole, ofreciendo dinero a los ladrones? Para algunos observadores, las dos firmas habían calculado previamente que no habría respuesta a su gesto, y habían actuado simplemente para catapultarse ante la opinión pública como campeones mundiales del amor al arte. De acuerdo al frío discurso de los números, la oferta publicitada no dejaba de ser algo exigua: ofrecían un millón de dólares por el lote sustraído, valuado nada menos que en 200 millones. 

*Autor de Robo y falsificación de obras de arte en Argentina, Punto de Encuentro (Fragmento).