DOMINGO
Libro

Construcción verbal

Inicios y apariciones del presidente Milei.

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| Juan Salatino

De repente, hace ya más de diez años, entró a la escena pública argentina una persona-personaje estelar llamada Javier Milei. No era la primera vez que se daba ese tipo de irrupción, y no ha de ser la última, pero su paciente deslizamiento del escenario donde se formulan las opiniones libres con un calculado sentido del espectáculo hacia el campo de la oferta política, sirvió para ajustar su figura a la demanda social, que pedía sangre.

En aquel lejano debut, Milei intentó honrar la tradición de los opinadores de economía, mitad poetas, mitad gurúes, inspirándose en su maestro comunicador, Juan Carlos de Pablo.

Pero no le resultó fácil administrar la herramienta favorita de los opinadores, que es la que se emplea para reducir sistemas complejos a aforismos para “que entiendan las tías”.

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Tentado por los brillos y, también, por las oscuridades románticas del barroquismo, Milei se enredaba en los cruces televisivos con sus antagonistas –que eran todos– por la dificultad de hacerse entender como deseaba. Lo que lo llevaba a la confusión teórica, el revoleo de números inconsistentes y el malhumor, pero esas apariciones dejaban en el aire un efecto que se fue convirtiendo en una mitología. Si no alcanzaba a desarrollar los frondosos postulados de sus ideas en su totalidad, no era porque no supiera, sino porque sabía demasiado. Tanto sabía que no lo podía contar.

Una vez sembrada y regada la superstición de superioridad, que él se encargaba de refrendar hablando de sí mismo como se habla de un ídolo, las operaciones de ajuste en su lenguaje fueron calibradas con precisión. Primero, renunció –a medias– a desplegar sus teorías económicas en clases magistrales, y las redujo a eslóganes, pasándole a su “exceso” de conocimiento la aplanadora de la publicidad política, de la que sobrevivieron las ideas de guerra inventariadas en la agenda de lo que había que destruir.

La guerra era la del mercado versus el Estado, con su variante libertad versus comunismo. Ese fue el recorte que Milei hizo de las necesidades actuales de la historia. A lo que le adosó el valor agregado de sus modos de decir (de decir sin modos) en un idioma antidiplomático que ya es un hito en los extensos vínculos entre lenguaje y política.

Todos los gobiernos son más o menos autobiográficos. Por lo que el verdadero valor de los programas y las plataformas para gobernar consiste en quiénes los llevarán a cabo. Se votan personas (personas-personajes) y, de ellas, sus premoniciones.

Milei le dio al componente autobiográfico del político el índice más alto de la historia. Acaso tan hipertextual como Cristina Kirchner –pero sin su pudor–, restauró por vías no tan inesperadas lo que podemos llamar El Discurso. Evidentemente, el electorado argentino quiere que le hablen, que le hablen mucho, que le hablen sin parar hasta que se le inocule el virus de la convicción. Al menos, antes de votar.

Luego, veremos.

Milei introdujo en su discurso político gran parte de los hechos relevantes de su vida, incluyendo los más dolorosos, y en ese gesto, que sin dudas fue espontáneo, situó el factor confesional en el corazón de la discusión pública.

Reducción pueril a una serie de epigramas radiantes de los sistemas complejos que tanto controlan como descontrolan el universo económico, descripción del blanco –la política, los políticos– en el que deberían clavarse como flechas esos epigramas, y revelación de la intimidad mediante un lenguaje “realista” irrestricto. El resultado es la inversión de la persona-personaje en personaje-persona que llega a la presidencia de la nación con las ventajas que tienen por un tiempo las novedades.

Cuando todo era nada

El primer registro de la presencia pública de Javier Milei lo tomó en septiembre de 2014 el canal CCC de Tucumán, a donde viajó para presentar su libro en coautoría con Diego Giacomini y Federico Ferrelli Mazza, Política económica contrarreloj (2014), publicado por Ediciones Barbarroja con el auxilio de la Fundación Acordar.

Es una entrevista de unos pocos minutos en los que Milei responde con amabilidad. Dice que un ajuste es necesario para sanear la economía del país, y que tanto puede hacerse de manera ordenada o impuesta por la realidad: “Lo que nosotros proponemos es un programa de estabilización que no tenga costos sociales”.

La palabra “nosotros” es un enigma sin revelar. ¿Quiénes son o quiénes eran entonces los integrantes de ese “nosotros”? ¿Los tres autores? ¿La Fundación Acordar, usina de ideas al servicio de Daniel Scioli? Retrospectivamente fantasmático, el uso de la primera persona del plural no es el pronombre más frecuentado por Milei (lo son mucho más “él” y “ellos”, como causa de sus descargas); ni siquiera lo usó cuando presentó el mismo libro el 28 de abril de 2015 junto a Diego Giacomini (sin Federico Ferrelli Mazza, el vértice más discreto del triángulo) en el programa Hora clave, conducido por Mariano Grondona y Pablo Rossi.

Rossi les pide a Milei y a Giacomini que se presenten y le dice a Grondona que en el programa en el que están acostumbrados a ver pasar “los clásicos” (se refiere a los economistas televisivos de siempre), ahora tienen caras nuevas, aunque “nuevo no significa mejor, eso está claro”. Milei dice: “Soy Javier Milei. Soy economista jefe de la Fundación Acordar.

Tengo un pasado como docente, como académico, tengo más de cincuenta artículos presentados, seis libros, más de cien notas de divulgación en diarios y… no seré famoso como economista, pero sí como rock star”.

Entre la interjección y la “salida”, de la que todos se ríen, Milei comienza a desprenderse de Giacomini, al que solo le queda mencionar, sin la fuga del chiste, sus gélidas fojas de egresado del Colegio Nacional y de la Universidad de Buenos Aires. Es una separación de hecho, en la que Milei define su identidad por vía de la licencia poética. Ahí donde Giacomini dice lo que dicen sus títulos, confinando su nombre a su formación, Milei se desliza hacia la composición libre: “Yo soy especialista en temas de crecimiento, digamos básicamente, y también en los modelos de crecimiento con dinero. Pero, o sea, es muy interesante porque ahí Juan Carlos de Pablo dijo en una charla que yo era el que más sabía de eso en la Argentina, lo cual es cierto porque soy el único que se dedica a eso”.

El primer paso que ha dado Milei es posicional. Ya no habla como coautor del libro que fue a promocionar a la televisión porque ahora el objeto de la promoción es él, y así como se desprendió del “nosotros” de la coautoría, también lo hizo saltando del contenido del libro –que en ningún momento glosó–para realizar su primera provocación en el escenario donde se discute la política: “Cuando vos mirás la situación de la economía argentina, yo te diría que la foto es mala, y la película es peor. La foto tiene que ver con la configuración de la macro en el corto plazo donde tenés cuatro desequilibrios fenomenales. El primer desequilibrio, que es la madre de todos los males, y es el cáncer de este país de los últimos setenta años, es el déficit fiscal. ¿Sabés cuáles son las bases del populismo? Te las cuento yo. Es la irresponsabilidad fiscal de los keynesianos, y los desatinos monetarios de los estructuralistas locales, una conjunción de irresponsables que generan déficit fiscal, inflación y crisis”.

Por primera vez “la sombra terrible” de Keynes es evocada por Milei para la posteridad, lo que acelera el distanciamiento de Giacomini. Allí donde Giacomini defiende a Milton Friedman, Milei ataca a Keynes, despuntando su tendencia a la lectura destructiva de lo que sea que se haya construido y encendiendo –también por primera vez– en el territorio del entretenimiento la llama de la agresividad, por el momento bajo cierta voluntad de control. La que viene acompañada (quizá sea mejor decir “adornada”) del auxilio de unos números de origen poético, absorbidos por la pasión que los convierte menos en pruebas de carga en favor de la realidad económica que en semillas de superstición.

Milei avanza por la línea en la que progresa su imaginación, que aspira de un modo místico a la exactitud de cálculo. Dice que el PBI per cápita de la Argentina en 1998, “cuando la Argentina vuelve a su tendencia de largo plazo” (que no describe), era de 14 500 dólares, y que en el momento en el que está hablando –2015– es de 12 880 dólares al tipo de cambio oficial, aunque es más real el paralelo, que da 9000 dólares.

Pero si el país hubiera mantenido “la tendencia de largo plazo” de 1998, el PBI per cápita debería ser de 32 000 dólares, es decir, más alto que el de Gran Bretaña, Italia, Corea del Sur y el promedio de la Unión Europea. Ya no son los números que hablan por él; lo que habla es el deseo de darles a los números un aura poética (lo dijo Pablo Neruda: “El tiempo se hizo número / La luz fue numerada”).

Cuando Pablo Rossi los despide, Milei no se deja apurar e interviene sobre el haz de tiempo que queda, para pronunciar las últimas palabras, que insisten en caer al barro de la política: “¿Me dejás que haga una nota de color? El nivel de pobreza en el año 1998 en familias era del 18%, hoy es cerca del 30%. El coeficiente de Gini, que tiene que ver con la distribución del ingreso, era 0,38 y hoy es 0,38. Es decir, todo este megacirco populista que armaron para que la gente esté mejor, la dejó igual en términos de distribución del ingreso, con más pobreza y solo un tercio del PBI que deberíamos tener. Si esto no es una catástrofe, que venga Kicillof a explicar qué es”.

Los números siguen desplazándose a la velocidad de la inercia que el propio Milei rompió al darles el estatus de pases mágicos. No hace falta adquirir las técnicas de un estadístico para ver que en el paisaje en el que Milei pinta las bellezas del mercado hay incidentes no reconocidos: empalma las estadísticas de la pobreza en hogares de 1998 con las de 2015, sin detenerse en las de 2001 y 2002; y las del PBI per cápita de 1998 con las que él proyecta en su corazón en 2015.

Y, sin embargo, algo nuevo nace en la mesa de Hora clave.

Es un carácter que ablanda con histrionismo la dureza de la jerga técnica empleada al modo de un espejismo. Allí hace alianza la “mezcla” por la que se deja ver una persona de verdad bajo el disfraz del economista.

El tercer acto de esta primera secuencia que lleva a la irrupción de Javier Milei en la atmósfera caldeada de la esfera pública sucede el 26 de julio de 2016 en el programa Animales sueltos –conducido por Alejandro Fantino en el canal América–, del que todavía cuelgan las hilachas de su propósito promocional. Fue por una recomendación del economista Guillermo Nielsen, que Fantino acepta para delegar en su producción la misión de convocarlo “cuando haya una silla vacía”.

Milei y Fantino no están solos. Son ellos y varios panelistas los que cierran el círculo sobre la mesa de debate, pero pronto se verá, por lo evidente de su orquestación, cómo Fantino provocará a Milei para que “salte”.

Le dice: “Kicillof vino y después me regaló este libro”. Es Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, de John Maynard Keynes. El conductor muestra la tapa del libro, y luego pide un primer plano que encuadre la irritación en principio artificial del invitado: “Miren ese rostro”. Milei improvisa una actuación un poco sucia en sus términos dramáticos, pero no pierde la seriedad que exige el número: “¿Hacía falta que lo mezclaras con mis libros?”. Va, otra vez, a confrontar de cabeza con el fantasma de Keynes: “A esa basura de libro yo lo llamo la ‘basura general’”.

Por el momento es un personaje con libreto, es decir, un actor conducido, ajustado a la misión de escandalizar mediante protocolos de provocación televisiva. Dice, marcando el ritmo de su ánimo con la aceleración verbal del indignado (el sujeto ordinario de la época): “Yo lo estudié cinco veces a ese libro. Cinco veces. La gran mayoría de los economistas argentinos no lo leyeron una vez. Yo lo leí cinco veces: es un panfleto dedicado a la corporación política. Keynes era parte de la corporación política. Keynes escribió un libro a beneplácito de políticos mesiánicos y corruptos. Mirá, te lo voy a decir con un ejemplo de las cosas fabulosas que tiene ese libro. Al margen de que ahí le canta una oda a Hitler, sí, porque le canta una oda a Hitler. Pero al margen de ese detalle, te lo voy a poner en un ejemplo fácil. Suponete que un político tiene que arreglar un problema económico y llama a dos economistas. Entonces vienen un economista libertario un keynesiano”.

La obra está en marcha, y prospera con la participación del partenaire Fantino, que le pregunta si llama libertario a un monetarista. Milei contesta: “Más liberal que monetarista. Entonces, en ese contexto, les pide un diagnóstico y los dos le dan un diagnóstico. Ahora, cuando llega el momento de la solución, dice: ‘Bueno, ahora, keynesiano, qué me diría usted’. Y él le dice: ‘Mire, usted es la continuidad del brazo de Dios, usted tiene en sus manos, con el gasto público, el milagro de la multiplicación de los panes. Es más, malditos los productores de pizarrones, que los hacen tan chicos que no nos permiten reflejar el milagro que hace el keynesianismo con el gasto público’. ¿Y qué le dice el libertario?:

‘El problema sos vos: tomátelas’. ¿A quién creés que va a contratar el político?”. Fantino corona su doble rol de figurante y dramaturgo: “Al keynesiano”.

Para Milei no tiene ninguna importancia que el “problema económico” surja de una especificidad material, porque las soluciones son abstractas: el keynesiano siempre irá hacia la emisión descontrolada y el libertario siempre intentará eliminar al político. Se trata de “soluciones” que no tienen relación con el problema porque el problema nunca fue formulado. No hay problema que haya sido identificado, por lo que su argumento gira en el aire sin referencias.

Keynes, keynesiano, keynesianismo. Esas variedades, en las que insiste con la música de la reincidencia, son los vehículos de un viaje “técnico” en el que intenta reducir un nombre y sus usos declinantes a todos los ejercicios de la política y su ejército administrativo: el sector público, “que nos hizo esclavos tributarios de una corporación política parasitaria, inútil y chorra”.

Pero además del huevo antipolítico, lo que se va incubando por primera vez es un ánimo, una fuerza de interpelación amenazante que encuentra, menos en sus argumentos que en la pasión que los despliega, un modo de deslizarse sorteando las dificultades que se le presentan a la razón mediante la gracia de no reconocerlas. El espectáculo impresiona porque, de golpe, hay una sola voz que absorbe los matices del conjunto, y aunque Fantino haga todo lo posible por pararlo (“¡pará Javier!”), Milei no para porque no puede.

Ismael Bermúdez, especialista en economía de Clarín desde hace décadas y uno de los panelistas de esa noche inaugural, desliza la posibilidad de discutir de una manera menos excluyente: “Alguien puede estar en desacuerdo con el libro de Keynes, pero no lo puede calificar de basura”. Lejos de dar el paso hacia la condescendencia de la horizontalidad, Milei vuelve a acelerar las turbinas de la agresión: “Ese libro es una basura. Te discuto capítulo por capítulo y te demuestro que es una basura. Es un montón de inconsistencias. ¿Vos sabías que Keynes solamente tomó un solo curso de economía? ¿Sabías eso?”. Entonces, Bermúdez, ante la imposibilidad ya no de un encuentro con su interlocutor sino de un mínimo roce de reconocimiento, pronuncia una frase en voz baja que es la memoria descriptiva de la situación: “Yo no voy a defender a Keynes, pero tampoco voy a decir que es una basura. Es una falta de respeto a la propia discusión”.

Puede que lo haya sido, pero lo que se desnaturaliza en una conversación redonda encuentra su cauce natural en el populismo de mercado que determina los hábitos del entretenimiento. Lo reveló Fantino años más tarde: “Cómo es de decisorio el rating en nuestra profesión: el flaco entró cuando el rating estaba en 2,5 y lo llevó a 7”. Después pasó de ese talk show en el que se discutía la política y la economía a otro, Intratables, también en América, donde los 5 puntos de rating pasaron a 9, y entonces –en palabras de Fantino– “no salió más de la tele”.

☛ Título: Milei, fenómeno verbal

☛ Autor: Juan José Becerra

☛ Editorial: SXXI editores

☛ Edición: Mayo 2026

☛ Páginas: 160

Datos del autor

Juan José Becerra Nació en Junín, provincia de Buenos Aires, en 1965.

Es autor de, entre otros libros, los ensayos Grasa (2007), La vaca. Viaje a la pampa carnívora (2007), Patriotas (2009), Fenómenos argentinos (2018) y Nombres (2026); y las novelas Santo (1994), Atlántida (2001), Miles de años (2004), Toda la verdad (2010), La interpretación de un libro (2012), El espectáculo del tiempo (2015), El artista más grande del mundo (2017), ¡Felicidades! (2019), Amor (2023) y el díptico Un hombre - Dos mujeres (2025).