El peronismo es una identidad más que una doctrina, sostiene Alejandro Grimson en su libro ¿Qué es el peronismo? De Perón a los Kirchner, el movimiento que no deja de conmover la política argentina. “Si el peronismo fuera simplemente la doctrina de Perón, debería haberse extinguido o debilitado extraordinariamente después de 1974. Y tampoco desapareció después de la dictadura, de la derrota electoral de 1983, del menemismo, de la crisis de 2001 ni posteriormente del kirchnerismo. Lo que permanece no es necesariamente un programa económico determinado, sino una identidad política capaz de resignificarse”.
Si el peronismo tiene mayor continuidad identitaria que programática; si no hay un contenido económico único que atraviese intacto 1945, 1973, 1989, 2003 y 2015; si no es una ideología coherente y estable; si las contradicciones no son una anomalía sino que le son constitutivas; si lo que permanece es una identidad histórica y una manera de organizar antagonismos políticos, asociada especialmente a la incorporación de sectores populares, la justicia social, el papel del Estado y una determinada memoria del conflicto entre pueblo y élites, pero el significado concreto de esos elementos cambia enormemente según la época; y si, entonces, el peronismo cambia para poder seguir siendo peronismo: ¿cuál es la “doctrina” adecuada para que el peronismo pueda gobernar a partir del 10 de diciembre de 2027, cuando el contexto sea de equilibrio fiscal, tarifas corregidas –la gran pelea de Cristina Kirchner con Guzmán y Alberto Fernández–, sin organizaciones sociales cortando calles –al revés, la gran crítica de Cristina Kirchner a Alberto Fernández–, inflación anual camino a un dígito y balanza comercial superavitaria, pero, al mismo tiempo, consumo y salarios por el piso y una deuda con organismos internacionales imposible de defaultear y con vencimientos de corto plazo?
Hay dos características casi invariables del peronismo: la construcción adversarial y el liderazgo personalista. Y también dos grandes tribus, con orígenes y subjetividades totalmente diferentes, que apenas amalgaman lo que Wittgenstein llamaría un “parecido de familia”: el peronismo territorial-corporativo y el peronismo ideológico-cultural; el que organiza intereses y el que organiza significados; el pragmático y el doctrinario; el conservador y el progresista.
Resulta sintomático que la tribu que era minoritaria se expandiera porque una parte considerable de la intelectualidad progresista se hizo peronista, mientras que una porción de los trabajadores populares, que constituían su base mayoritaria, comenzó a votar a una derecha antiperonista.
Kicillof genera una disonancia con el imaginario peronista: no viene del sindicalismo, de una intendencia ni del aparato del PJ. Es economista de la Universidad de Buenos Aires, profesor universitario e investigador, proveniente de una cultura política porteña de izquierda. Pero haber sido gobernador durante dos períodos obligó a Kicillof a relacionarse cotidianamente con intendentes, policías, sindicalistas, empresarios de obra pública, movimientos sociales y todas las formas del aparato territorial. Pasó de ser fundamentalmente un productor de ideas a convertirse en un administrador territorial del poder, lo que lo acerca progresivamente a la otra tribu.
Su Movimiento Derecho al Futuro (MDF), creado en febrero de 2025, es revelador: nació apoyándose precisamente en intendentes, legisladores, sindicatos y organizaciones sociales, y no como un nuevo grupo de intelectuales.
Corrupción. El talón de Aquiles del peronismo es la identificación con la corrupción que una amplia mayoría de la población asigna a sus dirigentes. La asociación no es imaginaria: tanto el menemismo como el kirchnerismo quedaron marcados por casos de corrupción. Menem terminó su vida con una condena por sobresueldos confirmada por Casación, y Cristina Kirchner está presa, además de condenada. Desde María Julia Alsogaray e IBM-Banco Nación, pasando por Skanska, Lázaro Báez y los bolsos de López, hasta la causa Cuadernos.
La corrupción no es un fenómeno exclusivamente peronista y podría decirse que el peronismo fue objeto de más investigaciones porque Menem gobernó diez años y el kirchnerismo doce, y que si algún gobierno del PRO o LLA se extendiera una década o más podrían comprobarse situaciones similares. Pero la imagen no solo quedó congelada sino que se renueva con ejemplos como el de Insaurralde en el barco El Bandido y los fajos de dólares en su vestidor; Facundo Moyano en un lujoso piso de la Avenida del Libertador, visibilizado por un escándalo personal; la integrante de La Cámpora María Soledad Calle, que manejaba fondos de la UOM, con 25 viajes por año al exterior, casa en un barrio cerrado y autos importados, y que compró el piso de abajo de Cristina Kirchner; hasta el viaje al Caribe del matrimonio de Sergio Massa en avión privado, con escalas de ida y regreso en países limítrofes para disimular.
El problema se agiganta por la estética impúdica: ¿era necesario que el barco usado por el intendente de Lomas de Zamora se llamara El Bandido? ¿Que el hijo de un sindicalista viva en la Avenida del Libertador y su relación fuera con una modelo? ¿Que la administradora de la UOM viajase en poco más de un año tres veces a Países Bajos, tres a Francia, dos a Italia, además de Alemania, España, Brasil, Uruguay, Estados Unidos, Panamá, Colombia y Turquía? ¿O que alguien experto como Massa viajase en avión privado al Caribe y lo disimulara con sospechosas paradas?
Lo mismo podría decirse de Néstor Kirchner, de él mismo abrazando cajas fuertes y de su banda de impresentables ladrones poco sofisticados. Con políticas económicas en las antípodas, esa forma de corrupción une al menemismo con el kirchnerismo en un contexto de elevada concentración del Poder Ejecutivo, altísima discrecionalidad y débiles mecanismos de accountability.
Honestidad. ¿Puede un honesto ser la vacuna contra la infección de la palabra corrupción en el vocablo peronismo o convertirse apenas en la excepción que confirma la regla? Y, peor aún, que se le atribuya: “Kicillof podrá no robar, pero gobierna con los mismos que roban”. Por eso no alcanza con su exiguo patrimonio –el mismo auto, la misma Volkswagen Suran que tenía cuando era diputado–, porque la verdadera prueba no es su propio patrimonio sino qué hace ante los casos de corrupción de su propio campo político.
La honestidad personal no se transfiere automáticamente a una organización, como quedó demostrado en el caso de Insaurralde, a quien Cristina Kirchner obligó a Kicillof a nombrar nada menos que jefe de Gabinete de Ministros del gobernador de la provincia de Buenos Aires.
Y quizás no resulte paradójico que el principal candidato presidencial del peronismo sea justamente una persona con imagen de honesto como Kicillof, porque ese atributo puede modificar un esquema cognitivo instalado durante décadas.
“Más Estado es igual a más corrupción” como axioma fundacional del mileísmo se dirige directamente al corazón del peronismo, donde populismo, clientelismo y casta son distintas formas de expresar la misma crítica. Para triunfar en las elecciones deberá refutarlo consistentemente, con el agravante de que Cristina Kirchner está directamente connotada con corrupción y defender su absolución reafirma la asociación del peronismo con la corrupción.
No habrá renovación peronista ni “innovar, reinterpretar y reconfigurar nuestras mejores experiencias”, como propone Kicillof con sus aún no cantadas nuevas canciones, sin desactivar la metonimia corrupción-peronismo.
Deberá concebir una nueva doctrina del poder que considere los controles institucionales parte del proyecto popular y no un obstáculo para realizarlo. Y, así, poder generar una nueva reputación colectiva para el peronismo, distinta de la que se fue formando durante décadas.
Esta semana, al definir su alternativa, Kicillof habló de “justicia social, soberanía e independencia”, pero simultáneamente pidió “innovar, reinterpretar y reconfigurar nuestras mejores experiencias”. Paradójicamente, la honestidad podría ser más importante para Kicillof que su programa económico. O, por lo menos, igualmente importante.