Una de las hipótesis más corrientes para explicar la relación entre fotografía y pintura es la que sugiere que la potencia realista de la fotografía obligó a la pintura a abandonar ese lugar y desplazarse hacia la impresión, y más allá hacia las vanguardias no figurativas. Ya no era necesario ningún David para pintar La coronación de Napoleón, sino que alcanzaba con contratar un buen fotógrafo. A mí siempre me pareció una explicación insuficiente. Conservo de mi viejo pasaje por la sociología (pero, ¿pasé alguna vez yo por allí?) la idea de que todo hecho social debe explicarse al menos por dos variables, de lo contrario estamos en presencia de un tipo de explicación mecanicista y vulgar, también llamado periodismo. Ninguna frase es más radical que al mismo tiempo: el momento en que después de haber desarrollado la primera variable explicativa de un modo convincente, se incorpora inesperadamente la segunda, por lo general opuesta a la primera o en tensión dialéctica con ella (al mismo tiempo que sucede esto, también sucede esto otro) hasta llegar al extremo en que ese al mismo tiempo funciona como una máquina que hace crujir la propia explicación, que le saca chispas, que la vuelve un acontecimiento: la irrupción de lo nuevo.
Sin embargo, hay algo en esa explicación de la relación entre fotografía y pintura que no deja de ser interesante: la idea de que dos tecnologías, dos soportes, dos prácticas compitan, choquen entre sí, colisionen por ocupar un mismo imaginario social. La situación para el arte no viene nunca dada de antemano, sino que el espacio que ocupa es siempre el resultado de combates, de guerras de discursos, de estrategias económicas, de contiendas entre doxas en las que el discurso ganador, como acto inaugural, borra la historia misma del combate, las huellas de que hubo una pelea, para convertirse lo antes posible en habla naturalizada, sentido común. ¿Se encuentra hoy la literatura en una situación así? ¿Contra quién combate? O mejor dicho: ¿quién la combate? El clima de época es totalitariamente antiintelectual, y un manifiesto odio a la literatura y al pensamiento crítico recorre buena parte de la sociedad, incluso entre muchos de los actores del campo literario. Se soporta a la literatura siempre y cuando pida disculpas: el escritor se arrodilla y declara “yo sólo cuento historias”, abdicando precisamente de la posibilidad de hacer literatura, es decir, de contar una historia al mismo tiempo que se cuenta otra, al mismo tiempo en que se pone en cuestión eso que se cuenta. La literatura –o al menos el tipo de literatura que a mí me interesa– se encuentra hoy en pleno combate contra un tipo de relato al que se puede llamar “narración temática”. No es una disputa por la posibilidad de la novela de dar sentido a un orden social (a lo Dickens, a lo Balzac), sino de un combate por algo más profundo: por el sentido mismo de lo que entendemos por narración. Es una meta-discusión (no discutimos por contenidos, sino sobre procedimientos) en donde está en juego la capacidad de la literatura para poner en cuestión los ámbitos de legitimidad y sus evidentes puntos de pasajes (como la lengua de los estudios culturales de la academia norteamericana y su aplicación mecánica en las novelas temáticas sobre todos los temas de los lugares comunes del progresismo de mercado).