Resistir en estos tiempos
Diferentes voces de Gaza.
Este libro es producto de la conmoción que me produjo lo acontecido el 7 de octubre de 2023 y todo lo que siguió después.
El proyecto arrancó en junio de 2025, pero se termina de escribir con el aparente fin de esta etapa de destrucción con el acuerdo forzado por Estados Unidos a Israel e impuesto por algunos países árabes a Hamas, que se verá en que derivará.
Los muertos, las vidas destruidas, las comunidades y ciudades arrasadas en Gaza y los crímenes cometidos de forma constante por la versión kahanista del sionismo, que expresa el actual gobierno de Israel después de la horrenda y criminal masacre perpetrada por Hamas, no deben ser olvidados, más allá de pausas y procesos de paz inciertos al día de hoy.
Soy un judío, nacido a la política en la transición democrática de comienzos de los ochenta. Las primeras veces que marché por las calles en mi vida fui convocado por las voces y los gritos de las Madres de Plaza de Mayo. Desde entonces, la lucha contra la impunidad tuvo un lugar central en mi trayectoria vital y política. Mi identidad se conforma en el rechazo a la deshumanización y la advertencia acerca de cualquier construcción política que se presente como emancipatoria, pero que, en la práctica, demuestre que se afianza en la destrucción de vidas ajenas. De hecho, el genocidio ha sido una temática central en mis preocupaciones políticas y en mi desarrollo académico en la carrera de Sociología de la Universidad de Buenos Aires. También en los diversos cruces que fui conceptualizando, entre el exterminio nazi y la última dictadura cívico-militar que tuvo lugar en la Argentina entre 1976 y 1983.
El conflicto entre Israel y Palestina siempre ha estado, de una forma u otra, cerca. Quizá se deba a que vengo de una familia judía tradicionalista y sionista con raíces palestinas. La familia de mi padre es una rareza: judíos palestinos. Mi abuela nació en Hebrón al comienzo del siglo XX, y mi abuelo, en Jerusalén a fines del siglo XIX. Hebrón hoy es una ciudad palestina con un barrio de colonos judíos. De parte de ambos abuelos, muchas generaciones en la antigua Palestina llevaron el apellido Levy. Ellos eran, de hecho, primos lejanos. Llegaron a la Argentina recién casados entre 1925 y 1926. Su familia creció en este país.
Mi hermana, una judía tradicionalista, secular en su adolescencia y más religiosa hoy, se fue a vivir a un kibutz en 1986, a sus 20 años. La comunidad allí era marcadamente de izquierda, y se encontraba en la triple frontera entre Gaza, Egipto e Israel. A los pocos años, dejó el kibutz y se casó con un hijo de sobrevivientes de Auschwitz. Tuvo cuatro hijos israelíes, que se criaron gran parte de su vida en una de las colonias judías más importantes de la Cisjordania ocupada.
Conozco muy bien varias colonias de Cisjordania, su gente y su mística nacional religiosa. También conozco algunos de los pequeños pueblos palestinos que las circundan. Por ello, puedo estar seguro de que este libro, si llegara a ellos en estos tiempos, no les gustaría. Su enojo es uno de los costos a los que me arriesgo por no hacer silencio.
Cuando comenzó la guerra entre Israel y Palestina, decidí que lo mejor era visibilizar para lectores en español voces y trayectorias que desde Israel no renuncian a sus convicciones y que, desde distintas búsquedas, lugares y trayectorias vitales, son la resistencia a la destrucción de lo que queda de una idea de un Israel democrático para judíos y palestinos, de la posibilidad de una solución política y humana que no incluya supremacismos ni tolere la ocupación.
Este aporte apunta a mostrar, a visibilizar lo que Israel todavía conserva de humanismo y pluralidad, que es bien distinto de lo que sus dirigentes y su guerra de destrucción exhiben e imponen cada día. Ningún país, ningún pueblo es una sola cosa, y las generalizaciones siempre tienen fines opuestos a la comprensión honesta de la realidad. Además, en estos tiempos, son funcionales a la cultura fascista que vuelve a emerger en el mundo.
No podemos permitirnos soluciones que incluyan la eliminación de ninguno de los pueblos.
Fui a Israel en 11 oportunidades. Siempre recorrí, vi, hable, trabajé, pregunté, entrevisté, abrí los ojos y absorbí todo lo que pude.
Estuve en la primera Guerra del Golfo a principios de 1991, con los misiles que lanzaba desde Irak el derrocado y asesinado líder Saddam Hussein y, por una diferencia de minutos, no llegué a subir a un colectivo que explotó en Tel Aviv.
Estoy conformado por emociones y recuerdos intensos de mi experiencia judía desde mi más tierna infancia: acompañar a mi papá en el día del perdón al templo que fundaron los judíos venidos de Jerusalén en el barrio de Once, mi trayectoria de niño y adolescente y de adulto joven en distintas comunidades judías tradicionalistas, mis lecturas, la emoción que sentí cada vez que escuchaba el Hatikva,himno de Israel, y ya de adulto, mi encuentro en la carrera de Sociología con el cruce de la experiencia judía bajo el genocidio nazi y el genocidio cometido en la Argentina bajo la dictadura, donde se crearon colectivos de trabajo de los que todavía soy parte. Todo esto paralelamente con una militancia política que desarrollé, sobre todo durante los años noventa.
En 2005, en el contexto de la retirada de Israel de las colonias de Gaza, un adolescente palestino vestido de judío ortodoxo hizo dedo a la salida de la colonia de Cisjordania donde vivía mi familia y se inmoló con explosivos en el auto con el único amigo que tenía mi sobrino mayor, y al que yo conocía desde muy chico. Los dos jóvenes el que se explotó y Jacket, el amigo de la infancia de mi sobrino murieron despedazados. Ambos tenían 15 años.
Soy profesor en una escuela judía hace casi treinta años y he dado capacitaciones en muchas instituciones judías sobre la temática del genocidio. Nunca estuve fuera del mundo comunitario judío y siempre me mantuve al tanto de los relatos de cada época y lugar y presencié los enormes cambios ideológicos que se fueron forjando en la comunidad judía argentina después de los atentados de 1992 y, sobre todo, del ataque a la AMIA en 1994. También presencié y padecí todas las operaciones de guerra psicológica que se hicieron sobre buena parte de la comunidad, particularmente a partir de 2013.
Pude ver, entender, criticar y reírme con todos los formatos que asumió el sentido común medio de la comunidad judía a lo largo de estas décadas. Casi siempre me sentí ajeno y en minoría.
Soy parte de un colectivo imaginario porque no existe como tal, pero del que doy fe de su existencia no tan minoritaria, de los que fuimos constituidos identitariamente en familias tradicionales e instituciones judías y sionistas a las que, por momentos, sentimos tremendamente propias, pero de las que siempre nos hemos planteado muchas preguntas. Nuestra pertenencia no obturó nuestro pensamiento crítico. Nuestro compromiso es con nuestras convicciones humanistas que, en su gran parte, nacen de la cultura judía y de la experiencia judía en la Argentina. Nos bancamos ser minoría señalada como traidora o, como mínimo, ingenua, dentro de una mayoría que ha seguido sin resistencia los pasos de la derechización de las instituciones judías y del Estado de Israel de la mano de un absoluto empobrecimiento intelectual y cultural.
Pareciera que va dominando la imposición de una marca judía muy en el formato de los grupos de lobby de los Estados Unidos, los negocios financieros y de seguridad que explican bastante los alineamientos y los vínculos entre las principales instituciones judías algunas de las cuales asumen la persecución y estigmatización de las voces disidentes y la derecha política partidaria en nuestro país.
Otros sectores minoritarios de la comunidad, más en sintonía con mi pensamiento, no los transité en mi adolescencia por el cerco invisible y natural de familia y amigos, solo escuché de oídas su existencia. Hoy mis hijos concurren a un centro de ese espacio fundado por el abuelo de mi esposa, obrero judío y comunista, al que no conocí, pero con quien me enredo en charlas imaginarias que me hubiese encantado tener.
Sentí la necesidad y la obligación de decir algo potente después del 7 de octubre de 2023, más allá de conversaciones personales y familiares, de clases o de posteos en redes sociales. No hay lugar para el silencio frente a tanta barbarie y deshumanización. De esa inquietud surge este libro, que se propone pensar y hablar sobre Gaza, sobre el 7 de octubre, sobre qué modificó a la identidad judía, en qué transformó a la democracia israelí, cómo se reconfiguró la vida entre israelíes judíos y palestinos, qué posibilidades hay de un cambio político en Israel y, más utópicamente, de la posibilidad de una vida común entre iguales, entre poblaciones que no van a abandonar el lugar donde viven, ni sus identidades históricas, nacionales y religiosas, ni sus relatos, y que están condenadas a coexistir o exterminarse. (...)
Releyendo los artículos de este libro, pienso en las y los que siguen resistiendo dentro de Israel: quienes sostienen carteles con los niños asesinados en Gaza en las marchas, quienes no quieren que todo esto termine con la más absoluta impunidad de los responsables de tantos crímenes, quienes se oponen al hostigamiento a la población palestina por parte de colonos en Cisjordania, quienes rechazan el crecimiento permanente de la ocupación, quienes ayudan a ingresar insumos para la población civil en Gaza o los que marchan hasta las fronteras para pedir a los soldados que no participen de la destrucción del territorio donde viven dos millones de personas.
Ninguno de ellos tiene una memoria excluyente. La fecha del 7 de octubre es el día de los masacrados por Hamas y los secuestrados que se convirtieron en rehenes. Pero también es el comienzo de la más grande tragedia palestina en términos de víctimas y destrucción. Fuera de Israel, sin embargo, esa mirada integral parece clausurada, especialmente en el mundo judío, donde nombrar los crímenes del Estado de Israel te convierte en enemigo, aunque seas judío y aunque tus credenciales sean intachables.
La prohibición de pensar y la amenaza de la condena pública obturan cualquier discusión política honesta que parta de preguntas básicas para los que no quieren solo repetir relatos vacíos como mantras, tranquilizando sus conciencias.
¿Qué hubiese pasado si los distintos gobiernos de Israel por lo menos los que condujo Benjamín Netanyahu no alimentaban y sostenían durante años el poder de Hamas en Gaza? ¿Qué cambiaba si en vez de debilitar, hostigar, estigmatizar y humillar a la dirigencia palestina secular que acepta la solución de dos Estados se la hubiese fortalecido? ¿Qué hubiese sucedido si después de los Acuerdos de Oslo que generaron un gran apoyo popular entre judíos y palestinos se hubiese avanzado hacia un Estado palestino independiente, en vez de hacer crecer exponencialmente las colonias en los territorios ocupados y crear un sistema con cientos de puestos de control (checkpoints) para hacer imposible la circulación y que los palestinos sientan a cada minuto en su piel la ocupación?
También me pregunto: ¿Hubiese sido la misma reacción mundial en la que se mezcló la oposición legítima a la política del gobierno israelí con viejos resentimientos contra los judíos si las representaciones comunitarias de cada país no hubiesen sido meras repetidoras del discurso oficial del gobierno de Israel y perseguidoras de voces críticas? ¿Podrían haber actuado con valentía y dado cuenta de la diversidad de voces que existen en la comunidad que dicen representar?
La prohibición de mirar a Gaza, de ponerle cara y nombre a sus miles de víctimas colaterales niñas y niños, mujeres y ancianos se extiende, y tampoco se puede hablar de los soldados suicidados a su regreso de Gaza, de los reservistas encarcelados por negarse a ir a la guerra, ni de los ex rehenes que contradicen el relato oficial.
Otras preguntas más molestas y que deberían tener consecuencias políticas y judiciales pueden ser: ¿por qué el gobierno de Israel no aceptó propuestas de canje de rehenes por presos palestinos, muy similares a lo que finalmente se llevó a cabo, lo que hubiese salvado la vida de muchos rehenes y evitado tantas muertes en nombre de la guerra?
Del otro lado, la solidaridad con el pueblo palestino bandera principal de la izquierda europea revitalizada en estos dos años parece exigir silencio sobre los crímenes de Hamas y del islamismo reaccionario. Mostrar las fotos de las jóvenes asesinadas cobardemente por varones en la fiesta electrónica Nova parece volverte cómplice del genocidio. Inclusive en Argentina pareciera que no se expresa alegría por la liberación de los argentinos que estuvieron secuestrados durante dos años. Es una tarea fundamental no doblegarse ante esta doble censura que manifiesta el reinado de la instrumentalización del dolor ajeno para hacer política barata.
El Estado de Israel nació como respuesta al exterminio judío, nos relatan. El exterminio de los judíos europeos aceleró un proceso que ya se había iniciado hacía décadas. Muchos de los sobrevivientes totalmente discriminados y estigmatizados en el naciente Israel formaron parte del nuevo Estado, pero nunca ni ellos ni sus descendientes fueron, ni por lejos, la mayoría de la población judía israelí.
Sin embargo, ser el país de las víctimas se convirtió, con el tiempo, en un sello de impunidad: el carácter de víctima eterna, la idea de que un nuevo Holocausto es inminente ha venido siendo un arma potente para victimizar hace más de 80 años a los palestinos, para lograr silenciar su expulsión nunca reparada ni aceptada, para hacer desaparecer cientos de poblados y cambiar decenas de nombres de ciudades y hasta negar la existencia misma del pueblo palestino.
Sin embargo, desde otro extremo, muchos de los que denuncian el uso de la victimización por parte de Israel se montan sobre esta idea para decir muy livianamente quelas víctimas de los campos de exterminio de ayer son los victimarios de hoy. Tal vez sin ser conscientes de que esto contribuye a atacar las potentes políticas de memoria que se han construido durante las décadas pasadas contra el nazismo. Paradójicamente, incluso aquellos que festejan el exterminio judío de la Segunda Guerra Mundial, pero no pueden hacerlo público, en muchos casos se suman a este relato alegremente.
Deberíamos ser más cuidadosos. ¿Quién dijo que los poquísimos sobrevivientes del nazismo que hoy están con vida avalan la matanza de Gaza? En Israel, ellos y sus descendientes no superan el 15-20% de la población judía. ¿Alguien se tomó el trabajo de medir la relación entre ser descendiente directo de víctimas del exterminio nazi y el apoyo a la destrucción de la vida de los palestinos en Gaza?
Nadie. Solo se reproduce el relato victimizante que se critica para usarlo con otros fines.
Se acercan los tiempos de la construcción de los relatos de lo que pasó y, sobre todo, el tiempo de la política para ver si este fin provisorio de la matanza y la destrucción y la vuelta de los rehenes genera algo más que la imposición apresurada del presidente de Estados Unidos Donald Trump, que se siente un nuevo emperador del Universo, mientras vemos a tantos líderes mundiales rendirse ante su poder, aplaudiendo su trato informal y su falta de límites.
Sin duda, las movilizaciones en Israel y el mundo, los informes de organismos internacionales, el reconocimiento del Estado palestino por varios países y el giro de la opinión pública estadounidense configuraron un nuevo escenario. El eje Egipto-Qatar-Turquía-Arabia-Saudita gana protagonismo, la Autoridad Palestina vuelve a ser interlocutora y el proyecto de una Gaza colonizada para negocios la Riviera soñada por el ministro de Finanzas israelí Bezalel Smotrich y el presidente Trump pierde, por el momento, fuerza.
Sin embargo, el optimismo debe ser acotado teniendo en cuenta quiénes son los actores principales de esta nueva etapa. Estados Unidos, el eje de los países árabes y musulmanes anti-Irán y pro-Estados Unidos e Israel, al que se le impuso el final de la campaña militar, son los ganadores y los que, por ahora, condicionan los bordes de la futura hoja de ruta. Veremos qué habrá más allá de eso. Difícil que el que gana en el campo de batalla pierda todo en la mesa política posterior.
Durante estos dos años, Israel ganó militarmente todo. Destruyó las capacidades de Hamas. La gran mayoría de sus dirigentes políticos y militares previos al 7 de octubre hoy están presos o muertos.
Israel logró doblegar a la milicia no estatal más importante del mundo como Hezbolá; la Siria de Bashar al-Assad el Estado con mayor poder militar, en sus fronteras y el aliado principal de Irán no existe más como tal. Los ex Al Qaeda que la gobiernan buscan alinearse con Occidente. Israel demostró su dominio total de los cielos de Medio Oriente, pudo ir a Teherán, bombardear y volver. Irán, que sostenía a todos los grupos que no querían ninguna salida política al conflicto, está aislado y más preocupado por su supervivencia.
Difícil que en este escenario un actor que no sea Trump le imponga condiciones al gobierno de Israel. Este final parcial, por suerte, implica la derrota política regional no solo de Irán, sino de los sectores de la sociedad israelí más reaccionarios, fascistas y fundamentalistas que deberán guardar, por ahora, sus utopías redentoras de soluciones finales al problema palestino.
La limpieza étnica en Gaza, planificada pensada y presupuestada con su proyecto de negocios inmobiliarios y turísticos, parece quedar sepultada. No solo por el acomodamiento de Trump frente al cambio de la opinión pública norteamericana, sino por la presión cada vez más activa, de países aliados árabes y musulmanes que son el eje antiiraní en la región, pero que tienen poblaciones para las que la causa palestina es muy fuerte.
También la población palestina de Gaza tiene mérito en el logro de obturar su expulsión. Bombardeada, asesinada, hambreada, corrida una y otra vez, no mostró voluntad por salir de Gaza y someterse a un nuevo exilio.
Es una población que ha mostrado capacidad de resiliencia, que festeja la vuelta de sus presos, que reconstruirá sus hogares y, si logra tener una conducción política que no la lleve a la autodestrucción ni a la sumisión, podrá escribir una nueva historia.
Lo viejo y lo nuevo
El lenguaje de Netanyahu en su discurso en la ONU a fines de septiembre de 2025, con la sala casi vacía, se inscribe en el borde construido para las intervenciones militares internacionales posteriores a la caída del mundo comunista europeo a principio de los años noventa.
Su discurso y su tono no remiten a Hitler ni a Mussolini, como les gusta caricaturizar a algunos. Tampoco es Milei a los gritos e insultos escupiendo odio.
Este Netanyahu se nos presenta con razonamientos simples, básicos, opacos, inscribiendo su guerra en la continuidad de la guerra contra el terrorismo que se convirtió en el eje ordenador de la política bélica de los Estados Unidos y Europa occidental, después de la voladura de las Torres Gemelas el 11 de septiembre de 2001.
Las guerras humanitarias, nacidas en 1991 con la caída de la Unión Soviética y, diez años después, su articulación con la guerra contra el terrorismo. Si tenemos que buscar un parecido, un aire de familia en ese Netanyahu es con George Bush después del 11 de septiembre de 2001.
Es alguien que dice representar a Occidente y sus intereses frente al terrorismo islámico. Alguien que usa estrategias didácticas primitivas y binarias que abrevan solo en el relato de estar sosteniendo en soledad una lucha civilizatoria contra un enemigo terrorista que amenaza a la civilización occidental en su conjunto.
Netanyahu se presenta como jefe de un gobierno que trata de minimizar la muerte de civiles. Señala que son los terroristas quienes los condenan al usarlos como escudos humanos. Cuando las noticias más escandalosas de matanzas logran romper el cerco del silencio y el anonimato, son nombradas como daños colaterales no buscados y, por supuesto, nunca condenados.
Netanyahu usa la caja de herramientas del lenguaje inaugurado en las campañas autotituladas guerras humanitarias de Estados Unidos y la OTAN luego de la caída del comunismo europeo: Irak 1991, Somalia 1994, los Balcanes 1995 a 1998, y le agrega toda la batería discursiva de la lucha contra el terrorismo mundializada luego de la voladura de las Torres Gemelas en 2001, la posterior invasión a Afganistán, la nueva guerra en Irak en 2003 y también en Libia años más tarde.
El islamismo radical sobre todo después del atentado a las Torres Gemelas fue el puente que abrió la puerta a todo tipo de intervención militar, permitió renovar el negocio de la guerra, rediseñar regiones y zonas de influencia, condicionar países con la imposición de leyes antiterroristas. De esta manera, se horadó toda la batería de límites jurídicos a la acción criminal de los Estados que se habían establecido después de la Segunda Guerra Mundial mediante la intervención de organismos como la ONU, diferentes convenciones internacionales y tribunales especiales.
La lucha contra el terrorismo habilitó empezar a revertir todo un andamiaje jurídico y cultural si bien menos efectivo en la práctica que en el enunciado que había sido aceptado como piso para las democracias occidentales.
☛ Título: Sobre los escombros de Gaza
☛ Compilador: Guillermo Levy
☛ Editorial: Marea
☛ Edición: 2025
☛ Páginas: 232
Datos del autor
Elías Guillermo Levy nació en Nueva York, en 1967, pero vive en Buenos Aires desde 1970 y es argentino por opción.
Es profesor de la carrera de Sociología, en la Facultad de Ciencias Sociales (UBA), y de la carrera de Abogacía, en la Universidad Nacional de Avellaneda (Undav). Además, es profesor en escuelas de educación media y es capacitador docente en la temática de genocidio y sus abordajes didácticos.
Es subsecretario de Extensión de la Facultad de Ciencias Sociales (UBA). Dirigió diversos proyectos de investigación, entre los que se destaca el relevamiento nacional “Escuela y Memoria”, realizado entre la Facultad de Ciencias Sociales (UBA) y el Ministerio de Educación, durante 2015.