Durante un tiempo en que viví en un refugio de montaña, cada mañana despertaba cuando aún era de noche en el invierno austral y, parado frente a la ventana de mi cabaña de madera, solo veía niebla.
Sabía que a un lado y al otro de esa nube echada en el paisaje había un bosque milenario. Sabía que bajo esa estepa de agua condensada solían pastar once vacas y que en el fondo del paisaje oculto se erguía la cordillera, como un límite y como una promesa. Pero la incertidumbre sobre lo que sería alumbrado por el rayo del sol igual persistía. El misterio de cada mañana me impulsaba a sentarme ante la máquina y escribir.
La luz del sol, si el sol se dignaba, lograba con cierta rapidez hacer desaparecer la neblina. Y a medida que la deshacía, se podía confirmar la existencia de un mundo allí atrás. El mismo mundo, aparentemente. Lo más interesante era ver qué atisbaba uno de ese mundo perdido tras la cortina de incertidumbre antes de que la niebla se desvaneciera por completo. Buscar con paciencia la forma, el sentido de la luz en el horizonte –la existencia imaginada del bosque, los animales, las montañas lejanas–, me hacía sentir la certeza de que estaba allí.
La autoestima en provecho del éxito personal es algo que les estaba vedado
Durante un tiempo usé este recuerdo, convertido en una metáfora básica pero muy concreta, para conversar sobre el futuro con los estudiantes en la universidad. Vuelve ahora al escribir sobre por qué este libro, por qué estos textos, qué intentamos atisbar en un tiempo que se siente como la niebla que precipitó la noche: el ascenso al gobierno de un proyecto de ultraderecha, hace apenas dos años, en diciembre de 2023.
Argentina (re)sentida no solo indaga en el horizonte de las afectividades y las subjetividades políticas en esta era de liderazgos ultra y explotación deliberada de las emociones, sino que también ensaya un gesto de relectura. Vuelve sobre lo vivido –el malestar, la rabia, la ilusión, la tristeza– no para clausurarlo, sino para re-sentirlo. Para permitir que ese sentir, cruzado por otros lenguajes y otros prismas de análisis, hable en un nuevo registro. Intenta atisbar un mundo que sabemos allí afuera, al que tenemos que mirar con paciencia persistente para lograr despejar, aunque sea un poco, la bruma de la época. (…)
Vos podés, dice el lema básico de cualquier anuncio publicitario, en su tentativa de seducir al potencial consumidor en que nos hemos convertido. O sea: si querés algo, deberías poder obtenerlo. Se supone que cada uno es libre para elegir lo que desea y, también, es responsable por su propio éxito (o fracaso).
En tiempos de alta competitividad y falencia de las instituciones públicas, nada está garantizado, de modo que nadie debería desperdiciar sus escasos recursos de tiempo, dinero y energía para dedicarse a algo que no sea lo único importante: Yo. No por casualidad, eslóganes como Yes, you can, o bien Just do it, Porque tú lo vales y Yo me lo merezco han tenido tanto éxito en los últimos años.
Pero no siempre fue así: hasta hace algunas décadas, en realidad, Yo no podía (ni me merecía) casi nada. Por más que a veces quisiera algunas cosas. Si es que uno se atrevía a querer lo que fuera, porque mucho de lo que solía desearse por entonces era inmoral o ilegal; o ambos impedimentos a la vez. Un severo Usted debe definía a los ciudadanos de los siglos XIX y XX, que intentaban comportarse de la manera más “normal” posible para no sentirse culpables y recibir sus “merecidos” castigos. Había que reprimirse, en suma, porque los elevados designios de la civilización lo merecían (y podían) mucho más que los salvajes instintos aprisionados dentro de cada minúscula alma secular.
A lo largo de la era moderna, por tanto, las libertades individuales se sacrificaban en nombre de intereses colectivos o trascendentes, sin dejar mucho margen para los vapuleados caprichos del Yo. Sin embargo, las cosas empezaron a alterarse en la segunda mitad del siglo XX. Las rebeliones juveniles de las décadas del sesenta y setenta se ensañaron contra las ajadas rigideces de la “moral burguesa” y esos modos de vivir que se habían vuelto anticuados, provocando cierta reinvención del capitalismo en clave neoliberal.
Entonces todo cambió para que nada cambie: valores como la libre iniciativa y el espíritu emprendedor ofuscaron, con su renovado brillo, a la vetusta virtud de cumplir con las normas respetando las jerarquías tradicionales. Comparado con el glamour de los empresarios, influencers y emprendedores de hoy en día, nada luce más gris que ser un empleado, un proletario o un funcionario del analógico siglo pasado. Junto con esa transmutación o ese rebranding del perfil de los trabajadores, también hubo otros cataclismos: se agrietó el substrato moral sobre el cual se había edificado aquel viejo mundo.
Rumbo al ‘wellness burnout’
Esas creencias que se fueron desgastando se sostenían en cierta “ética protestante”, como diagnosticó Max Weber en su célebre veredicto de 1905. ¿De qué se trata? Una adaptación más o menos laica de los valores cristianos, que se propagó tras la reforma eclesiástica desencadenada en el siglo XVI, dando a luz al espíritu original del capitalismo.
El ascetismo puritano, al transferirse de los monasterios medievales hacia la vida profesional que florecía en las sociedades democráticas del norte de Europa, contribuyó a asentar el deber y la disciplina como vectores cruciales de la era industrial.
Entre sus virtudes más eminentes se destacan la valorización del trabajo y la gestión utilitaria del tiempo terrenal, dos pilares del capital. Y, además, una ambición que hubo que bendecir con otras ceremonias para diferenciarla de la pecaminosa avaricia: la búsqueda de prosperidad material y, por qué no, la obtención de ganancias que permitieran una acumulación de riquezas. Ese aliciente fue gradualmente aprobado y justificado, hasta quedar casi santificado en la flamante moralidad moderna.
Tras la más reciente intensificación neoliberal de las dinámicas del mercado, ese espectro de valores asociados al linaje protestante no se desvaneció: muy por el contrario, parece haberse acentuado hasta el paroxismo con el énfasis en las finanzas y la productividad a cualquier costo. Pero otros de sus rasgos se han fosilizado o están en declive, cediendo el paso a nuevas configuraciones subjetivas y sociales. La primacía de la ley universal sobre el interés particular y del deber por encima del placer, la culpa dictando conductas individuales y colectivas, el respeto incuestionable ante la autoridad y la reverencia por la moderación disciplinada. Todos esos principios se han puesto en jaque. Junto con ellos, se va disgregando también la moralidad hipócrita que los mantuvo en pie, abriendo el horizonte para los renovados cinismos que hoy triunfan.
Al poner al Yo en primer plano, se rechaza cualquier límite a la libertad individual
Hacer siempre y solamente lo que se desea, por ejemplo, fortaleciendo la autoestima en provecho del éxito personal o la autorrealización, es algo que les estaba vedado a los circunspectos ciudadanos decimonónicos. Pero ahora se incentiva: dejó de ser un pecado más o menos vergonzoso –asociado a la soberbia, la vanidad o el egoísmo– para volverse una meta orgullosamente prioritaria. Porque yo lo valgo. En lugar de la obediencia y la culpa, entró en escena algo que parece lo contrario: el irresistible estímulo a consumar incesantemente los propios deseos.
Sin embargo, hay problemas: aunque se agite la bandera de la libre elección individual, esos anhelos suelen ser atizados por agentes externos como los medios de comunicación, el mercado y la tecnociencia, cuyos intereses no suelen coincidir con el bien común ni con la felicidad individual.
Articuladas en una alianza frenética que se acentuó desde la década de 1990, con la instauración del credo emprendedor por todo el planeta, esas tres instancias se infiltraron en la vida cotidiana para insuflar todo aquello que cada uno podría ser pero no es, o que podría tener pero (todavía) no tiene.
Una promesa demasiado buena para ser cierta, o para que se pueda realizar. Por eso, lo único que está garantizado es la frustración. Si no hay dudas de que quiero y debería poder, porque me lo merezco y lo valgo, también es innegable que casi nunca logro nada. Una ilustración de esta dinámica corrosiva surge de un informe reciente sobre “la presión para estar bien”, divulgado en 2024 por una firma canadiense tras consultar a dieciséis mil personas en quince países: el 63% de los entrevistados admitieron perseguir “un estilo de vida ‘ideal’”, mientras que solo el 23% se creían capaces de consumar esa expectativa. La aparente paradoja se denomina wellness burnout, un agotamiento causado por el fracaso al competir en la búsqueda de un bienestar espectacularizable.
Consumidores insatisfechos
Al contrario de lo que sucedía con los sobrios ciudadanos, el cliente siempre tiene razón. Lo que no tiene es sosiego ni wellness. Con la digitalización del mundo y el acceso al consumo 24/7 vía internet, todo se exacerbó. Al multiplicarse tanto las opciones disponibles como las chances de concretarlas con un mero clic o scroll en la pantalla, aumenta también la cantidad de deseos frustrados y, en consecuencia, la lista de pendientes: una deuda que jamás logrará saldarse. Al fin y al cabo, el consumidor es alguien insatisfecho por definición: aunque su voracidad sea constantemente excitada, nunca deberá colmarse.
¿Qué se ha hecho, entonces, de aquellos eslóganes que nos consentían por el mero hecho de ser quienes somos? ¿Nos engañaron? Más allá de los desamparos atávicos que signan a la humanidad como un todo, cada época enfrenta sus laberintos.
Si, en la era moderna, un gran motivo de sufrimiento fue interpretado como la necesidad de reprimir o sublimar deseos individuales en nombre de entidades trascendentales, ahora nos enfrentamos a otros desafíos. Algunos son frutos del éxito de luchas y reivindicaciones que tuvieron efectos colaterales imprevistos. En una cultura que incita al consumo ilimitado con base en la libre elección individual, carecemos de recursos para aceptar cualquier fracaso o restricción, para articular consensos y hasta para convivir con los demás.
En el proyecto de las nuevas derechas, el individualismo es fundamental
Tras la descompresión de los deberes disciplinarios de la era industrial, hubo liberaciones muy bienvenidas, pero hay un detalle: aquella contención limitadora que nos sacamos de encima tenía un efecto centrípeto a nivel colectivo, pues reprimía e inhibía las pulsiones propias y ajenas. Lo hacía en nombre de valores considerados superiores y aglutinadores, como la ley, la razón, la patria, la familia, el trabajo, incluso el decoro y el “bien común” encarnado en la civilización; así como la igualdad, la libertad, la fraternidad y la mismísima democracia. En cambio, los deseos que ahora brotan a borbotones detentan una vocación centrífuga, puesto que tienden a atomizar y polarizar generando caos, rupturas y conflictos.
Al poner al Yo en primer plano, se rechaza cualquier límite a la libertad individual. El problema infernal –como siempre, pero ahora mucho más– son los otros, que siguen existiendo y también reivindican su derecho a ser Yo. El relajamiento de los rigores que marcaban aquella sociedad derivó en la hiperestimulación que pronto entraría en vigor, propiciando una notoria ampliación de las posibilidades existenciales para amplios sectores de la población mundial. Pero la contención limitadora de la era moderna tenía un efecto centrípeto a nivel colectivo porque reprimía e inhibía las pulsiones individuales en nombre de valores que los excedían. Todos debían someterse a la inflexibilidad consensuada de las normas sociales. En cambio, las veleidades “libremente” estimuladas en este nuevo suelo moral tienen una vocación centrífuga: cada uno puede, y se supone que debería, hacer lo que quiere. Eso ocurre más allá de las constricciones antes decididas de común acuerdo (aunque esas convenciones fueran bastante hipócritas en sus pretensiones universalistas y fraternas) y hoy cuestionadas por todas partes (justamente por ese mismo motivo).
Resentimientos polarizadores
De modo que aquella fuerza centrípeta que logró preservar la idealización de una democracia de inspiración burguesa, recurriendo a discursos y otras estrategias ya agotadas, fue desactivada por un violento movimiento centrífugo que no pretende obtener cohesión alguna ni apuesta a fundar un proyecto común. No es el mito de un pacto o contrato pacífico lo que subyace a la fundación de este nuevo territorio, sino un cinismo descaradamente protagonizado por un Yo hiperbólico, desbordado en cataratas de imágenes y palabras que habrían sido inimaginables en la era de la politesse.
A pesar de su explosiva novedad, este fenómeno emitió señales desoídas durante su incubación. Algo se empezó a intuir con el aluvión de trolls y haters que ya contaminaba al cotilleo en internet a principios del milenio: un griterío que se generalizaría poco después, con el triunfo de la sociabilidad enredada y el traslado del debate público hacia los feudos digitales. Ese entrenamiento en la diatriba rabiosa, sacándoles chispas a los teclados desde sus trincheras anónimas, terminó siendo contagioso. En pocos años, esas criaturas irascibles se reprodujeron insolentemente: Yes, you can, entonces Just do it. Con el aliento que brinda el apoyo mutuo, capitalizaron la (in)moralidad de los algoritmos para imponer sus ofensas, memes, teorías conspirativas, delirios pseudocientíficos y una agresiva descalificación de los rivales.
“Al hacer de la competencia el principio universal de las relaciones interhumanas”, explica el ensayista italiano Franco Berardi, “el neoliberalismo ha ridiculizado la empatía por el sufrimiento ajeno, ha erosionado los fundamentos de la solidaridad y, con ello, ha destruido la civilización social”. Así se naturaliza “el salvajismo competitivo: en la lucha por la vida, quien no esté a la altura merece morir”.
Si algo sale mal, o si todo sigue más o menos igual para ellos, es decir, si continúan siendo “miserables solitarios empobrecidos”, siempre habrá un enemigo para responsabilizar: “Culparán de su derrota a los inmigrantes, o a los comunistas o a Satanás, según su psicosis preferida”.
El “espíritu empresarial” penetró en todas las instituciones a lo largo de las últimas décadas, hasta alcanzar el substrato molecular de las subjetividades contemporáneas, para vampirizar las energías vitales como si no hubiera ninguna alternativa a esa cosmovisión mercantilista. Así fue como se ha instaurado este capitalismo furioso de las motosierras y los insultos, combinando ciertas quejas que a fines del siglo XX se habrían considerado residuales por demasiado recalcitrantes, con actitudes disruptivas y provocadoras nunca antes vistas.
Está claro que el programa de estos nuevos populismos difiere de los ideales humanistas que inspiraron al Welfare State o Estado de Bienestar Social, uno de los máximos acercamientos al ideal democrático en términos de igualdad de acceso a la ciudadanía. En vez de proveer servicios públicos gratuitos y de calidad para toda la población, mediante sólidas inversiones en infraestructura, salud y educación, solventados con impuestos y otros recursos comunes, lo que se pretende es desplazar esas atribuciones al sector empresarial y convertirlas en mercaderías ofrecidas a los consumidores sutilmente persuadidos por maniobras publicitarias.
El truco puede ser eficaz, pero no deja de ser un truco. “Uno pierde más de lo que gana, porque pierde su servicio público de salud, su universidad pública y su jubilación, y en cambio gana una exoneración de impuestos que no le alcanzará para pagar ni un tercio de lo que costarán los servicios privados –explicaba el filósofo brasileño Vladimir Safatle en 2019–; en cambio, la ejecutiva y el banquero solo ganan, porque no tendrán más obligaciones sociales con nadie”. Eso demuestra que “el neoliberalismo no es una forma de libertad, sino la expresión de un régimen autoritario dispuesto a usar todos los métodos para no ser cuestionado”, agregaba el autor; “no es el coronamiento de la libertad, sino una forma más cínica de tiranía”. O, en otros términos, un modo de vida aparentemente inviable, al menos a nivel colectivo, aunque astutamente legitimado mediante una racionalidad cínica que no oculta a qué vino. (...)
Afectos punitivos
El punitivismo ocupa un lugar central en la lógica política de las nuevas derechas globalizadas. No solo por la importancia que en estos proyectos políticos se da al sistema penal y represivo, necesario para poder sostener modelos de despojo y muer-te que no pueden sino encontrar algún grado de resistencia en quienes los padecen. Se trata, más profundamente, de modos de subjetivación propios de los modelos punitivistas que tienen mucho en común con las nuevas derechas. Una lectura antipunitivista permite identificar cómo ambas entienden –y producen– al sujeto humano, su concepción del mundo y su modo de llevar adelante las relaciones interpersonales.
El punitivismo se expresa, mucho más allá de la cárcel y el sistema penal, en nuestras prácticas sociales: desde las más micro, en los vínculos íntimos o incluso en la forma de relacionarnos con nosotres mismes, hasta las mayores instituciones del derechonacional e internacional. Sus principios básicos son menos evidentes que el pedido de “el que las hace las paga” o, su versión menos discreta, “cárcel o bala”, pero son necesarios para que esas demandas puedan existir. Entre ellos, los discursos sobre la libertad del sujeto y el individualismo toman protagonismo, y parecen haberse vuelto tan naturales que ni recordamos qué había antes.
En el proyecto político, económico, social y cultural de las nuevas derechas, el individualismo es fundamental, al menos en dos sentidos. Por un lado, hay una atención analítica prácticamente exclusiva a la escala individual, que impide una comprensión integral del carácter estructural de las problemáticas a las que nos enfrentamos. Por otro lado, nos inundan propuestas de vida que orbitan en el ámbito puramente individual, sin abonar lazos comunitarios y colectivos.
El proyecto de las nuevas derechas necesita del individualismo, porque por fuera de él yacen posibilidades de otras subjetividades, y alternativas de organización y transformación que son una amenaza para la hegemonía de estos modelos. Así, el “colectivismo” se redujo a utopía, en el mejor de los casos, e insulto en el peor (como ocurre en la Argentina durante la presidencia de Javier Milei).
En su último libro, el brasileño Rodrigo Nunes, doctor en Filosofía, analiza las nuevas derechas a partir del caso brasileño y sostiene que ellas se sirvieron de una desintegración preexistente: la explotaron inflando los afectos de la competitividad y la destrucción del otro. Según Nunes, “el ascenso de la extrema derecha global se debe ver menos como ruptura que como continuidad de tendencias ya existentes, e incluso como su aceleración: una apuesta por el manejo privado de la desintegración social producida por el capitalismo tardío”. Es sobre esas continuidades, justamente, donde hay que poner el foco.
La gramática punitivo-meritocrática
En medio de esa “desintegración social”, los discursos de las nuevas derechas necesitaron instalar en el sentido común que el individuo se construye solo, tanto en sus éxitos como en sus fallas, y solo a él se le atribuyen ambas. Aparecen allí las dos caras de la moneda: la meritocracia para ensalzar los éxitos, y el punitivismo para castigar las fallas.
Mientras tanto, el sujeto nuclear, solo y aislado, queda clavado de uno u otro lado de un abismo: el que separa a quienes hacen las cosas bien, por un lado, y los sujetos descarriados, a quienes no se les debe nada, por el otro. La meritocracia, advierte el profesor de Teoría Fernando Lizárraga, “supone, siempre, la afirmación de la autopropiedad (el individualismo posesivo) y la negación de cualquier deber hacia los demás”. Lo mismo puede decirse del punitivismo: en ambos casos, el sagrado principio de la propiedad privada llega hasta el sujeto mismo, que es dueño de todas sus acciones y no sufre más restricciones a sus posibilidades que su propia voluntad.
En ese mar de solipsismo, el mantra de “el que las hace las paga”, repetido hasta el hartazgo por el entorno presidencial en la Argentina, funciona en varios sentidos: si alguien tiene más es porque “las hizo” bien; si alguien “las paga” es porque hizo algo que no debía hacer. Tanto la lógica punitivista como el mito meritocrático requieren de una concepción individualista y atomista del sujeto: cada persona es una isla, con su “forma de ser”, sus esfuerzos (o falta de ellos) y responsabilidades. Lo que hace es 100% su “culpa” (no solo su responsabilidad) y lo que le pasa... quizá también. Esta construcción de sujetos contiene, entre muchas otras cosas, una gramática de los afectos: reglas precisas sobre qué podemos sentir, cómo podemos reaccionar, ante quién y en qué situaciones. Sobre cómo es lícito vincularse con el otro lado de ese abismo, y qué afectos pueden circular entre un grupo y otro. Gramática muy eficiente, por otra parte, ya que una misma normatividad afectiva aplica tanto a la lengua meritocrática como a la punitivista.
☛ Título: Argentina (re)sentida.Un mapa emocional del presente
☛ Coordinador: Cristian Alarcón
☛ Editorial: Sudamericana
☛ Edición: Diciembre de 2025
☛ Páginas: 160
Datos del autor
Cristian Alarcón (La Unión, Chile, 1970) es escritor y periodista. Desde comienzos de los 90 se dedicó al periodismo de investigación y a la escritura de crónicas en distintos medios de comunicación.
En el año 2012 fundó la revista Anfibia y la red de periodistas judiciales Latinoamericanos Cosecha Roja. Desde entonces, ha liderado un proceso de mutación permanente de la crónica latinoamericana.
Fue profesor visitante en el Teresa Lozano Long Institute of Latin American
Studies de la Universidad de Texas en Austin, y en la Universidad de Lille, Francia. Ha sido galardonado con el Samuel Chavkin Prize, el Premio Konex-Diploma al Mérito en la categoría Crónicas y Testimonios (2014) y el Premio Perfil a la Libertad de Expresión (2019).
Es profesor titular de la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la Universidad de La Plata y dirige la maestría en Periodismo Narrativo de la Escuela de Humanidades de la Universidad Nacional de San Martín.