El guionista de Federico Fellini en su obra La voz de la luna alude a la dimensión reparadora de la escritura: “Las cosas más felices, literariamente hablando, no son las que nacen del deseo de mostrarse, de hacer circular el nombre propio (de esas, más vale estar lo más lejos posible). Tanto leer como escribir tienen esa función protectora: nos cobijan, nos relajan. Como en esas largas convalecencias, cuando una enfermedad nos obligaba a permanecer en cama varios días: eran las épocas más bellas para leer, porque uno se sumergía en el libro como para guarecerse del dolor, y parecía que la enfermedad cedía por influencia de la lectura. Cuando uno escribe sucede algo parecido: uno siente rápidamente ese efecto benéfico, reparador, solo comparable con volver a casa (2001)”.
Sus palabras fueron para mí absolutamente reveladoras. Entonces, cuando todavía poco y nada sabía de las investigaciones de escritura terapéutica, comencé a hablar de la escritura reparadora, a la que definí como una práctica que permite a quien escribe “detenerse”, “cobijarse” y “volver a ponerse en pie” reconstruyendo el tejido de las experiencias de un modo significativo. El concepto se apoya tanto en la noción de “reparación” de Michèle Petit (2001) como en la de Erving Goffman (1970a), expresado en su teoría del “trabajo de la cara”.
La escritura reparadora, en los términos que acabo de explicar, tiene algunas semejanzas con la hoy ya bien conocida escritura terapéutica, un campo que se fue desarrollando paralelamente a la investigación que iniciara en 1997. Ambas son prácticas que se realizan para lograr un bienestar en los sujetos, ambas son prácticas para el cuidado de uno mismo, pero difieren, a nuestro entender, en una serie de aspectos.
La escritura reparadora responde a una iniciativa personal o grupal y se realiza lejos de la mirada de médicos y psicólogos. Sus coordinadores no son terapeutas profesionales, no pertenecen al campo de la salud ni se presentan como tales, proceden mayoritariamente del campo de las ciencias humanas y sociales. La escritura terapéutica, en cambio, en casi todas sus expresiones, se desarrolla en espacios terapéuticos y casi siempre es supervisada por especialistas o escritores que se presentan como terapeutas. En la mayoría de los casos, la práctica es sugerida por profesionales.
Por otra parte, existen entre las dos diferencias teóricas y metodológicas. La escritura terapéutica se enfoca en la observación de valores psicofísicos que mejoran tras la escritura en base a consignas muy puntuales. Las investigaciones de escritura reparadora hacen foco en las transformaciones psicosociales y discursivas del sujeto que escribe, generalmente vinculadas a cambios en las representaciones de sí mismos.
No obstante estas diferencias, insistimos en que existe entre estas prácticas un fuerte aire de familia que nos anima a proponer con carácter provisorio el concepto de escritura terapéutica como macrogénero o macropráctica que incluye, como veremos, numerosas y diversas modalidades de escritura para el cuidado de uno mismo: expresiva, reflexiva, poética, narrativa y también reparadora.
La escritura reparadora tiene dos modalidades: la escritura solitaria y la escritura con otros, en espacio de taller. Nos enfocaremos en esta última variedad. En particular nos centraremos en la escritura de grupos que han decidido escribir como forma de mejorarse y sobrevivir en entornos que resultan hostiles.
Para los grupos que han decidido escribir para ayudarse, el taller de escritura es un espacio vital. Y este taller, como veremos, no es un mero lugar al que se asiste para aprender a escribir. Es mucho más que eso. Aquello que lo hace trascendente depende, entre otros factores, de la actuación del coordinador del taller y de las situaciones de escritura que genere, de su formación y su empatía, y del tiempo que dedique a la meditación y a la elaboración de las consignas de trabajo que necesitan ser pensadas para cada grupo en particular.
Esta presentación intenta mostrar, por un lado, cómo es esa escritura que hace bien y su razón de ser, según testimonios de los propios practicantes; y por otro, la importancia del conocimiento y del manejo del lenguaje en la configuración de una identidad discursiva que tiene numerosos beneficios extradiscursivos.
Como señalamos al exponer las formas contemporáneas de las escrituras dedicadas al cuidado de uno mismo –aquellas que comenzaron con Rousseau y los escritores profesionales–, en Argentina, la relación entre escritura y subjetividad cobró trascendencia en los hospitales psiquiátricos. Llegada la democracia, algunos de estos abrieron espacios destinados a superar los conflictos de los pacientes desde otra perspectiva, una que no consistiera solamente en la investigación de su historia. Muchos de los casos que allí se trataban estaban asociados a la violencia política: terror, persecución, agresión física y desapariciones que impactaron en la subjetividad.
*Autora de Escritura reparadora, Edudeba. (Fragmento).