Instituciones

Sinergia

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

El caso del quehacer atómico en Argentina merece ser conocido por los argentinos. Espero que también interese a personas de otros países a quienes les inquietan los ruidos atómicos que actualmente vuelven a amenazar la paz mundial y aumentan la preocupación por la proliferación nuclear. La Argentina, a pesar de las crisis políticas y económicas severas y recurrentes desde mediados del siglo XX, ha recorrido un sendero en esta materia, guiada por una aspiración de independencia tecnológica, que en ciertos aspectos es notable y motivo de curiosidad. Es un ejemplo de desarrollo científico-tecnológico con frutos económicos, algo poco común en países periféricos.

La actividad atómica en Argentina empezó mal, con un proyecto carente de seriedad científica que involucró al Gobierno y que, en su momento, impactó al mundo. No ocurrió lo esperable —es decir, que no quedara nada—, sino que de sus cenizas surgió una institución concebida por una persona de pocos conocimientos en la materia, pero animada por una idea sana y que tuvo la fortuna de encontrarse con buenos asesores. 

Fue una institución paralela, la Dirección Nacional de Energía Atómica (que años después heredó el nombre de CNEA), que se creó porque el jefe del proyecto Huemul se negaba a aceptar estudiantes en su laboratorio isleño. Ese fue el comienzo de la historia que se relata en este libro: una marcha en buena medida a tientas, realizada con buena voluntad y honestamente, con objetivos sanos. 

Uno de los hechos de mayor impacto en el desarrollo temprano de la energía atómica en Argentina fue la adquisición de un avanzado acelerador de partículas que permitió que en muy poco tiempo el país pudiera lucirse en la primera conferencia internacional sobre usos pacíficos. ¿Cómo se planeó esta compra? ¿Con qué propósitos? Con pasos inciertos y múltiples dificultades políticas y económicas, ¿a qué se debió que esta actividad de carácter científico-tecnológico-productivo, sustentada en fondos públicos, prosperara y diera frutos como pocas otras en el país? 

Ofrezco una respuesta: la creación de esta nueva institución tuvo lugar cuando el Gobierno imponía una dura discriminación política en las universidades, pero la persona que el Gobierno puso a cargo de CNEA —un oficialista leal— tuvo la lucidez y la valentía para gestionar y obtener la aprobación del propio presidente para emplear a científicos “contreras”. Con ello, la CNEA se convirtió en un oasis de especialistas libre de discriminaciones ideológicas. Este fue un rasgo que caracterizó a CNEA desde el principio y constituyó un pilar en la construcción de una institución sana y pujante, dedicada al conocimiento, que pudo capear dificultades merced a la formación de un espíritu estimulante que llevó a tomar decisiones osadas.

Una de ellas fue la decisión de construir un reactor nuclear experimental —el primero de la región— con medios propios, incluyendo el diseño y la fabricación del componente más crítico: los elementos combustibles. Esta decisión fue el origen del lugar que hoy ocupa la Argentina como líder en la construcción de reactores multipropósito en el mundo. Otras decisiones comprometidas fueron la adquisición de la primera central de potencia y las siguientes, con una participación nacional creciente.

La creación de una empresa tecnológica —hoy líder en materia de reactores experimentales, radares y satélites— es otro hecho que ofrece ribetes singulares y variadas enseñanzas. La historia comenzó cuando un egresado del Instituto Balseiro volvió de una estadía en Stanford e impulsó un programa de investigación aplicada a contramano de la corriente cultural imperante. Tuvo la fortuna no solo de poseer una convicción y una energía inusuales, sino también de contar con la complacencia y el apoyo de sus jefes. La idea era transformar conocimientos en productos tecnológicos que encontraran clientes interesados en comprarlos, como en el Silicon Valley. La apuesta —intrépida, sin duda— era ofrecer cualquier tipo de tecnología que fuera útil y vendible, de cualquier disciplina. Sin recursos económicos, pero con recursos humanos e instrumentales del Centro Atómico Bariloche, en poco tiempo el programa empezó a conseguir clientes dispuestos a pagar por sus servicios tecnológicos. De allí surgió la empresa INVAP como sociedad del Estado, cuya acta fundacional establece que solo recibe fondos públicos a cambio de prestaciones específicas.

La sinergia entre CNEA e INVAP dio frutos inéditos en campos tecnológicos vedados para la Argentina debido a su resistencia a firmar el tratado de no proliferación, como el desarrollo de la tecnología de “esponja de circonio” —un elemento crucial para los reactores— y el desafío mucho más comprometido de enriquecer uranio para habilitar al país como exportador confiable de tecnología nuclear. La historia de CNEA y de INVAP está plagada de acontecimientos de esta naturaleza, impulsados por la mística de la independencia tecnológica. 

*Autor La construcción de un programa atómico en la periferia, editorial Eudeba. (Fragmento).