“A las mujeres se nos enseñó que el placer era algo que había que ignorar, en vez de una parte de la experiencia humana”.
Placer sin culpa, ciclo femenino y trabajo, cuerpo sin vergüenza, brecha orgásmica y más. La creadora del recientemente inaugurado Museo de la Vulva, Antonella Ance, habla con PERFIL sobre la parte del cuerpo más tabú.
Con diversidad absoluta de formas, tamaños y colores, la vulva se distingue por ser una de las partes humanas más intrigantes y más cargadas de secretismo e historia. Tanto es así que merece su propio museo.
La semana pasada se inauguró el primer Museo de la Vulva de Argentina, un espacio donde la ciencia y el arte se unen para recorrer la sexualidad femenina. Con entrada gratuita, el museo explora, no solo la anatomía, sino los ideales y prejuicios alrededor del placer de la mujer.
Desde “cuerpos sin prejuicio”, hasta los Kegel, la divulgadora Antonella Ance, cofundadora del Museo de la Vulva y de Lujuria boutique erótica, en entrevista con PERFIL, responde a todas las preguntas que rodean al tesorito.
—Solés hablar de “placer sin culpa” y “cuerpo sin vergüenza”, ¿podés ampliar estas ideas?
—Placer sin culpa significa poder sentir el disfrute, sin pensar que eso está mal, sin castigarnos por desear y sin sentir que una es menos, incorrecta o inapropiada por disfrutar. Siento que durante mucho tiempo a las mujeres se nos enseñó que el placer era algo que había que ocultar, aguantar o directamente ignorar. Placer sin culpa, entonces, sería entender que el disfrute también es salud, bienestar, parte de la experiencia humana y no algo prohibido.
Sobre el cuerpo sin vergüenza, considero que hay que poder habitar el propio cuerpo sin rechazo, sin miedo a mirarlo, nombrarlo o conocerlo. Muchas mujeres crecimos sin conocer nuestro cuerpo, sintiendo vergüenza por formas de nuestra vulva. Un cuerpo sin vergüenza se conoce y se respeta.
—Museo de la Vulva: ¿qué nos espera dentro?
—Dentro del Museo de la Vulva van a ver el inicio del vibrador: desde la histeria femenina como un diagnóstico para callar el deseo, donde nuestro placer se patologizó, con algunas publicidades que se hacían hace años, en las que un médico realizaba un masaje manual para poder llegar al “paroxismo histérico”, conocido como el orgasmo, para mejorar sea la ansiedad, depresión, o para dormir mejor. En ese sector pueden ver un vibrador del año 1900, que fue uno de los primeros instrumentos que utilizaban los médicos para tratar esta patología.
Luego tenemos la línea hormonal femenina, empezando desde la pubertad, pasando por el ciclo menstrual, embarazos, perimenopausia, menopausia y la posmenopausia. Todo esto entendiéndolo como un cambio, que está bien y no como que estamos rotas a raíz de los cambios que vamos teniendo a lo largo de nuestra vida. Después hay un sector dedicado al clítoris de la vulva, sus diferentes partes y la anatomía vulvar.
También hay un espacio para las bolas Kegel, productos que nos ayudan a tratar diferentes dolencias o patologías, ya sea una dispareunia, vaginismo, o debilitamiento del suelo pélvico. Además, tenemos expuesto nuestro kit de autodescubrimiento, que es el primero en Argentina, que viene con un manual para explorarnos y un espejito para mirar nuestra vulva, porque sucede mucho que muchas mujeres, no importa la edad, nunca se vieron su vulva o eso les resulta incómodo y no debería porque ser así ya que es algo de nuestro cuerpo.
Finalmente tenemos una vulva gigante para sacarse fotos y poder venerarla.
—¿Qué vacíos educativos o culturales sentís que existen en torno a la vulva y a la sexualidad femenina?
—Siento que el vacío viene de hace mucho, pero se vive distinto en cada generación. En la mía, por ejemplo, directamente no había educación sexual. Crecimos con muchísimo tabú: a la mujer se la educaba para ser una señorita, para no preguntar, no para tocarse. Nunca se hablaba del disfrute y de conocerse, sólo de no quedar embarazada, y eso hacía que las primeras experiencias estuvieran atravesadas por el miedo, la culpa y la vergüenza.
Hoy siento que pasa algo distinto: las adolescencias están llenas de información por internet y redes sociales, pero no siempre esa información es real o cuidada. Ven contenidos donde la intimidad parece sin cuidado, donde protegerse parece estar mal, y eso después lo replican en la vida real.
Creo que el gran vacío es que nunca se habló de la vulva con naturalidad, no se la nombró, no se la explicó y no se la cuidó. Falta educación que acompañe, que enseña a conocer el cuerpo, a cuidarse, a disfrutar sin culpa y con responsabilidad; porque educar no es asustar ni prohibir, es dar herramientas. Y ahí todavía creo que es donde hay una deuda enorme.
—Hablemos un poco del ciclo femenino y el trabajo. ¿Creés que todas las empresas deberían tener disponibles días libres por el período? Si bien muchas compañías lo tienen, tampoco las mujeres lo toman. ¿Utilizarlos pone a la mujer en desventaja en el ámbito laboral frente a sus compañeros hombres?
—El ciclo femenino existe y a muchas mujeres las limita, por lo tanto, negarlo no es un buen camino. Si bien todos vivimos el ciclo de manera diferente, si lo silenciamos no logramos el cambio cultural que necesitamos como sociedad. Si los días del ciclo siguen invisibilizados, y no se habla de ellos por miedo a quedar en desventaja frente a los hombres, o con miedo de perder el trabajo, el problema no es el cuerpo femenino, sino es cómo lo mira el sistema laboral: cuando el cuidado se lee como debilidad, claro que se transforma en una desventaja. Por lo tanto, creo que el desafío no se trata de dar más días, sino normalizar que las mujeres no rendimos igual en cualquier momento del ciclo y que eso no nos hace menos profesionales o capaces.
—Brecha orgásmica: ¿mito o verdad?
—Es una verdad y está documentada. En los vínculos heterosexuales, las mujeres tienen menos orgasmos que los hombres y no porque nuestro cuerpo funcione peor, sino porque históricamente el placer femenino no fue prioridad. Entonces, durante años se habló del coitocentrismo, que el acto sexual tenía que ser ese acto de penetración, pero no se hablaba de clítoris, de tiempos, de deseos, ni de comunicación. Hay que tener en cuenta que la sexualidad también es un beso, un abrazo, una caricia, que me trates bien durante el día. Y, luego, biológicamente, la brecha existe, ya que nosotras, para poder erectar el clítoris y sensibilizarlo, necesitamos lo que sería un hot de cerveza en sangre, y el hombre necesita simplemente uno de tequila para poder erectar. El hombre ve a la mujer con lencería y enseguida juega la imaginación, puede erectar, pero nosotras somos como un avión, vamos de a poco subiendo hasta poder llegar al clímax. Y el hombre es como un helicóptero que va directo de abajo hacia arriba.
—¿Qué te llevó a crear este museo?, ¿de dónde surgió la idea?
—El museo fue la frutilla de todo el trabajo que venimos realizando desde hace años con Lujuria. Hace más de diez años buscamos educar desde nuestro lugar, para eso creamos un equipo interdisciplinario para que nos ayuden a brindar información certera. El museo nace para poder aportar un granito de arena más a la sociedad y dejar una semilla para las generaciones que vienen. Siempre pienso en una sociedad futura con más herramientas y menos miedo que la que vivimos nosotras en nuestra niñez y adolescencia.
—¿Recibiste críticas o algún tipo de censura a la hora de fundar el museo?
—Sobre las críticas que recibimos, que casi no hubo, comprendemos que hay personas que no entienden el significado del cambio y la educación que estamos brindando. Nuestro propósito siempre fue ayudar y brindar educación sexual desde el respeto, siempre nos intentamos enfocar en las cosas positivas que generamos y no en los tabúes y prejuicios que todavía siguen circulando.
—Mencionas “el uso terapéutico de dilatadores y bolas de Kegel”. ¿Cuáles son esos usos?
—Al igual que el de las bolas de Kegel, el material de los dilatadores vaginales es silicona médica hipoalergénica. Sirven para tratar el vaginismo o la dispareunia, que es dolor a raíz de las relaciones sexuales. El dolor puede venir de múltiples factores: desde un hecho traumático en la vida sexual, haciendo que la vulva se cierre, contraiga y cause dolor, hasta por alguna operación.
Con las bolas Kegel se genera una contracción involuntaria del músculo, mejorando la incontinencia. Se evitan prolapsos y se logra mayor placer en las relaciones ya que aumenta la lubricación natural del cuerpo. Se utilizan mucho luego del parto o cuando se entra en la etapa de la menopausia, para mejorar el disfrute íntimo.
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