Aniversario: la memoria del genocidio armenio como pedagogía del peligro
El 24 de abril se conmemora el Día de la Acción por la Tolerancia y el Respeto entre los Pueblos, por la masacre armenia entre 1915 y 1923. Lo que hoy está en juego no es solo la historia, sino el tipo de presente que deseamos.
Toda guerra se narra a sí misma como inevitable. Pero quien viene de una historia de exterminio sabe que esa inevitabilidad es una construcción. Detrás de cada “no había alternativa”, hay decisiones, omisiones, cálculos. Nombrarlas no detiene la guerra, pero rompe su coartada.
Hay una pregunta abierta que no terminamos de formular y que dirige nuestra mirada del mundo: ¿qué hacen ustedes, hoy, con lo que saben? Porque a diferencia de otros tiempos, las guerras actuales ocurren bajo una visibilidad casi total. Sabemos, vemos, seguimos en tiempo real. El familiar de un sobreviviente no puede decir qué hacer, pero sí puede interrogar esa distancia entre saber y actuar.
El 24 de abril se conmemora en Argentina el Día de Acción por la Tolerancia y el Respeto entre los Pueblos en memoria del Genocidio Armenio. La fecha recuerda el 24 de abril de 1915, cuando en Constantinopla (actual Estambul), el gobierno del Imperio Otomano comenzó la detención y deportación de intelectuales, líderes políticos y religiosos armenios. Ese hecho fue el inicio del genocidio en el que murieron alrededor de un millón y medio de personas.
Hablar desde esa herencia no otorga respuestas. Más bien introduce una fisura en el discurso de toda guerra: recuerda que lo que hoy se presenta como conflicto bélico puede, bajo ciertas condiciones, devenir en algo irreparable. Y que reconocer ese umbral a tiempo es una responsabilidad que no pertenece solo a los Estados, sino también a quienes miran.
Los sobrevivientes y sus familiares ejercen sobre sí mismos una pedagogía involuntaria del peligro. Atentos a lo que el primer ministro canadiense, Mark Carney, anunciara en Davos cuando incitara a romper el fingimiento sobre el que discurre el orden político, deberíamos dejar de sostener una memoria desligada de las crueldades del presente. Y dejar de fingir.
Una modalidad política transnacional se desarrolla en todo Occidente: una forma de entender el poder que privilegia el presente inmediato, la eficacia performativa del discurso y una relación instrumental –cuando no hostil– con el pasado. En ese marco, la memoria (genocidios, dictaduras, limpiezas étnicas) se identifica como un obstáculo.
Mientras que el trumpismo opera bajo la lógica de la saturación del presente, los lugares de evocación –museos, archivos, programas educativos– suponen una temporalidad distinta, una insistencia en lo que sigue demandando justicia.
Cada época ensaya su propia relación con la memoria: la convoca, la ritualiza, la domestica o la combate. En los últimos años se advierte un movimiento insensato. Por momentos, la negación frontal de los genocidios y, en retóricas menos directas, pero igual de violentas, su degradación.
La degradación contemporánea opera por desplazamiento. Se mantiene el nombre, pero se vacía su densidad histórica y afectiva. Los sitios de horror se convierten en espacios higienizados, incluso turísticos. La memoria queda entonces confinada al pretérito, sin capacidad de interpelar el ahora. Pero el genocidio no es solo un hecho histórico, es también una gramática del poder, una tecnología que se reactiva bajo nuevas formas.
Una de las operaciones inquietantes es la traducción de la memoria en lenguaje administrativo. Se habla de “gestión del pasado”, de “políticas de memoria”, como si se tratara de un problema técnico. Lo que se pierde allí es la dimensión irreductible del testimonio, aquello que no puede ser completamente dicho ni contabilizado.
En todos estos casos, lo que está en juego no es solo la historia, sino el tipo de presente que deseamos. Porque la memoria de los genocidios no es un ejercicio de nostalgia, sino una forma de vigilancia. Degradar la memoria es, entonces, fertilizar el terreno para nuevas formas de exclusión, de persecución, de eliminación simbólica o material del otro.
El genocidio no se hereda como recuerdo, sino como una forma de percepción. Hay una sensibilidad para reconocer los signos tempranos de la catástrofe. De modo que, cuando traemos la causa de un millón y medio de personas desaparecidas en ese borde donde el Imperio Otomano devino República, ponemos (o deberíamos poner) el ojo en aquellos que terminan hoy bajo los escombros.
Los regímenes que niegan la memoria no se limitan a suprimir; producen relatos alternativos. Instituyen héroes donde hubo perpetradores, silencian víctimas o las convierten en cifras abstractas. En ese escenario, el testimonio adquiere una densidad singular. No es solo un acto de narración, sino un riesgo. La memoria se vuelve entonces una forma de presencia frente a una política de borramiento.
Sobre el genocidio armenio, muchos países europeos han adoptado sus posiciones. Francia fue uno de los más tempranos en hacerlo, integrando el reconocimiento incluso en su legislación. Alemania lo reconoció en 2016. También lo han hecho Italia, España (a través de su parlamento, aunque sin una ley nacional plena), Países Bajos, Suecia, Grecia, entre otros.
En América, Argentina fue pionera, reconociéndolo oficialmente en 2007 y estableciendo el 24 de abril como día de conmemoración. Uruguay, incluso antes; en 1965, fue el primer país del mundo en hacerlo. Chile, Canadá y, de manera tardía, Estados Unidos (que lo reconoció formalmente en 2021) también se suman a esta lista.
Un descendiente de una víctima del genocidio armenio puede decir algo incómodo a los sujetos de las guerras actuales en Medio Oriente: que el odio es comprensible, pero también es el idioma que el poder espera que se hable.
La frase del cineasta Sergei Parajanov: “Mi venganza será amar” ante las persecuciones que había sufrido, no es ingenua. No expresa perdón, ni reconciliación, sino una forma radical de no dejarse colonizar por la lógica del verdugo.
“Mi venganza será amar” no sería un consuelo, sería casi una provocación. Porque amar, en ese contexto, es resistir la simplificación del enemigo, es negarse a reducir al otro a una figura abstracta de odio, incluso cuando la historia, la sangre y la pérdida empujan en sentido contrario.
Y tal vez lo más duro que podría decir ese sobreviviente es que la verdadera victoria no es sobrevivir al exterminio, sino no volverse su continuación. Porque hay algo que el genocidio no mata y es el odio.
Por eso, tal vez, la frase “mi venganza será amar” no habla de un gesto hacia afuera, sino de este movimiento interno, el dictamen de unos sujetos que deciden dejar de ser el territorio donde el genocidio sigue ocurriendo. Jamás el fuego jugó mejor su rol de frío muerto que escribe el poeta César Vallejo en su poema Los nueve monstruos.
Sabemos, entonces, que el fuego juega ese rol. Si nadie, nunca más, traerá a nuestros familiares, si nuestras tierras están perdidas irrecuperables, si nuestra lengua ya agoniza; aniquilemos el fuego. Esos niños todavía no muertos al oeste de Rusia, al sur del Líbano, al norte de Israel, al oeste de Irán, esperan que digamos lo que sabemos.
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