ELOBSERVADOR
Retornar a la violencia y a la escuela

Bullying, maltrato y ahora asesinato

Los disparos que efectuó el estudiante de nivel secundario de la provincia de Santa Fe la semana pasada, que terminaron con un joven de esa institución asesinado y otros heridos, se inscriben en un marco social que debe ser interpelado y que no puede quedar reducido a un episodio aislado.

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En el denominado país de la libertad, Estados Unidos, desde 2018 se han producido 245 tiroteos en escuelas en los que al menos una persona resultó muerta o herida, según información documentada por la ONG Education Week. Hace una semana, en México, un estudiante mató a dos profesoras en el espacio escolar. En junio de 2025 fue el turno de Austria, donde más de once estudiantes fueron asesinados en la escuela. En febrero de 2026, este protagonismo lo tuvo Canadá.

En Argentina, el suceso trágico del pasado lunes 30 de marzo de 2026 se convierte en el primer tiroteo letal en más de 20 años. Argentina se suma a los tiempos violentos que ofrece este mundo, el internacionalismo barbárico se vive en la Argentina.

La vida cotidiana se abre paso a través de observar cómo niños, niñas y jóvenes son asesinados en las escuelas. Aparece, entonces, la violencia como un problema urgente. Medios de comunicación y políticas educacionales apuntan a convertir estos sucesos en acontecimientos exclusivos y excluyentes del ámbito educativo. La escuela se ve desbordada por el bullying, por los presuntos maltratos de docentes a estudiantes, por los presuntos agravios de familias a docentes, y ahora por el asesinato. Todo esto se inscribe en un círculo de continuidades donde las responsabilidades se asientan en la docencia, en las familias y en los jóvenes; quedando ocultas las relaciones políticas, económicas y discursivas que hacen a nuestras vidas cotidianas.

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Cuando todo se encierra entre las paredes de la escuela, el poder político y la vida social se presentan como testigos de lo que allí acontece. Ante la preocupación, el temor y la tristeza, afloran orientaciones restrictivas como si se tratara de seguir funcionando y que nada salga mal. El lenguaje soez, los discursos de odio, las descalificaciones y las denigraciones que expresan una degradación del lenguaje público no sólo acompañan, sino que anticipan y habilitan modos hostiles de actuar; lenguaje agraviante para mantener la rueda girando sin que la vida misma se exprese.

Paradójicamente, los disparos en la escuela emergen como la vida que se abre paso de un modo violento; un modo en que la vida anula la vida misma. El acontecimiento disruptivo es eso que nos señala que así como se venía estando, no se puede seguir. Ahí está la declaración del primer ministro de Canadá, que en el encuentro de Davos 2026 expresó que asistimos a la ruptura del mundo surgido luego de la II Guerra Mundial. Tiempos de líderes que figuran con denuncias sobre abusos y relaciones pedófilas se autoerigen en autoridades que buscan ordenar el mundo.

Cuando la violencia se ejerce desde el Estado, actúa como un elemento de disciplinamiento y fragmentación. Apunta a instalar el miedo y la sospecha entre quienes hacen comunidad. La crisis actual no es solo económica, es una dislocación más amplia de las relaciones sociales. Las tendencias a la guerra, el empobrecimiento sostenido y el retroceso en las condiciones de vida configuran un escenario donde la desintegración de los lazos sociales se vuelve dominante. En ese contexto, la violencia se instala como una forma posible de resolución de conflictos.

La escuela, pensada históricamente como espacio de formación, convivencia y transmisión cultural, estalla cuando la violencia irrumpe en su interior. No porque sea ajena a ella, sino porque pone en evidencia el quiebre de la expectativa que se deposita en esta institución, mediante la cual supuestamente la educación podría actuar como barrera frente a la barbarie. La institución escolar no puede superar por sí misma las relaciones sociales que la constituyen.

Ante el hecho violento están quienes piden que la escuela “haga algo”, y aquellos otros que, reconociendo todo lo que la escuela hace, plantean que el colegio “recibe” los problemas sociales, ubicando la responsabilidad en las familias. Ambas consideraciones, a pesar de presentarse opuestas, coinciden en que la escuela debe hacer algo. Es decir, que en el fondo, se le pide a la escuela que asuma la responsabilidad de la crisis social.

Condicionar la enseñanza. Bajo la espada de Damocles del adoctrinamiento, que amenaza cualquier opinión docente, se pone en evidencia la pretensión de escindir los lazos entre maestros, estudiantes y familias. Se fuerza a la escuela a obedecer en un contexto de quiebres y rupturas donde, por el contrario, se debería interpelar al mundo y a sus discursos para habilitar la autonomía, el pensamiento crítico y reflexivo.

De este modo, cada vez que la escuela propone educar para un futuro que no logra definir ni garantizar –porque no interpela el presente en el que viven estudiantes, docentes y familias– pierde sentido. Lejos de convertirse en una herramienta de comprensión del mundo, tiende a ocultar las determinaciones que configuran el presente y pierde sentido para quienes la transitan.

Según múltiples estudios, una proporción significativa de jóvenes no imagina un futuro posible. La promesa de “ser alguien en la vida” se diluye frente a la precariedad, la falta de horizontes y el deterioro de las condiciones laborales y de cursada. En ese escenario, la ruptura entre generaciones se profundiza: mientras los adultos quedan cada vez más subordinados a las exigencias del trabajo, la juventud no encuentra una perspectiva de desarrollo. ¿Qué futuro puede proyectar un joven en este presente?

Una reflexión sobre el hostigamiento entre pares. Los conflictos entre estudiantes, frecuentemente etiquetados como bullying, deben leerse siempre en contexto social y no, meramente, escolar. El hostigamiento se realiza sobre lo observable –el cuerpo, los gustos, la identidad–, pero también se hostiga a quien con sus palabras, con sus propuestas o preguntas, es capaz de alterar el funcionamiento de la vida cotidiana. Quien expresa una opinión que incomoda, cuestiona lo existente o no se adapta a las normas, puede convertirse en ser maltratado, porque pone en evidencia una falta, una falencia, una fisura en el orden que se pretende único y común. Y cuando se agravia a un compañero, todo esto reverbera.

Cuando se maltrata e incluso, cuando se dispara, se coloca el foco en la singularidad de quien lo hizo como si se buscara un rasgo que hiciese al agresor distinto al agredido, como si pudiese encontrarse un rasgo identitario en el individuo que hostiga. En La banalidad del mal, Arendt expuso con precisión que el acto del daño emerge, también, como algo irreflexivo. La violencia, el maltrato y las desconsideraciones no entran en la escuela, están en ellas porque en el establecimiento escolar enseñamos y aprendemos quienes vivimos haciendo la sociedad. En definitiva, las emociones no son solo un elemento psicológico, son, en gran medida, un fenómeno cultural y social. Se expresan de manera prerreflexiva porque están profundamente internalizadas por eso; un individuo en situación de terror puede verse compelido a imitar aquello que lo aterroriza.

El maltrato y la reacción violenta indiscriminada es el cuerpo que estalla, que toma un arma y abre fuego indistintamente porque se trataría de matar a todos. En la situación extrema podemos observar el componente constitutivo del comportamiento el cual es el resultado de múltiples determinaciones: intervienen las emociones, pero también las condiciones sociales e históricas, y las expectativas que cada sujeto tiene sobre las consecuencias de sus actos. El entorno puede contener o liberar el maltrato. Si se vitorea la agresión, se habilita el acto. Pero también, una modificación del entorno puede habilitar, en los estudiantes (y en las personas en general), nuevos modos de obrar.

El limitante educativo es que teniendo al alcance del conocimiento los problemas sociales, se insta a que el colegio brinde respuestas centradas en habilidades socioemocionales, protocolos o acompañamientos individualizados. Estos enfoques eluden la cuestión central porque no interrogan las condiciones sociales que producen la violencia porque apelan al comportamiento del individuo como si este pudiese erguirse por encima de los modos de vivir. Sostener que la educación puede resolver problemas sociales estructurales constituye una forma de engaño.

Las posibilidades educativas se ven interpeladas toda vez que los profesionales de la educación se encuentran con sobrecarga laboral, pluriempleo y la incertidumbre frente a los cambios en las políticas educativas. Todo este conjunto dificulta el desarrollo de la enseñanza. La escuela no puede compensar las desigualdades ni revertir por sí misma las condiciones que deterioran la vida cotidiana. Pretenderlo no solo es ineficaz sino que desplaza y posterga la resolución del problema, agravando el porvenir.

Posibilidad educativa. La pregunta, entonces, no es cómo gestionar la violencia dentro de la escuela, sino qué condiciones la producen. Mientras esas condiciones no se transformen, la violencia seguirá encontrando en el ámbito escolar un espacio de expresión. ¿Por qué? Porque la escuela, y en particular la docencia, constituyen el corazón social y cultural de la sociedad. Disparar en la escuela, es un tiro al corazón, por eso duele.

Como centro vital, la escuela debe ser protegida elevando su nivel de formación mejorando la calidad de vida de quienes enseñan, brindándoles acceso a los diversos consumos culturales y a ritmos de trabajo que permitan espacios de reflexión, planificación e intervenciones para habilitar los aprendizajes. Esto va de la mano de un incremento de profesionales que vean en el espacio escolar una posibilidad de desarrollarse como individuos y como seres sociales, en vínculo estrecho con la conflictividad. Una enseñanza de este tipo se funda en la reflexión sobre la vida real.

El realismo educativo requiere abordar el bullying, el maltrato y el hostigamiento interrogando el mundo en el que existimos. El realismo educativo implica reconocer los límites, pero también la potencia de la actividad de la enseñanza porque, en definitiva, ni la enseñanza ni el aprendizaje pueden desligarse de las condiciones de vida, porque éstas son la materia misma de la educación, de nuestras perspectivas y de nuestros sueños.

*Sociólogo y director de escuela. @profedmelcer