De la ONU, otra vez a Chile

El sorpresivo retorno de Bachelet

La salida de la carrera por la Secretaría General de la ONU, después de que el gobierno de José Antonio Kast retirara el respaldo de Chile, terminó produciendo un efecto inesperado. La expresidenta volvió a ocupar el centro de la conversación política nacional, tras anunciar que estaba dispuesta a una tercera candidatura presidencial.

El logo de Editorial Perfil Foto: Cedoc Perfil

Hay frases que en política duran más que un discurso. Michelle Bachelet necesitó apenas cuatro palabras para volver a instalarse en una conversación de la que, hasta hace unas semanas, parecía haber salido: “Yo creo que sí”. 

La respuesta, dicha entre risas y después de una pausa, llegó cuando le preguntaron si aquello de que “no hay segunda sin tercera” podía aplicarse a una eventual nueva candidatura presidencial. No fue un lanzamiento, ni siquiera una declaración formal de disponibilidad. Pero a más de tres años de la próxima elección presidencial, fue suficiente para que el nombre de Bachelet volviera a aparecer en las conversaciones de los partidos, en las calculadoras de los dirigentes y, sobre todo, en el debate sobre qué hará la izquierda después de la derrota que la llevó a La Moneda a manos de José Antonio Kast.

La ironía es que esta vuelta a la política contingente tiene su origen en una historia completamente distinta. Bachelet había intentado dar un paso fuera de la política chilena al asumir el desafío de competir por la Secretaría General de Naciones Unidas, una candidatura impulsada por el gobierno de Gabriel Boric junto a México y Brasil. El 24 de marzo, sin embargo, el nuevo gobierno decidió retirar el respaldo oficial de Chile. La Cancillería argumentó que la dispersión de candidaturas latinoamericanas y las diferencias con actores relevantes hacían inviable la postulación. Kast, por su parte, explicó que veía muy difícil reunir los votos necesarios.

Bachelet siguió adelante durante meses con el apoyo de México y Brasil, hasta que finalmente retiró su candidatura en septiembre, después de advertir que enfrentaba un “veto de facto” en el Consejo de Seguridad. Lo que vino después fue bastante más interesante para la política chilena que para la diplomacia multilateral. “¿Pensaban que me iba a ir para la casa?”, preguntó la expresidenta en el acto de homenaje que los partidos de oposición organizaron en La Pintana. La respuesta implícita era evidente: no. Y la escena tenía algo de paradoja política, porque quien había intentado proyectarse hacia el principal cargo de Naciones Unidas terminaba nuevamente en el centro del escenario doméstico.

La imagen de La Pintana fue, en ese sentido, mucho más que un homenaje. Bachelet apareció junto a Gabriel Boric y representantes de seis partidos de oposición. Para una izquierda que todavía intenta ordenar sus piezas después de la derrota presidencial, reunir a todas esas fuerzas alrededor de una figura común tiene un valor político evidente. Porque Bachelet parece recuperar una capacidad de articulación que los partidos, por sí solos, no han conseguido exhibir con la misma claridad.

Ahí está probablemente la clave de su retorno. Bachelet no necesita anunciar una candidatura para volver a tener influencia. Le basta con estar disponible, hablar de unidad y convertirse nuevamente en un punto de referencia para un sector que enfrenta el problema clásico de las oposiciones derrotadas: saben contra quién perdieron, pero no siempre saben todavía qué quieren construir después de la derrota. La propia expresidenta ha insistido en que su objetivo es acercar a los sectores democráticos y progresistas, y que seguirá trabajando para evitar retrocesos en materias que considera fundamentales. 

Eso explica también la sorpresa que produjo su regreso dentro de sus propios partidos. En el Partido Socialista existe, naturalmente, una relación política y afectiva particularmente estrecha con la expresidenta, pero la eventual vuelta de Bachelet obliga a una discusión incómoda: ¿se trata de un liderazgo que debe volver a ocupar el centro, o precisamente de una figura que puede ayudar a ordenar la transición hacia una nueva generación? La respuesta no es obvia. Su fortaleza es, al mismo tiempo, su principal dilema: Bachelet puede reunir a buena parte de la izquierda, pero su presencia también puede postergar la conversación sobre quiénes serán los liderazgos capaces de reemplazarla.

Y aquí aparece una dimensión que puede ser más importante que una eventual tercera candidatura. Bachelet podría estar intentando hacer algo que no necesariamente pasa por volver a La Moneda y que tiene que ver con darle a la izquierda un propósito común. Después de la derrota presidencial, el progresismo necesita reconstruir una narrativa que vaya más allá de la oposición a Kast. Necesita definir qué quiere defender, qué quiere corregir de sus propios gobiernos, qué aprendió de la derrota y, sobre todo, qué proyecto pretende ofrecerle al país cuando llegue nuevamente el momento de competir. Una figura como Bachelet puede contribuir a esa tarea porque tiene algo que los partidos hoy no poseen en igual medida: una historia política que atraviesa distintas generaciones de la izquierda.

Su relación pública con Gabriel Boric agrega una pieza particularmente interesante. Las apariciones conjuntas de ambos no permiten afirmar que exista una estrategia electoral coordinada, y sería prematuro leerlas como el comienzo de una fórmula para 2029. Pero tampoco son políticamente neutras. Bachelet y Boric representan dos generaciones distintas de la izquierda chilena y, pese a las diferencias entre sus trayectorias, hoy aparecen compartiendo espacios y algunas posiciones frente al nuevo escenario. La fotografía puede ser más importante que cualquier declaración: muestra que el progresismo tiene dos expresidentes con capacidad de representar momentos diferentes de su historia y que ambos pueden desempeñar un papel en la reconstrucción del sector.

Eso abre, inevitablemente, una pregunta sobre el liderazgo opositor de los próximos años. Bachelet puede ser una figura de unidad; Boric, una referencia generacional distinta; y, entre ambos, existe un espacio enorme para que aparezcan nuevos liderazgos.

 La eventual candidatura de Bachelet y la renovación del progresismo tampoco son necesariamente incompatibles. Incluso podría ocurrir lo contrario y que su papel más relevante sea ayudar a construir las condiciones políticas para que una nueva generación tenga dónde crecer. El problema sería convertir su retorno en una repetición del pasado, cuando también podría utilizarse como puente hacia el futuro.

La decisión del gobierno de Kast respecto de la ONU adquiere, bajo esta nueva luz, una dimensión doméstica que probablemente no estaba en el cálculo inicial. El Ejecutivo tenía argumentos para sostener su decisión: la Cancillería habló de una candidatura inviable y Kast explicó que las posibilidades de obtener los votos suficientes eran muy bajas. También hubo sectores de la derecha que cuestionaron desde el comienzo que el gobierno de Boric hubiese comprometido el respaldo de Chile sin un acuerdo transversal. 

Pero una cosa es la racionalidad diplomática de retirar un respaldo y otra distinta son las consecuencias políticas que esa decisión termina produciendo. La pregunta, por tanto, no debería reducirse a si Kast “se equivocó” o “acertó”, porque la respuesta depende del objetivo que se utilice para evaluar la decisión. Si el objetivo era evitar comprometer al Estado en una candidatura que el Ejecutivo consideraba con pocas posibilidades, su posición fue consistente con ese criterio. Si, en cambio, se considera el valor político de mantener un vínculo institucional con una expresidenta de enorme gravitación nacional y de evitar que una disputa diplomática terminara alimentando la polarización doméstica, el balance es bastante más complejo.

*Director Comsulting. Analista político.