ELOBSERVADOR
Introspección desde Berlín

El regreso de los monstruos

La derecha extrema, en crecimiento a nivel mundial, vuelve a tener un enorme peso en Alemania.

No hay duda de que el impresionante éxito electoral del partido extremista de derechas AFD (en español: Alternativa para Alemania) en la provincia alemana oriental de Sajonia-Anhalt a principios de septiembre provocó un terremoto político. No solo para Alemania, no solo para Europa.

A aquella primera victoria le siguieron otras, como la del domingo 20 de septiembre en las elecciones en la provincia de Mecklemburgo-Pomerania, donde la AFD obtuvo con un 37% de los votos y con eso, también, la mayoría. O el mismo día en la capital, Berlín, un entorno urbano, plural y muy diverso, donde la extrema derecha logró con un 16% más que duplicar su último resultado electoral.

Sajonia-Anhalt no es una provincia particularmente importante para Alemania. Algunas cifras lo ponen en perspectiva: 2,9% de todos los alemanes con derecho a voto viven ahí. Desde los años 90, la provincia ha perdido casi una cuarta parte de sus habitantes porque han emigrado trabajadores jóvenes y bien formados, especialmente mujeres. Por lo tanto, Sajonia-Anhalt tiene la población más envejecida de toda Alemania. La edad media en la provincia es de 48 años, tres años por encima de la media nacional. La provincia está escasamente poblada y la infraestructura rural es precaria. Como la mayoría de las provincias del este de Alemania, Sajonia-Anhalt es económicamente débil. El sector servicios representa más del 60% de todas las empresas, aunque aloja a algunos grandes parques químicos. El PIB per cápita, que se sitúa en el 70%, es considerablemente inferior a la media nacional, mientras que la tasa de desempleo, de casi el 8%, es considerablemente superior a dicha media. Al mismo tiempo, existe una enorme escasez de mano de obra cualificada, que a menudo se compensa con trabajadores migrantes.

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Por débil que sea estructuralmente Sajonia-Anhalt, el resultado electoral fue emblemático. La extrema derecha se ha convertido en un partido popular con una cuota de votos de casi el 44%. La última vez que un partido logró un nivel tan alto de aprobación electoral en Alemania fue el Partido Demócrata Cristiano (CDU) hace 36 años, en las primeras elecciones alemanas tras la reunificación de 1990. El voto por la AFD en Sajonia-Anhalt atravesó fronteras de edades y clases sociales: alrededor del 40% de las mujeres y los jóvenes (18-34 años), más de la mitad de los adultos (35-59 años) y los empresarios, casi el 40% de las personas con ingresos más altos y el 60% de los trabajadores. Sí, el AFD es el nuevo partido que eligen los trabajadores en Alemania. Esta tendencia se está consolidando. En la próspera provincia de Baden-Württemberg, cuna de Mercedes-Benz y muchas otras empresas multinacionales, casi el 40% de los trabajadores votó a los extremistas en marzo de 2026, y más del 50% lo hicieron en Mecklemburgo-Pomerania. En Berlín, el 30% de los trabajadores votó a la AFD. Ningún otro partido obtuvo tantos votos de este grupo. Los socialdemócratas, el partido tradicional de los trabajadores, solo obtuvieron un 6% entre su antiguo electorado principal.

Además, encuestas recientes muestran que la mayoría de los votantes ya no vota a la AFD por descontento, como ocurría antes, sino que ahora está convencida de muchas de las posiciones políticas de la extrema derecha.

¿Cómo pudo pasar esto?

Una explicación común es la referencia a la desventaja estructural persistente en Alemania Oriental: los empleados ganan en promedio un 14% menos por los mismos trabajos que en Occidente, donde se concentran el 95% de la riqueza y la herencia. Casi el 40% de las personas con bajos ingresos en Alemania viven en el Este, zona que solo solo representa una quinta parte de la población total. Esto explica por qué, según encuestas en Sajonia-Anhalt, y dos semanas más tarde en Mecklemburgo-Pomerania, la cuestión de la “seguridad social’” fue el motivo más importante para la decisión de voto. Alrededor de dos tercios de los votantes de la AFD ven su situación económica como no muy buena o mala. Los alemanes orientales también suelen estar mal representados en la sociedad: están seriamente infrarrepresentados en los puestos más altos de la política, la economía, el poder judicial, las universidades o los medios de comunicación.

Por muy acertadas que sean estas observaciones, no pueden explicar por qué también los alemanes del Este que se beneficiaron de la reunificación y las personas acomodadas en el Oriente votan cada vez más a partidos de extrema derecha. En otros países europeos como Francia, Inglaterra o Italia —donde no hubo experiencia de reunificación— los partidos la extrema derecha estén ganando cada vez más influencia.

Otra explicación que se utiliza es que los partidos tradicionales no pudieron acercarse a las mayorías y transmitir sus políticas y sus ideas, en parte porque perdieron el manejo de las redes sociales. El uso manipulador de las redes sociales por la extrema derecha se cita a menudo como una razón importante para sus éxitos electorales. Por cierta que sea esta idea, resulta, sobre todo, cómoda, ya que pone el acento no en un cuestionamiento hacia esas políticas sino a cómo se comunican, o no. Sigue ignorándose que la política tradicional actúa de manera incompetente, poco imaginativa y a pequeña escala respecto a los grandes desafíos del siglo XXI.

Lo vemos cada día: el mundo se ha desmoronado por completo. La inflación, las crisis económicas, las catástrofes medioambientales, el cambio climático, la creciente violencia en la política internacional o los movimientos migratorios dejan pocas dudas sobre la propensión a las crisis de nuestro presente. Lo que aún no se entiende en su magnitud completa es que estamos al comienzo de un cambio radical a escala mundial. Estamos viviendo el comienzo de una nueva época, una nueva era de energías no fósiles y materias primas que desafía todas las áreas como la economía, la política, la tecnología y el desarrollo urbano, la movilidad, la agricultura y a los estilos de vida a los que nos aferramos. Muchos se sienten abrumados y, como resultado, hay una irritabilidad continua, una agresividad y una sobrecarga crecientes de grandes sectores de la población.

Los partidos tradicionales han ofrecido hasta ahora poco con qué contrarrestar esto. La situación económica de las mayorías no ha mejorado, o ha empeorado. El desempleo juvenil se ha extendido. Las desigualdades han aumentado de forma obscena. Alemania, por ejemplo, no solo es uno de los países más ricos del mundo, también es uno de los países con la mayor desigualdad de patrimonio en comparación internacional: el uno por ciento más rico de la población posee más de un tercio de la riqueza neta total y más de la mitad de los activos financieros. Las clases medias, acostumbradas a mantener el statu quo y la movilidad ascendente, tienen la impresión de que sus hijos y nietos vivirán peor que ellos. El desclasamiento real o el miedo al descenso están ganando importancia. La toma de decisiones y la capacidad de moldear el propio entorno de vida van disminuyendo, la frustración y los sentimientos de impotencia crecen. Los partidos establecidos —incluidos los progresistas— han contribuido durante mucho tiempo a estas dinámicas. El nepotismo, la corrupción o la incapacidad política también llevan a que el populismo contra el establishment y la estigmatización de quienes están “ahí arriba” como una casta enriquecedora caigan en terreno fértil para muchos.

Los partidos de la extrema derecha como la AFD tampoco tienen soluciones que ofrecer para estos desafíos. Tres ejemplos de Alemania: Europa sufrió este año varias olas de calor; parecía que la mitad del continente estaba en llamas. En Alemania, las agencias gubernamentales registraron solo en este año 16.300 muertes relacionadas con las olas de calor. Cuando se le preguntó sobre esto al líder de la AFD, afirmó que no percibía el verano de 2026 como particularmente diferente, que el clima era un tema secundario y que las preocupaciones sobre el cambio climático eran “alarmistas”.

Segundo ejemplo: la política económica y social que propone la AFD es fuertemente neoliberal y favorece a los que más ganan, a los empresarios y a los ricos en particular. Rechaza las regulaciones salariales impuestas por el Estado, como el salario mínimo legal, se muestra crítica con los sindicatos y quiere restringir el derecho a la huelga. Su política social supondría una carga especial para los hogares más pobres y agravaría aún más las desigualdades sociales. No se trata de algo improvisado, sino que sigue un sistema: más fragmentación y polarización social conducen a más inseguridad, más carga, a más pérdida de control y refuerza el deseo colectivo de una política más autoritaria.

El lema de la AFD para los trabajadores, “Rendimiento, familia, patria”, representa, en primer lugar, darwinismo social. El más débil fracasa por su propia incapacidad, el desempleado carece de voluntad para trabajar. A los desfavorecidos se lo considera desiguales y pueden ser desclasificados políticamente, por ejemplo, mediante la restricción de sus derechos civiles. En segundo lugar, la referencia a la familia da paso al regreso de los roles de género tradicionales en el sentido de comprender que las mujeres son biológicamente más débiles, que sus tareas deberían reducirse a áreas funcionales reproductivas como la familia y el cuidado Y, en tercer lugar, el concepto de «patria» se utiliza sobre todo para criticar la inmigración, que supuestamente les quita trabajo y viviendas a los alemanes.

Tercer ejemplo: para la AFD, la inmigración es la madre de todos los problemas. Quiere resolverlo mediante deportaciones y repatriaciones, la llamada “remigración”, e incluso está hablando de expulsar a ciudadanos alemanes con antecedentes migratorios. Como recordatorio: en Alemania actual, un tercio de la población tiene antecedentes migratorios, y entre los jóvenes llega hasta al 40%. La AFD por supuesto no tienen respuesta a la pregunta de cómo afrontar el desarrollo demográfico alemán: para 2045, según cálculos, se perderá hasta el 20% de la población económicamente activa. En determinados sectores, como el cuidado de personas mayores, la sanidad o el comercio, la cifra alcanzará incluso el 35%. Según los cálculos de diversas asociaciones empresariales, esto provocará una drástica pérdida del bienestar económico. Por ello, estas asociaciones ya reclaman una inmigración neta de hasta 400.000 personas al año.

A pesar de que no aportan solución alguna a las situaciones críticas que atraviesan a la sociedad alemana, los argumentos de la extrema derecha calan hondo. Sus respuestas son convincentes: por un lado, propagan una normalidad retrógrada en la que no es necesario abordar desafíos como el cambio climático. Su promesa de futuro es la de una sociedad estancada. Allí donde no se requiere ningún cambio, tampoco hay ninguna amenaza. ¿Y quién no anhela la normalidad en tiempos de crisis?

A la vez, prometen hacer todo lo que sea necesario para la nación y el país. ¿Quién puede estar en contra de su propia patria? Quizás se pueda privar al individuo de la participación social y política, pero su identidad colectiva, derivada de su origen por nacimiento, es inseparable de él. La nación se convierte en un punto de referencia para la propia orientación, el reconocimiento y la estabilidad. El nuevo leitmotiv es: “Patria, en lugar del futuro”.

La normalidad y la patria, o, según el eslogan de la AFD “Alemania, pero normal”, desembocan lógicamente en una política anti migratoria. Lo nuevo aquí es el radicalismo. Cuando la política basada en datos deja de tener importancia, también pierden relevancia las reglas del juego democrático y la disposición al diálogo y al compromiso. Se trata del bien y del mal, se trata de todo o nada. Gracias a la democracia, el antiguo enemigo político, como subrayaba Ernesto Laclau, se convirtió en adversario. Con los adversarios se negocia. La extrema derecha vuelve a convertir a los adversarios en enemigos. A los enemigos se les puede difamar y discriminar. Los «underdogs» necesarios para ello también muerden, o matan. No debemos olvidar nunca que una de las funciones de la violencia ejercida colectivamente por grupos socialmente marginados es su propia revalorización. Probablemente, el candidato principal, Ulrich Siegmund, tenía esto en mente cuando, poco después de las elecciones en Sajonia-Anhalt, anunció que en la provincia también se necesitaba un rearme militar para respaldar, en caso necesario, con la fuerza de las armas la prometida deportación de migrantes.

El inicio del actual cambio epocal y el fortalecimiento mundial de la extrema derecha recuerda al dictamen de Antonio Gramsci de que en tiempos de crisis muere lo viejo mientras lo nuevo aún no ha nacido, y en este interregno ocurren los más diversos “fenómenos mórbidos”. Para los partidos democráticos, esta constatación da lugar a dos requisitos claros: en primer lugar, antes que centrarse en uno mismo, negarse a aprender y cultivar privilegios, particularidades y diferencias, hay que forjar de inmediato amplias alianzas y coaliciones. Por ejemplo, los dos partidos socialdemócratas en Alemania tenían mayoría parlamentaria junto con los Verdes en 2005 y 2013, y casi mayoría en 2021. El fortalecimiento actual de la AFD se debe en gran medida a que estas fuerzas progresistas no han logrado formar una alianza que proponga afrontar los cambios actuales de una manera potente, inteligente, prometedora con dimensión social e integradora.

En segundo lugar, esto implica una nueva narrativa, una nueva promesa de futuro. El único antídoto eficaz contra la extrema derecha es una política que explique con sinceridad las exigencias de la gran transformación y desarrolle respuestas constructivas. Se necesitan propuestas de soluciones sociales que cuenten con el apoyo del mayor número posible de personas, cuyas medidas sean plausibles y cuyos resultados se perciban rápidamente. En las últimas décadas, a los gobiernos democráticos les ha faltado el valor o la voluntad para aplicar reformas estructurales que vuelvan a favorecer a las mayorías. En la era de la globalización, se han subordinado en exceso a la doctrina del mercado y del neoliberalismo. Como consecuencia de ello, hoy en día las infraestructuras públicas deterioradas, insuficientes o inexistentes dificultan la adaptación a la transformación que se avecina. Esto debe cambiar ahora. Para ello, hace falta articular y promover una política económica, laboral y social integradora que apueste más por un mercado interno amplio y por cumplir con demandas sociales clave. Los éxitos electorales del alcalde en Nueva York, pero también del partido Die Linke en este último fin de semana en Berlín, que se enfocan en la cuestión de la vivienda accesible, enseñan con qué políticas se puede llegar a las mayorías sin sembrar miedo y discriminación. Junto con eso, se debería experimentar con nuevas formas de participación política y representación. No faltan buenas ideas y propuestas para construir ese discurso. Ahora se trata de incorporarlas al diálogo, ponerlas en práctica y hacerlas tangibles. Para las fuerzas progresistas, a partir de hoy ya no debería tratarse, como hasta ahora, de la nostalgia por el pasado, ni de la adoración de las cenizas, sino de transmitir el fuego. Las nuevas generaciones esperan, pero no para siempre.

Si se quiere quitar terreno a la extrema derecha, también hay que reflexionar sobre nuevas formas de reconocimiento colectivo. ¿Por qué no establecer también un concepto alternativo de «patria»: un lugar de participación y de posibilidades de vida, no en el sentido de una prueba de origen? Un lugar que huele y sabe a algo, que nos brinda una sensación tangible de protección, seguridad y bienestar, que nos deja espacio para nosotros y los nuestros, pero que es lo suficientemente grande como para crecer a través de los enfrentamientos y estar abierto a los demás y a lo desconocido. Ernst Bloch describió una vez este lugar, en su «Principio de la esperanza», como la patria. La patria como lo eternamente presente y lo eternamente nuevo. Algo “que brilla en la infancia de todos y donde aún nadie ha estado”. La patria, pues, es a la vez recuerdo y gran esperanza. El lugar en el que estuvimos y el lugar al que queremos llegar.

*Profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad de Kassel, Alemania.